Un apagón cerebral que sigue sin explicarse del todo
Desde que en 1846 se introdujo la anestesia general, la medicina puede desconectar la consciencia sin destruir el cerebro, algo imposible durante la mayor parte de la historia, cuando incluso amputaciones como la del almirante Horatio Nelson en 1797 se hacían con pacientes despiertos. Hoy se sabe que los anestésicos generales interfieren la comunicación entre neuronas y reducen de forma generalizada la actividad cerebral, como muestran las imágenes de resonancia magnética, pero no está claro qué parte del circuito provoca la pérdida de consciencia. Nick Franks, profesor de Biofísica y Anestesiología en el Imperial College de Londres, advierte que “incluso si todo el cerebro se apaga, como está tan interconectado, resulta muy difícil aislar qué desencadenó esa desconexión global”. Su trabajo apunta al tálamo, una estructura profunda con forma de huevo que actúa como centro de relevo y que se apaga antes que otras zonas, lo que sugiere que podría ser un nodo clave en el cambio entre estar despierto y no estarlo.
Tálamo, corteza y un posible tercer estado de consciencia
El tálamo, implicado también en el inicio y mantenimiento del sueño, parece especialmente sensible a los anestésicos. Franks destaca que si se administra anestesia a un animal y se estimula una región concreta del tálamo, el animal puede despertar, y que algunos pacientes en coma han recuperado la vigilia con estimulación talámica. Otros equipos sitúan el foco en la corteza cerebral y en áreas como los lóbulos frontal y parietal, tradicionalmente asociadas a funciones cognitivas superiores y al procesamiento sensorial. Sin embargo, los efectos clínicos no siempre se reducen a una dicotomía entre consciencia y ausencia total de experiencia. Jaideep Pandit, anestesista consultor de los Hospitales de la Universidad de Oxford, ha documentado que alrededor de uno de cada 15 000 pacientes puede recordar algo de la cirugía, la llamada conciencia accidental durante la anestesia. En sus experimentos, un tercio de los pacientes con un brazo sin paralizar mediante torniquete fue capaz de obedecer la orden de apretar los dedos del investigador, pese a no mostrar señales externas de estar despierto ni registrar dolor, lo que él interpreta como un posible tercer estado, intermedio entre la vigilia y el sueño profundo.
La consciencia como red y la huella dactilar del cerebro
Las resonancias funcionales realizadas por Andrea Luppi, neurocientífico de la Universidad de Cambridge, añaden otra pieza al rompecabezas. Su equipo analizó la conectividad funcional, es decir, cómo se coordinan distintas regiones cerebrales. En vigilia, cada cerebro presenta un patrón de comunicación tan característico que actúa casi como una huella digital. Bajo anestesia, en cambio, los cerebros se volvieron menos únicos y más parecidos entre sí, e incluso se redujeron las diferencias con los cerebros de otros primates. Los resultados indican que los anestésicos generales rompen la comunicación entre áreas lejanas y obligan al cerebro a funcionar casi solo con conexiones directas, perdiendo la flexibilidad que caracteriza al pensamiento consciente. Luppi plantea que la consciencia no residiría en un punto anatómico específico, sino que sería un fenómeno emergente de la coordinación entre múltiples centros, similar a un gobierno paralizado cuando fallan sus sistemas de comunicación.
Contraste con psicodélicos y límites actuales del conocimiento
Estos hallazgos contrastan con lo observado en sustancias como el LSD o la psilocibina, en las que la actividad cerebral adopta el patrón opuesto: los psicodélicos parecen abrir rutas de comunicación nuevas entre zonas que habitualmente no interactúan, mientras que la anestesia las cierra. Para Boris Heifets, profesor asociado de Anestesiología, Medicina Perioperatoria y Tratamiento del Dolor en la Universidad de Stanford, esto muestra lo precario de las explicaciones actuales sobre la experiencia consciente. El investigador admite que “nuestro conocimiento sobre la consciencia es bastante rudimentario” y ironiza al afirmar que, si alguien pudiera explicar cómo funciona, querría hablar con esa persona. Mientras tanto, los quirófanos siguen siendo uno de los mayores laboratorios involuntarios del planeta: cada vez que se administra propofol, xenón u otro anestésico general, se pone a prueba la idea de que la consciencia surge de una red distribuida que puede interrumpirse sin destruir la máquina que la genera. Entender con precisión ese interruptor no solo ayudaría a mejorar la seguridad de millones de pacientes, sino también a redefinir qué significa estar consciente y cómo evaluar ese estado en personas en coma o con trastornos graves de la consciencia.







