Miércoles 4 Noviembre 2026
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Ucrania: Prisioneros nacidos en Donbás que pelean por Rusia revelan por qué combatieron contra su país

Más de 50 000 ucranianos habrían sido reclutados por Rusia en territorios ocupados, según una estimación oficial basada en un servicio de inteligencia. Algunos de ellos, hoy prisioneros en un campo del oeste de Ucrania, contaron a BBC Mundo por qué eligieron –o se vieron forzados– a combatir por Moscú contra el país donde nacieron.

Prisioneros de guerra capturados por Ucrania, algunos nacidos en Donbás, formados en un patio bajo vigilancia.
Prisioneros de guerra con uniforme de la Marina, varios de ellos nacidos en Ucrania pero alistados en el bando ruso, forman una fila en un patio de un campo del oeste de Ucrania. Muchos proceden de Donbás, Donetsk y Lugansk y hoy aguardan un intercambio que Rusia apenas prioriza. (Foto: BBC News)
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Identidades fracturadas en el corazón de Donbás

La mayoría de los soldados presos nacidos en Ucrania entrevistados por la BBC procede de zonas ocupadas desde 2014, como Donbás, Donetsk y Lugansk. En esos territorios, durante años, la educación y los medios han estado bajo control ruso, reforzando un relato que califica a las autoridades de Kyiv de “nazis” e ilegítimas. Anton, capturado por Ucrania tras luchar del lado ruso, resume ese giro identitario: asegura que “no se arrepiente” porque, dice, “fue a defender su tierra” y se define sin matices como ruso, pese a tener apellido ucraniano. Petro Yatsenko, de la coordinación ucraniana para prisioneros de guerra, describe a estos combatientes como “muy prorrusos” y con “identidad nacional muy difusa”, lo que complica la estrategia de Kyiv, que oficialmente sigue considerándolos ucranianos y asume que el control ruso es temporal.

Voluntarios, reclutados a la fuerza y convictos en el frente

En el mismo campo conviven historias de reclutamiento voluntario, coerción y cálculo desesperado. Anton se alistó cuando cumplió 18 años, en 2022, poco después de la invasión a gran escala, y relata cómo los mensajes de texto anunciando muertos entre sus amigos se volvieron rutina: “muerto, muerto, muerto”. Artiom, también de Donetsk, dice que “tenían cuentas pendientes” desde los bombardeos de 2014 y se presentó voluntario, pero terminó con el cuerpo lleno de metralla tras apenas dos meses en el frente y sin recibir el bono prometido de 400 000 rublos (unos US$5 000), mientras un compañero ruso obtuvo cinco veces más. Otro prisionero de Donetsk afirma que fue obligado a combatir y que se quedó en la región no por lealtad política, sino porque era su hogar. Su objetivo ahora es regresar con su familia y, confiesa, “esconderse” para evitar ser enviado de nuevo al frente. A su lado trabajan convictos como Konstantin, que se alistó “exclusivamente” para esquivar una posible condena de 15 años de prisión. “Sé que quizá no lo justifica, pero es un hecho. Ahora tengo 44 años, tendría 60 luego de 15 años”, explica. Los llamados vshniki –soldados reclutados en cárceles– solo quedan libres si sobreviven hasta el final de la guerra, y algunos asesinos condenados relatan que sus contratos, que pensaban limitados a un año, fueron renovados de forma automática.

Trabajo, propaganda y un intercambio que no llega

Mientras esperan un eventual canje, los prisioneros trabajan para ganar dinero con el que comprar mejor comida y cigarrillos. En un taller ensamblan ataúdes de madera; en otro, fabrican árboles de Navidad artificiales y decoraciones. El contraste entre el carácter macabro de los ataúdes y la ligereza de los adornos navideños ilustra la precariedad de su situación: sus manos producen objetos para el mercado civil europeo mientras ellos siguen sin fecha clara de liberación. Al mismo tiempo, en el comedor, un video titulado “Mitos sobre Crimea” se reproduce en bucle, cuestionando la narrativa histórica rusa sobre la península anexionada en 2014. Sin embargo, los presos apenas miran la pantalla, y los esfuerzos de “reeducación” parecen, como mínimo, poco convincentes. Para Kyiv, el objetivo central es usar a estos hombres como moneda de cambio para recuperar a sus propios soldados, pero los prisioneros nacidos en Donbás perciben que Rusia los relega: Konstantin lamenta que este año solo una docena haya sido transferida para intercambio y concluye que “serán los últimos en salir”. Entre identidades disputadas, promesas económicas incumplidas y contratos militares que se extienden sin control, sus testimonios anticipan que, más allá de un eventual alto el fuego, la reintegración de estas poblaciones será uno de los desafíos políticos y humanitarios más complejos de la posguerra en Ucrania.