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Mar, Nov 12, 2019

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Para el ex embajador nicaragüense ante la Organización de Estados Americanos (OEA), José Luis Velásquez, la comunidad internacional ha agotado todos sus esfuerzos ante el Gobierno de Daniel Ortega, para buscar una salida a la crisis que vive Nicaragua desde el pasado 18 de abril de 2018.

«El señor Daniel Ortega tiene una visión a corto plazo, perdió su visión de largo plazo. En el corto plazo él cree que va ganando, pero todos sabemos que, en el largo plazo, esto va a terminar en una tragedia como la de los años 80, con el colapso de la economía y una profunda crisis política», expresa el también analista político.

Además, el experto en temas políticos sostiene que la profundización de la crisis refleja que Ortega perdió totalmente su visión del interés común.

«Y esto se debe que Ortega trabaja en una visión centrada en sus propios intereses y ha perdido la visión del bien común y con esto nos lleva a una situación de calamidad social y política como la que se vivió en los años 80», asegura Velásquez.

A juicio del ex embajador, la labor de la comunidad internacional para conducir a Ortega a buscar mecanismos para buscar repuesta  a la crisis ya se agotó, ante la intransigencia del caudillo de gobernar por la fuerza y no escuchar las demandas de la población que pide un país en justicia, libertad y democracia.

«La presión de la comunidad internacional hasta donde ella podía llegar ya llegó, ya topó y hay que recordar que el sistema internacional está pasando por una época de mucha turbulencia y de mucha crisis y es muy poco lo que puede hacer ya la comunidad internacional después de lo que ya ha hecho; sino veamos el mismo caso de Venezuela en el que la comunidad internacional no ha podido solucionar la crisis, pese a todos sus esfuerzos», señaló el analista.

Presión nacional es clave

Por otro lado, Velásquez considera que un objetivo clave para obligar a Ortega negociar está en las presiones internas lo cual se demostró durante la crisis de abril del año pasado.

«Las presiones internas es un escenario al que Ortega le teme. Se demostró en la reacción ciudadana de abril 2018. El país se levantó y Ortega tuvo que dialogar, aunque no fue con voluntad, pero fue a la mesa. Partiendo de esto, con la presión de la comunidad internacional, sumado a la presión interna, se obliga al régimen a buscar una salida», expone el experto.

A juicio de Velásquez «una implosión social» en el país, golpearía al régimen al desgastarlo con recursos. «Pero no solamente lo desgastaría con recursos, sino con simpatizantes, porque la gente no aguanta la crisis que ha sido generada y profundizada por la represión de Ortega», señaló el analista político.

Ortega y el diálogo con los zancudos

Ortega, de acuerdo a Velásquez, organiza un diálogo con «los partidos zancudos» lo cual no le funcionará porque la población demanda cambios y en especial su salida del poder a través de elecciones adelantadas.

«A eso apuesta Ortega. En hacer una componenda con los partidos zancudos y así sobrevivir en el corto plazo. Pero al fin y al cabo esto no va resolver la crisis y entonces, la crisis va replantearse nuevamente y de una manera más profunda y más grave en el mediano plazo», afirmó Velásquez.

El experto considera además que Ortega lo que persigue es llegar hasta el 2021, lo cual, según el exdiplomático agravaría aún más al país.

«El problema no es llegar al 2021 sino qué, cómo y en qué condiciones va llegar, cuando tiene encima sanciones y en contra a la comunidad internacional; pero definitivamente, para Nicaragua, esa falta de visión de Ortega la conduce al fracaso total», planteó Velásquez.

No obstante, el ex diplomático, aseguró que una estrategia para frenar a Ortega es la unidad de todas las fuerzas opositoras que apuestan por un cambio en Nicaragua.

«La unidad es clave. Es verdad que no hay unidad, que no se ven condiciones, pero hay que buscarla para salvar a Nicaragua y que vuelva a recuperarse su restauración democrática que es lo que demandan los nicaragüenses y la misma comunidad internacional», expuso Velásquez.

Fuente: La Prensa