Domingo 20 Septiembre 2026
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Estados Unidos: Trump y Xi llegan a la cumbre de la IA con sociedades y estrategias enfrentadas

El 80% de los usuarios en China utiliza sistemas de inteligencia artificial al menos una vez por semana, frente al 54% en Estados Unidos, según Morgan Stanley. Con esta brecha de adopción y con modelos tecnológicos y políticos casi opuestos, Donald Trump y Xi Jinping llegan a una cumbre en la Casa Blanca que condensará la pugna por el control de la IA y su impacto económico y militar global.

Un ingeniero revisa robots en un centro de entrenamiento de datos de Spirit AI en Pekín
Un ingeniero inspecciona robots en un centro de adiestramiento de datos de la compañía de inteligencia artificial Spirit AI en Pekín, un ejemplo del impulso chino a la IA aplicada al consumo masivo, frente al enfoque más cauteloso que domina en Estados Unidos antes de la cumbre Trump-Xi en la Casa Blanca. (Foto: REUTERS)
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Dos potencias, dos modelos de IA y una guerra fría tecnológica

China y Estados Unidos llegan a la reunión como las dos potencias dominantes en inteligencia artificial, pero con estrategias divergentes. En el ecosistema norteamericano, los gigantes de Silicon Valley apuestan por modelos cerrados, donde los datos y sistemas de entrenamiento se consideran secretos industriales. Pekín, en cambio, ha hecho del código abierto un eje de su política tecnológica, presentándolo como palanca para acelerar la innovación y abaratar el acceso a la IA, algo que inquieta a Washington por el riesgo de espionaje industrial y por la pérdida de ventaja competitiva.

En paralelo, Estados Unidos mantiene un bloqueo sobre los semiconductores más avanzados destinados a China y sobre la exportación de determinados modelos de IA y su infraestructura, mientras en Pekín se denuncia una estrategia de “estrangulamiento” de su tecnología. El director general de Anthropic, Dario Amodei, ha vinculado su llamamiento a frenar el desarrollo de modelos más potentes con estos controles a los chips de última generación, subrayando que la carrera tecnológica ya es inseparable de la geopolítica. En el flanco trumpista, la presión es aún más agresiva: Steve Bannon sostiene que “deberíamos aislar ya cada uno de los aspectos del ecosistema de la inteligencia artificial frente al Partido Comunista de China”, y reclama un muro tecnológico total antes de hablar de regulación.

Sociedades polarizadas ante la IA: miedo en EE UU, entusiasmo en China

Las percepciones sociales sobre la IA también avanzan en direcciones opuestas. Un sondeo de Morgan Stanley muestra que en China no solo se usa más la tecnología, sino que su base de usuarios de IA generativa pasó de 249 millones en diciembre de 2024 a 602 millones un año después, un crecimiento aún más veloz que el de los teléfonos inteligentes en su momento. De acuerdo con la consultora Ipsos, el 83% de los ciudadanos chinos considera “excitantes” los productos y servicios impulsados por IA, favorecidos por su integración directa en aplicaciones de mensajería, comercio electrónico y entretenimiento sin necesidad de software adicional.

En Estados Unidos el clima es radicalmente distinto. Una encuesta del medio digital Politico revela que el 63% de los ciudadanos percibe al menos un “riesgo moderado” de que la IA pueda destruir a la humanidad, frente a un 22% que considera el riesgo leve o inexistente. Otro sondeo de YouGov refuerza esa inquietud: dos tercios de los consultados creen que los modelos avanzan demasiado rápido, mientras apenas el 2% opina que progresan demasiado despacio. Entre las causas destacan el temor a la pérdida masiva de empleos, el impacto ambiental de los grandes centros de datos, el agravamiento de las desigualdades y una profunda desconfianza hacia las empresas tecnológicas y los reguladores.

