No que el corazón esté vacío del todo, estamos llenos de pecado, de confusión, de mentiras, de justicia propia, moralismo y religión; el detalle es que todo eso, puesto junto, es igual a nada; no satisface, no sacia, no llena, no brinda sentido, dirección ni seguridad. Todo, absolutamente todo en esta vida es vanidad y aflicción de espíritu. Todo, hasta que lo encontramos a él. Es solo cuando lo tienes a él, que todo lo demás adquiere significado, cada persona y cada bendición vienen a ser una pequeña brisa sobre nuestro rostro sonriente y agradecido, provenientes de una cascada mayor, infinita e inagotable. Si señores, escribiré una vez más sobre él. Escribiré sobre Dios.
Todos los que hemos sido encontrados por Dios coincidimos en algo: él no es un complemento, él vino a ser nuestro todo; pues lo que antes teníamos, en comparación con él viene a ser igual a nada. Al igual que el Apóstol Pablo, tenemos todo lo que antes fuimos como pérdida, desperdicio, basura; porque encontramos el tesoro del universo, el Eterno, el que nos amó y limpió de nuestros pecados. Algunos venimos deprimidos, desbaratados; otros llenos de todo lo que el mundo podría ofrecer y sin embargo, insatisfechos e inquietos. Otros creímos conocerle y de oídas le habíamos oído pero por fin nuestra alma le logró ver. Otros lo encontraron justo al borde del precipicio, a punto de la más profunda destrucción; hasta que esa mano amiga les levantó, ese amor les cautivó, esa nueva vida entró en ellos y lo revolucionó todo. Nuevas criaturas, por gracia, para santidad, Hijos del amor de Dios.
Por mucho tiempo busqué una razón de vivir, en medio de mil preguntas tu amor me respondió, así dice uno de los más preciosos himnos contemporáneos. ¿Acaso no es cierto eso? Fuimos de aquí para allá, y el alma no encajaba en ninguna parte. Probamos esto, hicimos lo otro, intentamos aquello, el resultado era el mismo: una emoción superficial, instantánea y pasajera. Fuera drogas, fuera sexo, fuera dinero, fuera placer; todo nos dejaba caídos, hundidos, deseosos de algo estable y aún más, de algo eterno.
Aún dentro de iglesias, miles, no, millones, van a la iglesia por las razones equivocadas. No solo pecan con ello sino que reciben la recompensa justa del pecado: el pecado mata, consume, destruye, nos hunde. Si nuestra razón para congregarnos no es Cristo mismo, somos idólatras de nuestro talento, de nosotros mismos, de un ser humano o una organización. No hemos entendido, no hemos comprendido ni se nos han abierto los ojos a la realidad que es Dios la razón de la iglesia y no la iglesia la razón de Dios. Nosotros le necesitamos a él, él nos ama pero no nos necesita. Y él nos invita, él espera para ser deseado. Y solo cuando el corazón apunta correctamente hacia Dios, entonces Dios llena, satisface e inunda todo. Entonces la iglesia es sana, los talentos le atribuyen a él toda la gloria, los hermanos se aman, corrigen y perdonan; las organizaciones pasan a un segundo plano y se acaban las divisiones. Coloca a Dios en el primer lugar y él hará que todo lo demás encaje.
¿Y qué de los que han buscado amor en fuentes humanas? Acaban destrozados, se amargan o andan de aquí allá repartiendo los pedazos de lo que quedó de su corazón. Necesitan a Cristo. ¡Oh, cómo necesitan al Salvador!
Agustín, en su obra magna Confesiones escribe al respecto: ¡Oh, qué locura no saber amar a los hombres humanamente! ¡Oh, qué necio hombre era yo, pues las cosas humanas las padecía sin moderación! Y así me acongojaba, suspiraba, lloraba, andaba turbado, incapaz de descanso ni consejo. Traía mi alma como despedazada, ensangrentada, impaciente de estar conmigo y no hallaba donde ponerla. No hallaba descanso alguno ni en los bosques amenos, ni en los juegos y músicas, ni en los jardines olorosos, ni en los banquetes espléndidos, ni en los deleites del lecho, y finalmente, ni lo hallaba en los libros ni en los versos. Todo me causaba horror, hasta la misma luz, y todo cuanto no era mi amigo me era insufrible y odioso, menos el gemir y el llorar, pues solamente en esto tenía algún corto descanso. Pero luego que se le quitaba o estorbaba a mi alma este triste alivio, me abrumaba la pesada carga de mi miseria… Bien sabía yo que debía levantar mi alma hacia Vos, Señor, para que me la curaseis; pero ni quería, ni podía, y tanto más incapaz me hallaba para esto pues lo que yo pensaba de Vos era menos sólido y estable. Porque lo que yo imaginaba no erais Vos, era un vano fantasma lo que en mi error tenía por mi Dios. Y si me esforzaba por poner mi alma en aquello que yo imaginaba ser mi Dios para que allí descansase, se resbalaba por no hallar solidez y volvía a caerse sobre mí, quedando yo hecho una infeliz morada de mí mismo, donde ni pudiese estar ni la pudiese dejar. Porque ¿Podría huir mi corazón de mí mismo?...
No tienes idea como me identifico con las palabras de Agustín, y con las de Montero, o con las de Salomón (con la diferencia que él tuvo mucho más que yo pero el resultado fue el mismo): No negué a mis ojos cosa alguna que desearan, ni aparte mi corazón de placer alguno…Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol (Eclesiastés 2.10,11)
El mensaje no ha cambiado. Dios te llama. Dios te ama. Y tú necesitas urgentemente a Dios. Oh amigo, arrepiéntete, ríndete de una vez, deja todo lo que tienes y todo lo que eres y deposita tu corazón en todo lo que Dios tiene y todo lo que Dios es. Dios es aquél por quien clama tu alma. Su gracia está abierta, sus brazos anhelan abrazarte, su amor y misericordia están hoy para ti. Él envió a Jesucristo a morir en lugar de pecadores culpables, de corazones rotos y almas vacías. Todos los que confiesan su pecado, se entregan por completo y creen en él; él no los rechaza, él los convierte en Hijos Amados, él llena todo lo que la vida, el mundo y tu pecado no pudieron. Él es el amor perfecto. Él es el Padre que buscas. Él es el que no se va. Él es aquél para quien fuimos hechos
Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mi viene, nunca tendrá hambre; y el que en mi cree, no tendrá sed jamás. (Juan 6.35)… A todos los sedientos: Venid a las aguas; y a los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. (Isaías 55.1, 2)… Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga. (Mateo 11.29, 30)
Por : Enmanuel Rodriguez.












