Martes 15 Septiembre 2026
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Nicaragua: 141 años de la bajada de Santo Domingo de Guzmán, entre devoción católica y raíces indígenas

141 años de una devoción que mezcla tradición católica y memoria indígena se actualizaron este 31 de julio de 2026 en Managua, cuando a las 10:30 de la mañana fue bajada de su altar la diminuta imagen de 20 centímetros de Santo Domingo de Guzmán en la iglesia de Santo Domingo de las Sierritas, al sur de la capital nicaragüense, para iniciar el recorrido que cada año convoca a miles de creyentes.

Feligreses en Managua participan en la bajada de la imagen de Santo Domingo de Guzmán.
Feligreses católicos acompañan la bajada de la diminuta imagen de Santo Domingo de Guzmán en la iglesia de Santo Domingo de las Sierritas, al sur de Managua, durante el inicio de las fiestas que se celebran de forma ininterrumpida desde 1885 en la capital de Nicaragua. (Foto: LA JORNADA)
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Una imagen pequeña con un peso histórico de 141 años

La festividad descrita por el sacerdote jesuita Ignacio Pineda como expresión de religiosidad popular se sostiene desde 1885, lo que en 2026 suma 141 años de continuidad. La imagen de Santo Domingo de Guzmán que permanece el resto del año en el templo de Santo Domingo de las Sierritas es considerada una de las más pequeñas del culto católico local, con apenas 20 centímetros de largo, pero concentra una de las manifestaciones de fe colectiva más relevantes de Managua. Cada 31 de julio se repite el mismo gesto: la figura es descendida solemne y ceremonialmente de su altar, rodeada de cánticos, promesas y agradecimientos de feligreses que ven en este rito un marcador identitario de la capital.

Del Dios Xolot a Santo Domingo: la sustitución colonial de una cosmovisión

De acuerdo con el recuento histórico citado en la nota original, antes de 1885 los indígenas de Managua realizaban una práctica similar en honor al Dios Xolot, deidad asociada a las cosechas. Entre el 1 y el 10 de agosto, bajaban desde las Sierritas de Managua hasta el lago de Managua, también llamado lago Xolotlán, para agradecer por la producción agrícola del año. Con la colonización española, esa cosmovisión fue sustituida: el Dios Xolot fue desplazado por la imagen de Santo Domingo de Guzmán, manteniendo el esquema de procesión y agradecimiento, pero encuadrado ahora en la liturgia católica. La celebración actual conserva, por tanto, una estructura ritual heredada de esa tradición indígena, aunque resignificada bajo símbolos coloniales.

Diez días de permanencia en Managua y la centralidad para los managuas

Tras la bajada del 31 de julio, la imagen es trasladada en romería hasta la iglesia de Santo Domingo en Managua, donde, según la información disponible, permanece del 1 al 10 de agosto antes de regresar de nuevo a su altar en la iglesia de Santo Domingo de las Sierritas el mismo 10 de agosto. Son 10 días de presencia en la capital que convierten a estas fiestas en la celebración folklórica y religiosa más importante y tradicional para los habitantes de Managua. La combinación de procesiones, promesas y manifestaciones culturales alrededor de la imagen evidencia cómo la devoción católica se entrelaza con prácticas populares que exceden el estricto marco litúrgico, y refuerza la centralidad simbólica de Santo Domingo de Guzmán en el calendario local.

Identidad, memoria y desafíos para una tradición masiva

La descripción de la festividad como masiva indica que miles de feligreses católicos acompañan año a año estas actividades, lo que convierte a la imagen de 20 centímetros en un eje de identidad managüense. Sin embargo, la propia historia del rito, nacido de una costumbre indígena hacia el Dios Xolot y luego adaptado por la colonización española, invita a una lectura crítica: la fiesta que hoy se celebra como emblema católico descansa sobre la sustitución de referentes sagrados originarios. Reconocer ese trasfondo no resta valor al fervor actual, pero sí obliga a revisar la memoria histórica de Managua, a debatir la manera en que se visibiliza —o se oculta— el legado indígena que dio forma a esta práctica y a plantear cómo las futuras conmemoraciones pueden integrar de manera más explícita esa raíz ancestral en el relato oficial de la ciudad.