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El Día del Salvadoreño celebra la identidad cultural de una comunidad y avanza hacia la justicia social

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Inaugurado en 1999, el Día del Salvadoreño mezcla un fuerte componente político con un elemento cultural y religioso en una contundente afirmación de la identidad colectiva. Los líderes comunitarios y los políticos de izquierda se presentaban regularmente para hacer proselitismo.

Las actividades de este fin de semana incluirán un festival musical, comida típica salvadoreña y, para cerrar el domingo, una procesión religiosa dedicada al Divino Salvador del Mundo, que partirá desde la St. Kevin Catholic Church, en el bulevard Beverly. Le seguirá una misa similar a la que se celebra en San Salvador, la capital de El Salvador, desde 1525.

Si bien la ocasión se marcará en otras ciudades de Estados Unidos, el Día del Salvadoreño tiene un linaje distintivo en Los Ángeles. Nació de una resolución aprobada por el Congreso en julio de 2006, respaldada por la entonces congresista federal y actual supervisora del condado de Los Ángeles, Hilda Solís, atendiendo la solicitud de líderes comunitarios locales.

“Con Hilda Solís lo hicimos a nivel federal. Por eso se celebra en todas partes”, dijo Isabel “Chabelita” Cárdenas, activista y coautora del texto del Congreso.

Una organización en particular desempeñó el papel central en el establecimiento del Día del Salvadoreño: La Asociación Nacional Salvadoreña Americana (SANA), cuyos miembros incluían a Cárdenas, Salvador Gómez Góchez, Mario Fuentes, Mario Beltrán, Fidel Sánchez, Werner Marroquín y Raúl Mariona. Estaban buscando crear un evento anual que expresara las tradiciones y los anhelos de los refugiados salvadoreños que comenzaron a llegar aquí por miles durante los tiempos de la guerra.

En la actualidad, 2.3 millones de personas de ascendencia salvadoreña viven en Estados Unidos, aproximadamente empatados con los cubanos como el tercer grupo latinoamericano más grande del país, después de los mexicanos y los puertorriqueños. Muchos están agrupados en Los Ángeles, la área metropolitana de Washington DC y un puñado de otras ciudades.

“Los salvadoreños han hecho una contribución en leyes, medicina, activismo, ciencia y varias otras disciplinas que no nos dan mucho crédito”, dijo Salvador “Chamba” Sánchez, profesor de Ciencias Políticas en Los Angeles Community College (LACC), quien llegó de El Salvador en 1982 en medio de la ola migratoria que siguió al asesinato del arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, el 24 de marzo 1980.

Cárdenas, quien llegó en 1948 con su familia a Los Ángeles cuando tenía 9 años de edad, dijo que durante mucho tiempo los únicos salvadoreños que conocía eran sus parientes. Muchos angelinos parecían ni siquiera reconocer el país.

“Cuando nosotros decíamos que éramos de El Salvador, nos preguntaban: ‘¿En qué parte de México está?”, recordó.

Comenzó a conocer a otros salvadoreños hasta que se unió al Comité de Solidaridad con el Pueblo de El Salvador, que había sido fundado por Juan Ramirios, Ricardo Zelada y Ana Gloria Madriz para denunciar las violaciones de los derechos humanos y brindar asistencia a los salvadoreños que escapaban de la guerra fratricida que dejó más de 75 mil muertos y alrededor de 8 mil desaparecidos.

Cárdenas también es co-fundadora de la Clínica Monseñor Romero en el vecindario Pico-Union —ahora hay dos instalaciones, una en el área de MacArthur Park y otra en Boyle Heights— y de la organización El Rescate, entidades que brindaban servicios de salud y asesoría legal a refugiados.

La sindicalista salvadoreña Yanira Merino llegó a Los Ángeles en 1978, fue deportada dos años después y regresó definitivamente en 1984, cuando tenía 19 años. En el 2018, Merino, de 57 años, se convirtió en la primera mujer electa como presidenta del Labor Council for Latin American Advancement (LCLAA), después de pasar más de dos décadas organizando a los trabajadores y sirviendo como coordinadora de inmigración nacional en el sindicato Laborers’ International Union of North America (LiUNA).

Ella cree que la campaña “Justice for Janitors”, que fue lanzada en 1990 por el Sindicato Internacional de Empleados de Servicio e incluyó a activistas y organizadores de El Salvador, abrió las puertas del movimiento laboral estadounidense a los trabajadores salvadoreños.

"Ahí surge un nuevo liderazgo", dijo Merino, cuya organización, LCLAA, representa los intereses de más de 2 millones de trabajadores latinos.

A mediados de la década de 1990, Merino organizó a sus compañeros de trabajo en una empacadora de mariscos del centro de Los Ángeles. Después de seis meses de lucha lograron formar un sindicato, entrar en negociaciones colectivas y obtener un contrato que mejoró sus condiciones laborales y económicas.

“Me despidieron dos veces durante esa campaña”, rememoró.

Muchos inmigrantes que habían sido perseguidos y encarcelados en El Salvador por sus actividades sindicales, trajeron habilidades organizativas bien perfeccionadas y un feroz compromiso con el creciente movimiento laboral de las décadas de 1980 y 1990.

Merino recuerda haber asistido a reuniones sindicales cuando era niña con sus padres, quienes también eran activos en su comunidad y dentro de su parroquia católica. Antes de salir definitivamente de El Salvador, se involucró en el movimiento estudiantil, experiencia que aprovechó al ver las condiciones laborales en la empacadora.