Confianza en el Gobierno: la gran brecha que define la cumbre

La divergencia no es solo tecnológica o cultural, sino también institucional. En Estados Unidos, la confianza en las autoridades federales ha caído en picado tras décadas de polarización. Según el Pew Research Center, solo el 17% de los estadounidenses confía en que su Gobierno haga lo correcto, un mínimo histórico que complica cualquier intento de diseñar una gobernanza de la IA percibida como legítima. Esta desconfianza alimenta tanto el miedo a los excesos de las empresas como el rechazo a una regulación que se vea capturada por los gigantes tecnológicos.

En China, el panorama es el inverso. El Edelman Trust Barometer sitúa en el 86% la proporción de ciudadanos que confían en que su Gobierno tomará las decisiones apropiadas. Pekín exhibe como ejemplo la ofensiva regulatoria que en 2020 inició contra Alibaba y que acabó extendiéndose a sectores como la educación a distancia o los videojuegos, recortando alrededor de 1,5 billones de dólares en valor de mercado. Para muchos ciudadanos, el avance de la IA se asocia a décadas de crecimiento y a la superación del llamado “siglo de humillaciones”, lo que convierte esta tecnología en una cuestión de orgullo nacional y de validación del modelo político chino.

Corporaciones divididas, presión militar y líneas rojas en Washington

Mientras tanto, en el corazón del poder estadounidense se libra otra batalla: la del ritmo del desarrollo. Dentro del propio sector, voces como la de Dario Amodei reclaman ralentizar los modelos de frontera hasta contar con salvaguardas robustas, mientras figuras como Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, defienden una aceleración sin matices. El presidente Donald Trump se sitúa con claridad en el bando de la velocidad: insiste en que “quien gane la AI, ganará” y plantea ir “a todo gas” como una cuestión de seguridad nacional, subrayando la dimensión militar de la carrera tecnológica.

La cena de gala de la cumbre reunirá a parte de la élite corporativa de la IA: Sam Altman, consejero delegado de OpenAI; Jensen Huang, máximo responsable de Nvidia; Elon Musk, fundador de X AI; y Sundar Pichai, líder de Google, entre otros. La presencia de estos ejecutivos, junto con el secretario del Tesoro Scott Bessent y el viceprimer ministro chino He Lifeng en reuniones previas, ilustra hasta qué punto la IA ha dejado de ser un asunto meramente empresarial para convertirse en herramienta central de poder estatal. El objetivo de Washington pasa por endurecer las restricciones a la exportación de chips avanzados y modelos de IA, mientras Pekín busca blindar a sus empresas frente a medidas que interpreta como un castigo extraterritorial.

¿Acuerdo mínimo o consolidación del desacople tecnológico?

Pese a la creciente confrontación, expertos consultados apuntan a que ambos gobiernos mantienen incentivos para algún tipo de entendimiento básico. Aalok Mehta, director del Wadhwani Center for AI del CSIS, considera plausible un pacto limitado en tres frentes: prácticas elementales de seguridad en el desarrollo de modelos, establecimiento de una línea directa de comunicación para gestionar incidentes relacionados con la IA, y protocolos específicos sobre ciberataques e incidentes cibernéticos que puedan escalar a crisis diplomáticas o militares.

Sin embargo, el trasfondo de la cumbre es una carrera por fijar las reglas del juego global en la nueva era tecnológica. China siente que perdió la oportunidad de influir en la gobernanza de internet y fracasó en los semiconductores, y ve en la IA “la nueva internet” donde aún puede acercarse a Estados Unidos. Washington, por su parte, percibe el auge del código abierto chino y la rápida adopción de sistemas generativos —con hitos como la primera serie de televisión creada con IA presentada en agosto de 2026— como una amenaza directa a su hegemonía. El desenlace más probable no será un gran acuerdo, sino un delicado equilibrio entre cooperación mínima en seguridad y profundización del desacople tecnológico, que marcará el rumbo de la IA y del poder mundial en la próxima década.