Un cuerpo de bomberos que trabaja sin sueldo ni equipos
En plena devastación de La Guaira, el despliegue del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Universidad Central de Venezuela evidenció la precariedad estructural del sistema de emergencias del país. Daniela Villarroel y sus compañeros no reciben sueldo ni dotación oficial: dependen de los equipos que logran comprar con su propio dinero y de la formación que se han procurado durante años. Cuando llegó el primer día a los edificios colapsados, Daniela solo contaba con sus guantes personales y un pequeño cordino, pese a que debía internarse en estructuras inestables, con columnas fracturadas y pisos superpuestos como planchas de concreto.
18 días entre escombros, jornadas de 18 horas y túneles mínimos
Durante 18 días continuos, Villarroel adoptó una rutina extenuante: salía del cuartel en Caracas a las 8:00 de la mañana, se desplazaba unos 40 kilómetros hasta las zonas de desastre en la parte trasera de un camión sin techo y regresaba a la medianoche para limpiar herramientas antes de ir a casa después de las 2:00. Su estatura de 1,60 metros y sus 58 kilos la convertían en la opción ideal para entrar en huecos minúsculos, algunos con el tamaño aproximado de cuatro hojas de papel carta. En uno de los rescates más recordados, descendió unos seis metros por un túnel de un metro de diámetro, avanzando, como ella misma describe, "como si fuese un gusanito" hasta llegar a un sobreviviente rodeado de cuerpos y escombros.
Gabriel y la tía: vidas salvadas con recursos mínimos
El primer rescate que la marcó fue el de Gabriel, un joven de 22 años que seguía con vida gracias a una especie de colchón de aire que se formó alrededor suyo cuando el edificio se derrumbó y sus padres y su esposa embarazada murieron protegiéndolo. Atrapado boca abajo, solo asomaba los pies, el abdomen y la cabeza. Antes de ser evacuado en una tabla de rescate, le pidió a Daniela que cuidara el reloj de su padre, un collar de su madre y el anillo de casada de su esposa, porque, según le dijo, eso era lo único que podría llevarse de ellos. Días después, la rescatista participó en un operativo de ocho horas para liberar a la tía de un colega bombero, atrapada en el piso 2 de un edificio cuyos cuatro primeros niveles habían quedado aplastados. Organizados en parejas y en bloques de 20 minutos, los bomberos desmontaron una mesa y cortaron partes de la estructura mientras Daniela mantenía el contacto con la mujer, tocándola y repitiéndole: "ya te vamos a sacar".
El trauma que se lleva a casa: insomnio, olor a muerte y terapia
Fuera de los escombros, la emergencia continuaba en la vida privada de la rescatista. Cada noche, Daniela se quitaba las botas y el uniforme en el jardín de su casa en Caracas para evitar que el olor de los cadáveres impregnara las habitaciones. Lavaba una y otra vez la misma ropa de trabajo, al punto de desechar algunas prendas, porque todo —incluidas las toallas— terminaba oliendo igual. A partir de la segunda semana empezó a sufrir insomnio, pérdida de apetito y alucinaciones auditivas: escuchaba las voces que pedían ayuda y el sonido de las herramientas como si aún estuviera bajo los edificios. "No podía dormir, no tenía apetito, oía voces. Lo más fuerte para mí fue el olor… Era un olor tan fuerte que no tenía punto de comparación. Siento que jamás voy a poder arrancarme ese olor a muerte", relató luego a su terapeuta, quien la ayudó a reconocer que todos sus sentidos habían quedado atrapados en aquellas escenas.
La deuda con los rescatistas tras los terremotos en Venezuela
Mientras miles de familias lloran a las más de 5 000 víctimas fatales y siguen sin respuesta sobre los 50 000 desaparecidos reportados tras los terremotos de 2026 en el norte de Venezuela, historias como la de Daniela Villarroel exponen otra dimensión de la catástrofe: la de los rescatistas que operan durante semanas en condiciones precarias y sin respaldo institucional, pagando de su bolsillo equipos básicos y afrontando en soledad las secuelas psicológicas de su labor. Sus perros Emma, Chimuelo y Sisi, que la esperaron sin comer durante sus días más intensos en La Guaira, se han convertido en su principal sostén cotidiano, mientras la joven intenta retomar su trabajo como nutricionista y continuar en el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Universidad Central de Venezuela. La experiencia de estos 18 días entre ruinas revela la urgencia de políticas públicas que protejan y acompañen a los equipos de respuesta ante futuros desastres en el país.