“En mi casa vi que uno tenía que organizarse y unirse con otros”, dijo Merino, quien se mudó de Los Ángeles a Washington DC, hace varios años.

Celia Lacayo, socióloga de UCLA, cree que los salvadoreños “han hecho a esta sociedad más fuerte y mejor” a través de su trabajo en causas de justicia social.

“Los esfuerzos de los inmigrantes salvadoreños que salieron de la lucha en su propio país le dio más fuerza al movimiento laboral estadounidense, porque ya tenían experiencia”, dijo Lacayo.

Otro salvadoreño que llegó en medio de la mayor ola migratoria fue Oscar Chacón, quien llegó a Nueva York en 1980 a la edad de 18 años. Ahí se integró al Comité de Acción en pro de la Lucha Popular Salvadoreña y participó en Casa El Salvador. Chacón, ahora de 60 años, se mudó en 2001 a Chicago, la ciudad donde tiene su sede Alianza Américas, una coalición de 59 organizaciones, y se convirtió en su director ejecutivo en 2007.

Los orígenes de Alianza Américas se remontan al trabajo realizado por la Red Nacional Salvadoreño Americana, para apoyar a los beneficiarios del primer Estatus de Protección Temporal (TPS) que otorgó el gobierno de Estados Unidos a los migrantes salvadoreños en la década de 1990, en respuesta a las secuelas de la guerra.

“La gran oleada de salvadoreños que salió a finales de 1970 y principios de 1980 era una generación que llegamos con una buena base de formación en procesos organizativos, y eso es lo que nos ha llevado a posicionarnos en roles de liderazgo en múltiples campos”, dijo Chacón.

Los activistas salvadoreño-estadounidenses nuevamente se vieron impulsados a la acción en enero de 2018, cuando el entonces presidente Donald Trump anunció que cancelaría el TPS que afectaba a casi 200 mil salvadoreños. Fue entonces cuando Evelyn Hernández se sumó a las protestas y caravanas de salvadoreños que viajaban para concientizar sobre los peligros que enfrentan los deportados.

“Cuando comencé, ni siquiera sabía que podía convertirme en la voz de nuestra comunidad salvadoreña, que estaba en el mismo limbo migratorio que yo”, dijo Hernández, de 47 años, quien ingresó al servicio comunitario cuando su hijo mayor estaba en kindergarten en Los Ángeles. En su vecindario, familias latinas que enfrentaban un déficit de escuelas se movilizaron, en el 2004, en torno a una iniciativa que resultó en el establecimiento de al menos tres nuevas escuelas secundarias. Actualmente, Hernández es organizadora y coordinadora del comité TPS en Los Ángeles.

A pesar de su largo historial de lucha por la justicia social, los salvadoreños no han ganado tanto poder en la arena política. Solo tres mujeres salvadoreñas ocupan actualmente cargos en California: Reyna Díaz, presidenta de la junta escolar de Duarte; Wendy Carrillo, asambleísta estatal por el Distrito 51; y Myrna Melgar, miembro de la junta de supervisores de San Francisco.

Y solo otros cuatro de origen salvadoreño han ocupado en el pasado cargos políticos en el Estado Dorado: Los exconcejales Mario Beltrán, de la ciudad de Bell Gardens; Víctor Martínez de Mendota, en el Valle de San Joaquín; y Cecilia Iglesias de Santa Ana; y la exsenadora estatal Liz Figueroa, hija de inmigrantes salvadoreños nacida en San Francisco.

En el área metropolitana de Washington DC, las mujeres salvadoreñas están representadas únicamente por Rocío Treminio-López, alcaldesa de Brentwood, Maryland, y Celina Benítez, alcaldesa de la vecina Mount Rainier, Maryland. En los últimos años, otros seis salvadoreños han ocupado diferentes cargos públicos, como miembros de concejo municipal, integrantes de junta escolar, supervisores de condado y legisladores estatales.

“Somos invisibles. Los salvadoreños no hemos tenido el sentido político y cívico para participar”, dijo Ana Sol Gutiérrez, de 80 años, quien sirvió en la Casa de Delegados de Maryland de 2003 a 2019.

“Hay grupos más pequeños de otros países que ya tienen miembros en el Congreso, como colombianos y dominicanos, quienes se han organizado y apoyan a los candidatos con donaciones y nosotros estamos en pañales”, agregó Gutiérrez.

El estratega político Luis Alvarado cree que una nueva generación de funcionarios está emergiendo gradualmente de las filas de funcionarios locales y estatales y su personal, así como de activistas por la justicia social.

"Estos jóvenes, la segunda generación, que se educan en escuelas estadounidenses y entienden el proceso político, tienen el entusiasmo de participar", dijo.

Jesse Acevedo, politólogo de la Universidad de Denver, dijo que los candidatos salvadoreños a cargos públicos en ciudades como Houston y Los Ángeles han enfrentado una ardua lucha, al competir contra redes políticas mexico-estadounidenses establecidas desde hace mucho tiempo.

Acevedo, quien enseñó en UCLA de 2015 a 2018, dijo que el ferviente activismo social que caracteriza a la comunidad salvadoreña será clave para aumentar su poder político e influencia en las próximas décadas.

“No puedes hablar de Los Ángeles y Washington DC sin los salvadoreños. Eso es resultado de décadas de activismo como fundación”, dijo. “Vamos a ver a muchos políticos de origen salvadoreño en los próximos años, va a ser muy pronto”.

Este artículo fue publicado por primera vez en Los Angeles Times en Español.

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