De superpotencia energética a importadora de gasolina
En apenas unos días, la búsqueda de combustible se ha convertido en una carrera de resistencia para conductores como Svyatoslav, que aguarda horas en una gasolinera del sureste de Moscú sin certeza de cuándo llegará el suministro. El cartel ya indica que no hay combustible, pero él se aferra a la promesa de que “quizás hoy, quizás mañana” vuelva a haber gasolina. Otros automovilistas, como Elizaveta y Lyubov, relatan recorridos nocturnos y trayectos completos hasta Moscú sin una sola estación operativa. Frente a colas que llegan a 80 autos, el diario Nezavisimaya Gazeta habla de “segunda ola de la crisis del combustible”, mientras las autoridades admiten “reparaciones no programadas en refinerías de petróleo” tras los ataques de drones. El contraste es especialmente fuerte porque Rusia es reconocida como una superpotencia energética y uno de los principales exportadores mundiales de petróleo crudo, pero se ha visto obligada a importar gasolina para contener la escasez.
Euro 2, un combustible más sucio que vuelve por decreto
Para intentar aliviar la falta de oferta, el gobierno ha autorizado de forma temporal la producción y venta de gasolina Euro 2, un combustible con hasta 50 veces más azufre que la moderna Euro 5 y prohibido en Rusia desde 2013. El periódico estatal Rossiyskaya Gazeta advierte que su uso habitual puede aumentar la presión sobre el inyector de combustible, las bujías, los sensores de oxígeno, el catalizador y el filtro de partículas en los vehículos modernos. Un solo repostaje no dañaría el motor, pero “reduce drásticamente el margen de seguridad”. La medida ilustra hasta qué punto la infraestructura de refinado y logística está bajo presión. Antes de la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, no se registraban ataques con drones a refinerías ni a otras instalaciones dentro del territorio ruso; hoy, las autoridades lidian con daños continuos sobre activos clave y con el impacto directo en el consumo cotidiano.
Wildberries y la vida diaria bajo los drones
Los drones ucranianos no solo afectan a la gasolina. De acuerdo con los Datos Estructurados, los ataques alcanzan también centros de distribución de Wildberries, el mayor comercio electrónico del país, lo que se traduce en retrasos para compradores y pérdidas para vendedores. El presidente Vladimir Putin ha admitido que los golpes contra instalaciones industriales y de infraestructura “causan daños; es obvio. Lo entendemos, lo vemos”, pero ha insistido en que esos ataques “no tienen consecuencias graves. No las han tenido ni pueden tenerlas”. Esa minimización contrasta con testimonios como el de Angelina, que describe cómo sus ventanas temblaron con explosiones nocturnas y confiesa que, al irse a dormir, no sabe si despertará a la mañana siguiente. Otra vecina resume sus preocupaciones en tres frentes: precios altos, escasez de gasolina y el sonido de los impactos de drones cerca de Moscú.
Patriotismo de bandera y militarización del espacio público
Mientras los conductores hacen fila por combustible, las calles de Moscú se llenan de carteles y actos oficiales por el Día de la Bandera Rusa. Autoridades locales reparten banderas tricolores, organizan conciertos y proclaman que Rusia es un “país maravilloso” que “siempre saldrá victorioso”. Un cantante entona “es mi país, mi destino, mi sueño. Izo mi bandera”, y una jubilada llamada Tatyana resume el clima oficial de resistencia con la frase: “las dificultades nos unen. Cuanto más difíciles son las cosas, más fuertes somos”. Sin embargo, entre los puestos de algodón de azúcar se exhiben fusiles Kalashnikov y lanzacohetes portátiles que los niños pueden sostener para sacarse fotos, un ejemplo de la militarización del espacio público que acompaña la narrativa patriótica. Esta combinación de fiesta cívica, símbolos militares y carencias materiales dibuja una sociedad que intenta normalizar la guerra mientras lidia con sus efectos directos.
Ansiedad social frente a un futuro sin horizonte
Las encuestas de la Fundación de Opinión Pública señalan un aumento de la ansiedad en la población, un fenómeno que el columnista Andrei Kolesnikov, de Novaya Gazeta, interpreta como una brecha entre el discurso del Kremlin y la realidad cotidiana. A su juicio, el mensaje de “mantener la calma y seguir adelante” no está calando: “esta sensación permanente de ansiedad nos afecta a todos ahora mismo. Uno siente que algo anda mal. La ansiedad es el sentimiento predominante”. Kolesnikov sostiene que “este régimen no ofrece ningún modelo de futuro: ni a corto plazo, ni a medio plazo, ni a largo plazo” y cuestiona una grandeza nacional que convive con una “crisis del petróleo” y miedo a los drones. Para muchos ciudadanos, la única estrategia posible es adaptarse, cuidar su estado psicológico para mantenerlo “fuerte e inquebrantable” y concentrarse en sobrevivir al presente, mientras la guerra redefine, día a día, los límites de la vida normal en Rusia.