De las cajas de habanos a la libertad en La Habana
Desde niño, el granadino miró hacia América Latina con fascinación, alimentado por las ilustraciones de las cajas de puros habanos en Fuente Vaqueros y por las habaneras que cantaban sus tías en Andalucía. Ese imaginario tomó cuerpo en marzo de 1930, cuando, con 31 años, desembarcó en La Habana invitado por la Institución Hispano-Cubana. Allí ofreció siete conferencias en el Teatro Principal de la Comedia con localidades agotadas y visitó Cienfuegos, Varadero, los valles de Yumurí y Viñales y, según la cronología del Centro Federico García Lorca, también Santiago de Cuba. Más allá del éxito público, el viaje supuso una transformación íntima: en la isla Lorca «experimentó una fuerte libertad personal», resume Andrés Soria Olmedo, profesor emérito de Literatura Española de la Universidad de Granada. El poeta comenzó en Cuba la escritura de El público, una pieza de teatro experimental donde aborda explícitamente el amor homosexual, y describió la capital como «una mezcla de Málaga y Cádiz, pero mucho más animada y relajada por el trópico». Esa «isla paraíso» se convirtió en un espacio donde podía explorar su identidad con menos miedo que en la España de preguerra.
Buenos Aires: fama de torero y consolidación económica
El 13 de octubre de 1933, cuando el barco Conte Grande atracó en Buenos Aires, la figura de Federico García Lorca ya había cruzado el Atlántico. En el puerto lo esperaban diplomáticos, escritores, fotógrafos y periodistas, y el dramaturgo confesó por carta a su familia que entre los porteños tenía «la fama de un torero». Durante casi seis meses, la capital argentina se rindió a su teatro: se llegaron a representar cuatro obras suyas al mismo tiempo en distintas salas, mientras el reestreno de Bodas de sangre en el Teatro Avenida, protagonizado por Lola Membrives, permaneció en cartel durante meses y superó el centenar de funciones. Ese «escandalazo», como él mismo lo definió, no solo reforzó su prestigio artístico; le permitió comprobar que su dramaturgia podía garantizarle una independencia económica que en España aún no tenía. En paralelo, se movió entre círculos de élite, como el de la revista Sur de Victoria Ocampo, y espacios más populares, ampliando su influencia en una ciudad que funcionaba como capital intelectual del mundo hispanohablante y donde incluso leyó sus textos por radio en Radio Stentor.
Montevideo y Rosario: el laboratorio de Yerma
En plena vorágine porteña, Lorca cruzó el Río de la Plata hacia Montevideo a finales de enero de 1934. Allí, la compañía de Lola Membrives ya había cosechado un éxito previo con Bodas de sangre y el Romancero gitano estaba agotado en librerías. La alta sociedad montevideana compitió por su presencia, mientras sus conferencias reunían a miles de personas y la prensa seguía con detalle sus movimientos. Según reconstruyó el historiador Ian Gibson, Membrives lo presionó para terminar Yerma y prácticamente lo encerró en el Hotel Carrasco para que avanzara en la escritura. A pesar del carnaval y de una agenda saturada de recitales y recepciones, el poeta consiguió desarrollar en Uruguay una de sus obras más radicales. «Lo de Montevideo ha sido un éxito enorme», escribió a sus padres, relatando incluso cómo la gente lo aplaudía en las calles al grito de «ahí va Lorca». En paralelo, en ciudades como Rosario, las conferencias y lecturas reforzaron su condición de embajador cultural: al regresar a Madrid, la prensa progresista lo presentó como uno de los mejores representantes que España había enviado a Sudamérica, consolidando la idea de que América Latina le devolvía con creces lo que él ofrecía en escena.
El viaje a México que nunca hizo y la ucronía latinoamericana
A mediados de los años treinta, el mapa afectivo y profesional de Federico García Lorca incluía ya a Cuba, Argentina y Uruguay, y se extendía imaginariamente hacia Chile, Colombia y, sobre todo, México. En este último país, cuatro obras suyas estaban en cartel y la actriz Margarita Xirgu insistió en que se reuniera con ella allí, especialmente tras el estreno de Yerma en 1935 en La Habana y el agravamiento de la crisis política española. Sin embargo, el poeta fue posponiendo el viaje, atrapado entre nuevos proyectos teatrales y su fuerte vínculo personal con Rafael Rodriguez Rapún, antiguo secretario de La Barraca, que lo mantenía muy ligado a España. Lorca nunca llegó a tomar ese rumbo: en julio de 1936 regresó a Granada para visitar a su familia, fue sorprendido por el golpe militar del 18 de julio y, en agosto de 1936, con 38 años, fue asesinado por fascistas granadinos, señalado como subversivo y homosexual, según la investigación de Ian Gibson. Noventa años después de su ejecución, su destino frustrado en México se ha convertido en una de las grandes ucronías de la literatura en español: América Latina no solo transformó su obra y le dio libertad y recursos, también representa el territorio adonde quizá habría escapado para salvar la vida, y cuya memoria sigue nutriendo las relecturas contemporáneas de su legado.







