De la “misma nación” al silencio en la ONU
Desde 1999, la alianza entre Hugo Chávez y Fidel Castro convirtió a Caracas y La Habana en lo que el propio Chávez llegó a definir como “una misma nación”, apoyada en envíos de petróleo en condiciones preferenciales y en la presencia masiva de personal cubano en programas sociales y en el aparato de seguridad venezolano. Hoy, con Nicolás Maduro capturado por Estados Unidos y Delcy Rodríguez como presidenta interina de Venezuela, el escenario es radicalmente distinto. En su intervención más reciente ante la Asamblea General de la ONU, Rodríguez no nombró a Cuba ni una sola vez, un giro notable si se recuerda que Chávez llegó a mencionarla 11 veces en 2009 y Maduro 13 en 2015. Pocos días después de la operación militar, Rodríguez defendió ante la Asamblea Nacional el “derecho a tener relaciones diplomáticas con China, con Rusia, con Irán, con Cuba, con todos los pueblos del mundo. También con los Estados Unidos. Somos una nación soberana”, marcando distancia respecto de la dependencia política de años previos.
La incursión del 3 de enero y la exposición del entramado de seguridad
La irrupción de fuerzas estadounidenses el 3 de enero, que culminó con la captura de Nicolás Maduro, dejó al descubierto la profundidad de la presencia cubana en los servicios de seguridad venezolanos. Durante años, La Habana negó tener agentes de inteligencia en Venezuela, pero la muerte de al menos 32 cubanos –incluidos oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y del Ministerio del Interior– en el búnker presidencial derrumbó esa versión. Entre las víctimas había coroneles, un teniente coronel, mayores y capitanes, lo que indica que no se trataba solo de asesoría de bajo nivel. El exembajador y académico Frank Mora, de la Universidad Internacional de Florida, sostiene que el elemento clave de la influencia cubana fue la contrainteligencia, con una “penetración bastante profunda” en la Dirección General de Contrainteligencia Militar y en las Fuerzas Armadas, hasta hablarse de “cubanización” del estamento militar venezolano. Tras la operación, el entonces secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, afirmó que Cuba “básicamente intentó colonizar Venezuela desde el punto de vista de la seguridad”.
Evacuaciones discretas, presión de Washington y petróleo bajo llave
Desde mediados de enero, varios indicios apuntan a una retirada acelerada de personal cubano. El medio digital 14ymedio registró al menos seis vuelos del Ilyushin IL-96-300 de Cubana de Aviación entre Caracas y La Habana, el mismo avión usado para trasladar a militares heridos tras la incursión, con capacidad para unos 300 pasajeros ampliable a 400. Según sus cálculos, hasta 2 500 cubanos pudieron haber sido repatriados desde Venezuela. En paralelo, un reportaje de Reuters, basado en 11 fuentes con conocimiento directo, afirmó que agentes de seguridad y médicos cubanos estaban siendo evacuados, presuntamente por presiones de Washington sobre Delcy Rodríguez, y que los funcionarios cubanos habrían sido removidos de puestos estratégicos como la Dirección General de Contrainteligencia Militar. Aunque ni Caracas ni La Habana han dado detalles, académicos citados por BBC News Mundo sostienen que la “descubanización” del aparato de seguridad es una prioridad de la inteligencia estadounidense. El Departamento de Estado de Estados Unidos se ha limitado a hablar de “un cambio drástico en las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela”, subrayando que lo que fue un país dominado por el socialismo es ahora, a su juicio, “una nación con la democracia en el horizonte”. En lo económico, Washington tomó el control de la venta del crudo venezolano y mantuvo cerrado el suministro hacia Cuba, que ya no recibe petróleo desde finales de 2025 por el bloqueo marítimo sobre las costas venezolanas.
Misiones médicas que resisten y un discurso cubano más frío
Pese al repliegue en seguridad, la presencia de médicos cubanos no ha desaparecido. De acuerdo con una investigación de Archivo Cuba, organización que documenta violaciones de derechos humanos y la actuación internacional del gobierno cubano, las misiones sanitarias de la isla siguen activas en al menos 22 estados de Venezuela, y el propio gobierno de Cuba aseguró que tras los terremotos recientes estaban presentes en los 24 estados. La novedad, según su directora Maria Werlau, es el aumento de deserciones: más profesionales huyen hacia Colombia o Guyana o pasan a la clandestinidad en Venezuela. Al mismo tiempo, la embajada cubana en Caracas continúa operando, con una actividad centrada en gobernadores, alcaldes y movimientos sociales, lejos del llamado “triunvirato” que forman Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello. En La Habana, el discurso oficial ha ido enfriándose. El viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, admitió que Venezuela es hoy “un país amigo” y que “aliado es una palabra muy fuerte”, la primera admisión pública de degradación del vínculo estratégico. Pese a ello, el gobierno de Miguel Díaz Canel ha evitado ataques frontales contra Rodríguez, incluso después de su acercamiento al gobierno de Donald Trump y del mantenimiento del corte de petróleo hacia la isla.
De la hermandad ideológica a un vínculo táctico y precario
La alianza forjada por Hugo Chávez y Fidel Castro se sustentó en un proyecto común antiestadounidense y en la oposición al capitalismo, con fuerte carga simbólica en el discurso de “hermandad” y “unidad histórica”. La coyuntura actual altera ese eje: Venezuela coopera con Washington, acepta la supervisión estadounidense del sector petrolero y limita la injerencia cubana en su seguridad interna, mientras Venezuela y Cuba se definen mutuamente más como amigos que como aliados. Analistas citados por BBC News Mundo, como Javier Corrales y Frank Mora, coinciden en que La Habana atraviesa una crisis profunda y entiende las presiones sobre Delcy Rodríguez, por lo que evita una ruptura abierta. La estrategia histórica cubana ha sido no quemar puentes, y mantener canales con el chavismo –aunque sea por debajo del núcleo del poder– le permite apostar a una futura reconfiguración: desde una eventual transición política en Caracas hasta un cambio de administración en Washington que abra espacio a recomponer la relación. En este tablero, la vieja “relación estratégica” queda reducida a un vínculo táctico, condicionado por la capacidad de ambos gobiernos para resistir presiones externas y por la voluntad de Estados Unidos de seguir marcando el ritmo del cambio en Venezuela.