Súper El Niño: del Pacífico ecuatorial a un tablero de riesgos regional
El fenómeno se desencadena cuando la temperatura de la superficie del mar en el Pacífico tropical central se sitúa al menos +1,5 °C por encima de la media histórica, dentro de un episodio de El Niño-Oscilación del Sur que suele durar entre 9 y 12 meses. Este año, explica Ángel Adames, profesor del departamento de Ciencias Atmosféricas y Oceánicas de la Universidad de Wisconsin-Madison, coincidieron varios procesos poco frecuentes, desde el debilitamiento intenso de los vientos alisios hasta alteraciones en la retroalimentación océano-atmósfera, que han disparado la magnitud del evento. A ello se suma el calentamiento global, que amplifica los llamados efectos canónicos: sequías prolongadas, olas de calor extremas, lluvias torrenciales y cambios en la temporada de huracanes que modificarán de forma desigual el clima de México, Centroamérica, el Caribe y Sudamérica.
Sequías letales y huracanes más violentos
En México, el norte podría vivir inviernos con tormentas invernales más severas, mientras que el sureste afrontaría más calor y sequías, además de huracanes más intensos en el Pacífico sur. En el denominado corredor seco de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, y también en Costa Rica y Panamá, se esperan sequías severas que amenazarán los cultivos y el agua disponible. El Caribe tenderá igualmente a un escenario de menos lluvias y temperaturas sofocantes, con especial riesgo para la agricultura y la ganadería. Adames recuerda que las olas de calor son el fenómeno meteorológico con mayor mortalidad, pese a que reciben menos atención que otros desastres. Al mismo tiempo, en el Atlántico se prevé una menor formación de ciclones, lo que significaría cierto alivio para el este de México, el Caribe y la costa este de Estados Unidos, mientras que en las costas del Pacífico de Centroamérica y México es probable un aumento de huracanes potentes, como ya ocurrió en el fuerte evento de 1997.
Perú, Ecuador y el Cono Sur: entre inundaciones y oportunidad agrícola
Según los científicos, el epicentro regional de este Súper El Niño estará frente a las costas de Perú y Ecuador, donde el llamado Niño costero suele traducirse en lluvias torrenciales, grandes inundaciones y deslaves, además de un desplome de la pesca por el calentamiento del océano. La presidenta de Perú, Keiko Fujimori, ha situado la respuesta al fenómeno entre sus “emergencias inmediatas” y anunció la “descolmatación masiva de los ríos” y la construcción de defensas ribereñas técnicas para proteger cuencas vulnerables. Más al interior, partes de Perú y Bolivia podrían sufrir una sequía intensa con graves consecuencias para la agricultura. En Colombia, Venezuela y el norte de Brasil se proyecta una disminución notable del caudal de los ríos, con un impacto directo sobre la generación de energía hidroeléctrica. El sur de Brasil, Uruguay, Paraguay, el norte de Argentina y Chile, en cambio, suelen beneficiarse de mayores lluvias que favorecen las cosechas, pero si las precipitaciones se disparan, como en 1997, el saldo puede ser devastador por inundaciones y pérdidas masivas de producción agropecuaria.
Respuestas políticas dispares y una ventana de preparación que se cierra
Las medidas oficiales muestran un mapa desigual. En Perú, Keiko Fujimori prometió maquinaria pesada en puntos críticos e implementar un sistema logístico de respuesta rápida para asegurar alimentos, agua y medicinas en zonas vulnerables. En Colombia, el presidente Gustavo Petro decretó una emergencia y ordenó un paquete de alrededor de US$1.200 millones para la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, orientado a reforzar infraestructura, especialmente en departamentos costeros, pero el Consejo de Estado suspendió parte del decreto, incluida la financiación, dejando en un limbo las obras a días de que Abelardo de la Espriella asuma la presidencia. En México, la presidenta Claudia Sheinbaum instruyó a Protección Civil a instalar alertas en teléfonos móviles, puestos de comando en todos los estados —con prioridad en los que tienen costa del Pacífico— y labores de limpieza de ríos, presas y colocación de barreras, ante la previsión de lluvias muy intensas hacia fin de año. Gobiernos como los de Bolivia y Ecuador apenas se encuentran en fase de diseño de planes y conformación de equipos, lo que, a juicio de Adames, evidencia que varios países aún no dimensionan que la emergencia climática ya está en curso.
Alerta sobre alimentos, energía y fertilizantes
Más allá de las inundaciones y las sequías, el riesgo central de este Súper El Niño se concentra en la seguridad alimentaria y la estabilidad energética. La combinación de olas de calor y déficit de lluvias puede reducir drásticamente los rendimientos agrícolas y forzar racionamientos de electricidad en zonas dependientes de la hidroelectricidad. Adames advierte que la guerra en Medio Oriente ya está encareciendo y limitando la disponibilidad de fertilizantes, lo que agravará la caída de las cosechas justo cuando los productores más necesitan insumos para adaptarse a un clima extremo. El científico insiste en que la población debe conocer los riesgos de su localidad, preparar reservas básicas de alimentos y agua y asumir una mentalidad de prevención frente a olas de calor, incendios forestales y cortes de servicio. Para los gobiernos, la ventana de acción se mide ahora en meses, no en años: reforzar infraestructura crítica, educar a la ciudadanía y coordinar respuestas regionales puede marcar la diferencia entre un episodio severo pero manejable y una crisis prolongada de alimentos y energía en toda América Latina.