De Chile a Bélgica: una odisea que superó todos los plazos
Cuando salió de Chile con 29 años, Karl Bushby calculó que tardaría unos 12 años en regresar a la casa de su infancia en Hull, ciudad donde aún vive su madre, Angela Bushby. La realidad fue muy distinta: más de un cuarto de siglo después, con 57 años y el cuerpo curtido por el esfuerzo, sigue avanzando. El retraso no responde a falta de determinación, sino a una cadena de obstáculos externos: restricciones de visados, la crisis financiera de 2008 que le hizo perder patrocinadores, años de parálisis por la covid-19 y trabas geopolíticas en varios países que forzaron pausas y desvíos. Durante este tiempo ha cruzado Sudamérica, Centroamérica, Norteamérica, Asia y parte de Europa, respetando las dos reglas que se impuso: no usar transporte para avanzar y no volver a Reino Unido hasta completar el recorrido.
El mapa extremo de una caminata imposible
El itinerario de Karl Bushby revela la dimensión real de su proyecto. Desde Chile avanzó por Argentina, Perú, Ecuador, Colombia y el Tapón del Darién, uno de los tramos más peligrosos del continente, hasta llegar a Panamá. Después continuó por Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México, antes de adentrarse en Estados Unidos y Canadá. En 2006 protagonizó uno de los hitos más extremos de la aventura: el cruce del estrecho de Bering entre Alaska y Rusia, sobre hielo, acompañado por el aventurero francés Dimitri Kieffer. Más tarde atravesó Siberia, Mongolia, China, Turkmenistán y Kazajistán, y llegó a nadar por tramos unos 300 km en el mar Caspio para alcanzar Azerbaiyán. Desde allí siguió hacia Turquía y, finalmente, a Europa, donde hoy avanza por la provincia de Hainaut, en Bélgica, camino de Calais.
Supervivencia, soledad y la cara humana del planeta
La travesía ha tenido un componente extremo de supervivencia. Para cruzar el Tapón del Darién, Karl Bushby describe que “tienes que abrirte paso a través de una selva densa”, con ríos, pantanos y en una zona de conflicto donde el riesgo de secuestro es real. Para reducir su perfil de objetivo, decidió hacerse pasar por una persona sin hogar: se tiñó el pelo y la piel, destrozó su ropa y cargó sus pertenencias en sacos. Asegura que lo hizo porque, en sus palabras, “las personas sin hogar son prácticamente invisibles” y nadie repara en ellas. Pese a ese entorno, su balance humano es positivo: afirma que, viniendo de un pasado militar, este viaje le demostró que el mundo lo ha recibido “con los brazos abiertos”, con personas que han conducido horas solo para alcanzarlo y ofrecerle comida al borde de la carretera.
Tenacidad, salud mental y el peso de las renuncias
Para Bushby, la clave de haber resistido 28 años caminando no ha sido la fuerza física, sino la mente. Resume su aprendizaje en una frase: “La tenacidad es lo más importante”. Criado con la sombra del SAS (Servicio Aéreo Especial de Reino Unido), donde sirvió su padre, Karl arrastró desde niño una dislexia no diagnosticada que lo convirtió en blanco de acoso escolar y minó su autoestima. Él mismo admite que creció pensando que “no servía para nada”. El ejército le devolvió parte de la confianza, pero asegura que el daño de la infancia ya estaba hecho. Este viaje, explica, también ha sido un desafío personal para demostrarse a sí mismo y a los demás que puede completar algo que “otras personas ni siquiera podrían soñar con hacer”. Aunque el dolor físico es constante, Bushby sostiene que lo más difícil han sido las relaciones: se ha enamorado dos veces durante el recorrido y ha tenido que seguir caminando, lo que, según dice, “te descoloca por completo”.
Un final a nado hacia los acantilados blancos de Dover
El tramo final llega con decisiones drásticas. Karl Bushby se encuentra ahora en Mons y Havré, en la región de Hainaut, avanzando hacia Calais, en Alta Francia. Su objetivo es llegar en octubre para lanzarse a nado hacia los acantilados blancos de Dover, en Kent, después de que los responsables de Eurotúnel rechazaran su solicitud de cruzar por un túnel de servicio, lo que habría respetado su regla de no usar transporte para avanzar. La negativa lo empuja a uno de los retos más peligrosos de toda la expedición: un cruce a nado del Canal de la Mancha a los 57 años. En una carta que le envía desde Hull, Angela Bushby le recuerda que solía pensar que no servía para nada y le escribe: “has demostrado que no es así”. Cuando ponga el pie en Reino Unido, Karl despertará, como él mismo ironiza, “en casa de mi madre, con 57 años y mis cosas en una bolsa junto a la cama”. El fin de la caminata no solo cerrará una hazaña física, también abrirá la incógnita de qué vida empieza después de haber vivido casi tres décadas caminando el mundo.