Domingo 20 Septiembre 2026
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China: La estrategia de Pekín para controlar los riesgos de la inteligencia artificial en su pugna con Estados Unidos

China ha comenzado a perfilar con claridad su propia hoja de ruta sobre los peligros de la inteligencia artificial, al tiempo que compite con Estados Unidos por el liderazgo tecnológico mundial. Pekín combina regulaciones estrictas —desde el etiquetado obligatorio de contenido generado por IA hasta el veto a *deepfakes* para desinformación— con una apuesta decidida por convertir esta tecnología en motor económico.

China busca dominar la IA mientras endurece el control sobre sus riesgos y uso interno.
Una ilustración muestra la bandera de China superpuesta a un chip de inteligencia artificial, símbolo de la apuesta de Pekín por liderar esta tecnología y, al mismo tiempo, mantenerla estrictamente regulada para proteger la estabilidad política y económica del país en plena competencia con Estados Unidos. (Foto: Sopa via Getty Images)
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Un marco de control humano frente al discurso apocalíptico

Mientras figuras como Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, y los también influyentes Sam Altman (OpenAI) y Elon Musk reclaman reducir el ritmo de desarrollo de la IA e incluso advierten de riesgos existenciales, el enfoque chino es menos catastrofista y más gubernamental. Desde 2017, las autoridades de Pekín han alertado de impactos sobre la privacidad, la estabilidad social y las relaciones internacionales, pero tratan estos asuntos como problemas de gestión política, no como el preludio de una posible extinción humana. El profesor Zeng Jinghan, de la City University de Hong Kong, resume esta lógica al señalar que la gobernanza de la IA en China sirve simultáneamente para fomentar el desarrollo económico, gestionar riesgos tecnológicos y sociales, y preservar la autoridad política. En este contexto, el presidente Xi Jinping afirmó en julio que la IA "debe permanecer siempre bajo control humano", una declaración que condensa la prioridad del Partido Comunista: ninguna innovación, por transformadora que sea, puede situarse por encima del poder del Estado.

Regulación dura y ambición económica

La visión china se traduce en un paquete creciente de normas. Pekín exige que el contenido generado por IA en redes sociales sea claramente etiquetado, ha prohibido las parejas virtuales basadas en IA para menores y ha vetado el uso de deepfakes con fines de desinformación. Estas medidas buscan mantener a raya los usos considerados desestabilizadores, al tiempo que se empuja la tecnología hacia sectores prioritarios como la agricultura, la sanidad o el ámbito militar. En septiembre, la Administración del Ciberespacio, regulador de internet, publicó su marco más reciente sobre seguridad de la IA y defendió políticas proactivas para evitar que esta amenace la "supervivencia y el desarrollo de la humanidad". Paralelamente, gigantes como Tencent, Alibaba, Baidu y ByteDance, junto con empresas emergentes como 01.AI, DeepSeek, MiniMax, Moonshot AI y Z.ai, compiten por desarrollar los modelos más avanzados. Según el investigador Shaoshan Liu, del Instituto de Inteligencia Artificial y Robótica para la Sociedad de Shenzhen, el objetivo de Pekín es equilibrar la expansión industrial con la gestión de riesgos, muy lejos de cualquier llamado a detener el avance tecnológico.

La IA como campo de batalla geopolítico

El choque de enfoques se amplifica por la rivalidad estratégica con Washington. El presidente de EE.UU., Donald Trump, ha definido el desarrollo de la IA como una carrera de alto riesgo contra China y ha proclamado: "Llevamos ventaja a China en IA... y, francamente, quiero que siga siendo así, porque quien gane en IA, será el vencedor". En paralelo, el máximo responsable de inteligencia de China, Chen Yixin, describió en una revista estatal el sector de la IA como un "nuevo escenario de rivalidad estratégica entre las grandes potencias". La competencia no solo es tecnológica o económica; también condiciona cualquier intento de cooperación en materia de seguridad. La investigadora Ilaria Carrozza, del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo, advierte que, si se espera que el diálogo bilateral desemboque en un acuerdo vinculante sobre IA, la comunidad internacional "se verá decepcionada". A su juicio, es probable que ambos países eviten compromisos que limiten la velocidad a la que desarrollan sus propios modelos, especialmente en áreas sensibles para la seguridad nacional.

Desconfianza cruzada y límites a la cooperación

Las tensiones se reflejan también en la reacción china a las advertencias de Dario Amodei. Pocas semanas antes de que el ejecutivo de Anthropic pidiera ralentizar el desarrollo, medios estatales le acusaron de alinear su empresa con los intereses geopolíticos de Washington. La cuenta Yuyuantantian, gestionada por la cadena estatal CCTV, sostuvo que "el pensamiento de Amodei ha evolucionado, pasando de 'mi país tiene la razón' a 'todos aquellos que no cooperen deben ser reprimidos'". Posteriores declaraciones del directivo, en las que sugirió que una ventaja tecnológica mayor de Estados Unidos podría incentivar a Pekín a aceptar una desaceleración global de la IA, fueron interpretadas en China como un intento de frenar su avance. En este clima de recelo, la investigadora Ilaria Carrozza considera que la cooperación real solo podría producirse en ámbitos muy específicos, como el uso indebido de la IA por actores no estatales o los ciberataques a infraestructuras, donde no se requiera verificación intrusiva ni revelación de secretos comerciales.

La cumbre Xi-Trump y el futuro de la gobernanza global

La prevista cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump en Washington D.C. a finales de mes, con la IA como punto clave de la agenda según Reuters, será un test para medir hasta dónde llega esa cooperación limitada. Pekín ha impulsado la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial como plataforma para discutir la gobernanza internacional, pero sus propios marcos normativos priorizan un control centralizado y la preservación de la ventaja nacional. De cara al futuro, todo apunta a un escenario en el que China seguirá endureciendo el control interno —reforzando la autoridad de la Administración del Ciberespacio y de sus agencias de seguridad— mientras impulsa agresivamente a sus campeones tecnológicos. Para el resto del mundo, el resultado será un ecosistema de IA marcado por dos polos normativos y estratégicos —China y Estados Unidos— con escaso margen para grandes acuerdos de desarme tecnológico, pero con una necesidad creciente de reglas mínimas que reduzcan los riesgos compartidos sin sacrificar la competencia por el liderazgo.