Jueves 17 Septiembre 2026
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Estados Unidos: Trump intensifica su cruzada contra el Kennedy Center y el Smithsonian en plena campaña

257 millones de dólares en obras condicionadas a la presencia de su apellido en una fachada y carteles de 7 000 dólares cada uno para alertar sobre supuestos sesgos ideológicos. Así se traduce, en cifras, la nueva fase de la ofensiva del presidente Donald Trump contra el Kennedy Center y el Museo Smithsonian de Historia de Estados Unidos, con epicentro en Washington y a menos de 50 días de las elecciones de mitad de mandato.

Donald Trump, en el Kennedy Center de Washington, símbolo de su ofensiva contra la cultura
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, durante un acto en el Kennedy Center de Washington el 29 de enero de 2026. La institución cultural, cerrada y condicionada a una reforma de 257 millones de dólares supeditada a que recupere su nombre, se ha convertido en epicentro de la guerra cultural de la Casa Blanca. (Foto: Allison Robbert / AP)
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Un cierre sin horizonte y la lona que no cae del Kennedy Center

El Kennedy Center, inaugurado en 1971 en honor al presidente John F. Kennedy, permanece cerrado desde que su patronato leal a Donald Trump ejecutó la decisión de clausurarlo, tras una reunión descrita por testigos como tensa y a gritos. La institución había retirado, por orden judicial, las letras con el nombre del actual presidente, pero una lona instalada para cubrir la operación continúa colgando de la fachada 96 días después. Ese paño, convertido en símbolo de la injerencia política en la cultura, es ahora la metáfora visible de un cierre que el propio Trump justificó en febrero como una “reconstrucción completa” de un centro “deteriorado” y “obsoleto. La Casa Blanca ha difundido incluso un vídeo sobre un supuesto desprendimiento en el techo del grand foyer, mientras el presidente amenaza con bloquear la renovación valorada en 257 millones de dólares si el edificio no vuelve a lucir su nombre junto al de Kennedy.

Carteles ideológicos en el Museo Nacional de Historia Estadounidense

En paralelo al pulso sobre el Kennedy Center, la Casa Blanca ha dirigido su atención al Museo Nacional de Historia Estadounidense, parte del Instituto Smithsonian. El secretario de Interior, Doug Burgum, anunció la colocación de alrededor de una decena de carteles en la entrada del museo, con un coste de 7 000 dólares por unidad, para advertir a los visitantes de los “puntos de vista personales” de quienes programan las exposiciones. Según el Gobierno, el museo habría “adoptado explícitamente un marco ideológico” que deja de considerar la historia del país como legado compartido para convertirla en una herramienta destinada a “dividir, desmoralizar y desalentar” a los estadounidenses. Las advertencias se basan en un informe anónimo de 160 páginas y 500 notas al pie que reprocha al centro su atención a las contradicciones de los Padres Fundadores, la esclavitud o el genocidio indígena, así como un supuesto activismo “contra los blancos” y a favor de personas transgénero e inmigrantes “ilegales”. Para la historiadora pública M. J. Rymsza-Pawlowska, de la American University, se trata de un documento “ridículo y absurdo” y de “clásicas maniobras autoritarias” que desconocen el funcionamiento de las revisiones por pares y la diversidad de puntos de vista que acoge el Museo Nacional de Historia Estadounidense.

Presión sostenida sobre el Instituto Smithsonian y su dirección

El Instituto Smithsonian, que agrupa una red de 21 museos nacionales y un zoo, lleva más de 18 meses bajo presión directa de la Administración Trump. En marzo del año anterior, la Casa Blanca publicó el decreto Restaurando la verdad y la cordura en la historia de Estados Unidos, en el que instaba a una “limpieza ideológica” de la red. En ese clima, Lonnie Bunch III, presidente del Smithsonian, presentó su renuncia hace una semana alegando motivos personales tras año y medio de acoso político. El presidente ya había intervenido en contenidos de la National Portrait Gallery para alterar la forma en que se le representaba. Ahora ha ordenado sustituir la escultura abstracta Infinity (1967), de José de Rivera, situada frente al Museo Nacional de Historia Estadounidense, por una estatua de 10 metros de George Washington, e imponer una exposición sobre el primer presidente que permanezca en cartel durante cinco años. Infinity, primera obra de arte moderno instalada en el National Mall, simboliza la renovación estética de la capital, precisamente el modelo que Trump dice querer sustituir por un ideal neoclásico más acorde con su proyecto político.

Guerra contra el arte moderno: del National Mall a la explanada del Kennedy Center

La ofensiva no se limita a los museos. La retirada de la pieza Blue (2019), de Joel Shapiro, de la explanada del Kennedy Center, ordenada a principios de septiembre, se suma a los intentos de borrar o relegar el arte moderno y contemporáneo del espacio público de Washington. Estos movimientos evidencian un patrón: reemplazar símbolos de diversidad estética por iconografía histórica monumental asociada al relato más complaciente de la nación. El mandato de colocar una estatua colosal de George Washington en el acceso al Museo Nacional de Historia Estadounidense responde a la misma lógica. Al mismo tiempo, se reescribe la gobernanza cultural; nada más regresar a la Casa Blanca, Trump cesó al patronato del Kennedy Center para nombrarse presidente del órgano y situar en él a fieles sin experiencia acreditada en gestión o filantropía, usando luego la institución para actos de corte partidista, como presentar un documental de Melania Trump o celebrar un evento vinculado a la FIFA.

Desafección ciudadana y riesgo para el tejido cultural de Washington

La deriva del Kennedy Center, convertido de emblema de las artes escénicas a escenario de la agenda MAGA, ha roto la relación emocional de muchos aficionados con la institución. Toni Codinas, miembro del patronato del Washington Bach Consort y abonado histórico, relata haber pasado por la incredulidad, la rabia y la tristeza en solo 18 meses. Primero, por lo “fácil” que, a su juicio, fue para Trump hacerse con el control mediante el desprecio a las normas y la política de hechos consumados; después, por ver el centro transformado en una “sala de fiestas” asociada a su proyecto político; y, finalmente, por contemplar cómo “vapulea los restos” de un símbolo cultural que para muchos definía la vida musical de la ciudad. A falta de menos de 50 días para las elecciones legislativas, las encuestas sugeridas en el entorno de la Casa Blanca apuntan que una parte del electorado preferiría ver al presidente concentrado en problemas como la inflación o el combustible, en lugar de en su cruzada cultural. Sin embargo, la persistencia de la lona en el Kennedy Center y los inminentes carteles en el acceso al Museo Nacional de Historia Estadounidense indican que la batalla de Donald Trump por apropiarse del relato histórico y artístico de Estados Unidos seguirá marcando la agenda en Washington.

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