Familias convertidas en rescatistas ante la respuesta tardía del Estado
En las ruinas del complejo OPP Caribe, Wallesca Pérez, de 23 años y conocida como La Flaca, sigue subida a una torre partida a la altura del sexto piso buscando a su padre. Allí, entre placas ennegrecidas de concreto, apenas halló una muñeca quemada. “Mi padre era mi mundo y no voy a parar hasta encontrarlo”, afirma. Según su testimonio, la ayuda del Gobierno de Venezuela llegó a esa zona “después del mes y cinco días”, cuando ya vecinos y voluntarios habían improvisado túneles, retirado cascotes a mano y organizado turnos de vigilancia para que la maquinaria pesada no se llevara restos humanos sin identificar.
Duelo interrumpido y cuerpos atrapados bajo el concreto
Más de 90 días después del sismo, continúan bajo las ruinas cientos de cadáveres, incluidos al menos una treintena de niños sepultados cuando jugaban al fútbol en la cancha del conjunto residencial. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana, bomberos y empleados públicos operan excavadoras y grúas telescópicas, pero los familiares insisten en permanecer sobre el terreno para evitar errores en el manejo de restos. “Nosotros no estamos viviendo, nosotros estamos sobreviviendo”, resume La Flaca, que coordina la entrega de alimentos donados para trabajadores y voluntarios, en un contexto en el que la comida y el agua dependen en buena medida de la caridad ciudadana.
Madres que excavan de noche y de día para encontrar a sus hijos
Tres pisos más abajo de donde vivía Wallesca Pérez, Eilen Solano perdió a su hijo de 12 años, hallado un mes después, y aún busca a su hijo de 11, uno de los menores atrapados cuando colapsó la torre. Su esposo, albañil, abrió a golpes el concreto para sacar a su suegra y a otras 11 personas, “se partió las manos haciéndolo”, recuerda Solano, a quien llaman La Negra. Desde entonces, la pareja se turna las guardias: él llega al anochecer, ella toma el relevo de madrugada. “Si no hago guardia a todas horas, la máquina se lleva lo que sea que encuentre”, explica. Considera que la fe y la responsabilidad la sostienen: “Siento que si Dios permitió ponerme esto sobre los hombros es porque sabe que yo puedo”.
Escombros, fosas comunes y cientos de cadáveres sin identificar
Mientras algunas parcelas de La Guaira ya han sido limpiadas y más de 740 familias han recibido una nueva vivienda o asistencia para alquilar o comprar otra, otras zonas permanecen congeladas desde junio, con edificios vacíos y ventanas aún encendidas. El cementerio La Esperanza ilustra la magnitud de la tragedia: allí se han enterrado 1 130 cadáveres, de los cuales más de 800 siguen sin identificar, según funcionarios del camposanto. Una hilera de cuarenta varillas de hierro marcadas con peluches y balones recuerda a 40 niños cuyos cuerpos nadie ha reclamado. Madres como Liliana Figueroa han tenido que revisar álbumes con hasta 1 900 fotografías de muertos para localizar a sus hijas, sin poder recuperar aún los restos por errores en el registro y la inhumación.
Grietas del modelo chavista y reconstrucción desigual
El doble terremoto golpeó a Venezuela cuando se cumplían casi seis meses de la captura de Nicolás Maduro y, según las víctimas, dejó al descubierto las grietas acumuladas del modelo chavista. Aunque Delcy Rodríguez solicitó ayuda internacional y aseguró que la respuesta fue inmediata, los primeros días estuvieron marcados por el caos, la falta de equipos y la ausencia de coordinación, según los testimonios recogidos en La Guaira. Hoy coexisten calles silenciosas, edificios en ruinas y campamentos bajo lonas con pequeños brotes de actividad económica, como quioscos reabiertos y mercados improvisados. Para las familias que siguen sobre los escombros, sin embargo, la reconstrucción solo empezará el día en que puedan enterrar a sus muertos y cerrar un duelo que, tres meses después, continúa interrumpido.