Martes 15 Septiembre 2026
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La Magnifica

El Magníficat (magnificat en latín) es un cántico y una oración católica que proviene del evangelio de Lucas (Lucas 1:46-55). Reproduce las palabras que, según este evangelista, María, madre de Jesús, dirige a Dios en ocasión de su visita a su prima Isabel (Lucas 1:39-45), esposa del sacerdote Zacarías. Isabel llevaba en su seno a Juan el Bautista (Lucas 1:5-25).

Oración del Magnificat en la Iglesia de la Visitación (Ain Karim o Ein Kerem, Israel), escrito en hebreo.
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El nombre de la oración está tomado de la primera frase en latín, que reza: Magnificat anima mea Dominum. Según la tradición, el encuentro de María e Isabel habría tenido lugar en Ain Karim (también conocida como Ein Kerem), pequeña población situada siete kilómetros al oeste de Jerusalén, en la montaña de Judea, cuyo nombre significa «fuente del viñedo». El pasaje bíblico fue motivo de minuciosos análisis por parte de biblistas y exégetas, así como de comentarios en variados documentos de la Iglesia. Dentro de la Liturgia de las Horas, el «Magníficat» es el canto evangélico empleado en el rezo de las vísperas. Este cántico es hoy uno de los pasajes bíblicos más famosos relacionados con María, madre de Jesús, reconocido en el cristianismo como una síntesis del ideario que ella vivió.

La Magnifica

Glorifica mi alma al Señor, y mi espíritu se llena de gozo, al contemplar la bondad de Dios mi Salvador.

Porque ha puesto la mirada en la humilde sierva suya, y ver aquí el motivo porque me tendrá por dichosa y feliz.

Por todas las generaciones, pues ha hecho en mi favor cosas grandes y maravillosas, Él que es todo poderoso y su nombre infinitamente Santo.

Cuya misericordia se extiende de generación en generación a todos cuanto le temen.

Extendió el brazo de su poder, disipo el orgullo de los soberbios, trastornando sus designios.

Desposeyó a los poderosos y elevo a los humildes, a los necesitados los lleno de bienes y a los ricos los dejo sin cosa alguna.

Exalto a Israel su siervo acordándose de Él por su gran misericordia y bondad.

Así como lo había prometido a nuestros padres Abraham y toda su descendencia por los siglos de los siglos...Amen.

 

Encuentro de María e Isabel, en la Iglesia de la Visitación (Ain Karim o Ein Kerem, Israel)

Antes de predicar Jesús las bienaventuranzas, su madre las había cumplido ya con total perfección. Incluso se adelantó a proclamarlas con sus propias palabras, en el «Magníficat». Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres... ay de vosotros los ricos...» (Lucas 6, 20.24). Pero antes, María dijo que Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Así habló ella porque, según el Estatua que representa el encuentro de María e Isabel en Ain Karimevangelio de Lucas, lo sabía por experiencia, ya que Dios había puesto sus ojos en la humildad de su esclava.

Dichosa ella, porque no fue poderosa, sino humilde, y no fue rica, sino pobre. Porque puso su confianza en Dios, porque tuvo fe. Entre las innumerables alabanzas que la posteridad ha tejido en honor de María Santísima, por encima de todos los títulos que la Iglesia le ha adjudicado, yo prefiero aquel simple elogio que de ella hizo su prima Isabel, justamente en la ocasión del Magnificat: «Dichosa tú porque has creído».

De ordinario, suele alabarse la virginidad de María, su concepción inmaculada o, sobre todo, su maternidad divina. «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» exclamó una voz entre la muchedumbre y siguen ahora exclamando los cristianos. Pero Cristo responde: «Mas bien dichosos los que creen en la palabra de Dios y la cumplen». Cristo no dice, no puede decir que haya otros seres más dichosos que su madre. Lo que sí afirma es que la razón principal de la bienaventuranza de María no consiste en haber concebido al Hijo de Dios, sino en haber creído en él.

El «Magníficat» en la enseñanza de la Iglesia

El «Magníficat» es uno de los pasajes más comentados en relación a María, tanto en los documentos de la Iglesia como en las alocuciones papales. La Iglesia latinoamericana condensó en un párrafo buena parte de la espiritualidad mariana implicada en el «Magníficat», con cita de una homilía previa de Juan Pablo II:

El Magnificat es espejo del alma de María. En ese poema logra su culminación la espiritualidad de los pobres de Yahvé y el profetismo de la Antigua Alianza. Es el cántico que anuncia el nuevo Evangelio de Cristo; es el preludio del Sermón de la Montaña. Allí María se nos manifiesta vacía de sí misma y poniendo toda su confianza en la misericordia del Padre. En el Magnificat se manifiesta como modelo «para quienes no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal y social, ni son víctimas de la "alienación", como hoy se dice, sino que proclaman con ella que Dios "ensalza a los humildes" y, si es el caso, "derriba a los potentados de sus tronos"...» (Juan Pablo II, Homilía Zapopán 4: AAS 71 p. 230).