Del colapso bancario a la meta estadística de hambre cero
El contraste de cifras ilustra la magnitud del giro dominicano: en 2004, un año después del colapso bancario de 2003, alrededor del 21 % de la población sufría hambre, de acuerdo con estimaciones citadas en el informe. Dos décadas después, la FAO ubica al país fuera del mapa mundial del hambre, en la misma categoría que Brasil, Costa Rica, Uruguay, Chile y Guyana, los otros cinco países latinoamericanos que ya habían superado el umbral del 2,5 %. El economista jefe de la FAO, Máximo Torero, sostiene que “el hambre disminuye cuando las políticas agrícolas, económicas y sociales se refuerzan mutuamente”, una descripción que encaja con la trayectoria dominicana: estabilización macroeconómica apoyada por el Fondo Monetario Internacional, auge del turismo, expansión de la construcción, zonas francas y un flujo sostenido de remesas, combinados con programas sociales orientados a los hogares más pobres.
Programas sociales, agricultura y críticas a la metodología
El grueso de la estrategia se apoyó en dos pilares: redes de protección social y aumento de la producción agroalimentaria. Entre los programas emblema figura el Programa de Alimentación Escolar (PAE), que desde 2013 entrega desayuno, almuerzo y merienda a estudiantes de escuelas públicas de jornada extendida, y el programa Aliméntate, que beneficia a cerca de 14 % de la población a través de una tarjeta electrónica para comprar alimentos en comercios de barrios populares. A estos se suman el Bono Gas para adquirir combustible de cocina, los Comedores Económicos que reparten comida preparada gratuita en zonas de alta pobreza y una política de incentivos agrícolas con financiamiento preferencial, tecnificación, entrega de títulos de propiedad, capacitaciones y compras públicas a productores locales. Para el economista Manuel Robles, de la Secretaría Técnica para la Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional del gobierno, se trata de “un proceso acumulativo” que aceleró la reducción de la subalimentación. Sin embargo, la economista Maribel Suero Castillo, del Colegio Dominicano de Economistas (CODECO), advierte que el indicador de la FAO mide la disponibilidad teórica de calorías por habitante y no la distribución del ingreso ni el acceso físico a los alimentos, lo que a su juicio genera una brecha entre las estadísticas y la experiencia cotidiana de muchos hogares.
Historias de campo y ciudad: alivio del hambre, no de la precariedad
La trayectoria de familias como la de Dioris Rijo, campesina de la provincia La Altagracia, refleja las luces y sombras del modelo. Tras sufrir hambre durante la crisis de comienzos de siglo y perder su empleo en el sector hotelero durante la pandemia de 2020, Rijo regresó al campo y, con apoyo de subsidios y crédito, montó junto a su comunidad una pequeña empresa agrícola que produce lechuga, apio, puerro y tilapia. “Aquí me estoy ganando mi sustento y no tengo que ir a trabajar lejos”, explica, y resume su avance con una frase sencilla: “aunque vaya de a poquito, lo poquito es mío”. Casos como el suyo ilustran lo que la economista Magdalena Lizardo, directora del Grupo Consultoría Pareto, define como “un esfuerzo de largo plazo” basado en la expansión de la oferta de calorías, el crecimiento de la producción de proteína animal —sobre todo pollos y huevos— y la mejora del acceso a financiamiento para pequeños y medianos productores. Pero en las grandes ciudades persiste la vulnerabilidad: la trabajadora Yosmeri Céspedes, madre soltera de cuatro hijos en Santo Domingo, reconoce que, aun teniendo empleo, depende de las transferencias del Estado para garantizar la alimentación básica de su familia.
Una región fragmentada: avances, rezagos y el límite de las cifras
El logro dominicano convive con un panorama regional desigual. Brasil fue el primer país latinoamericano en alcanzar hambre cero en 2012, seguido por Costa Rica en 2013, Uruguay en 2005, y Chile y Guyana en 2021, pero el resto de América Latina permanece rezagado. Según la FAO, Argentina es hoy el país más cercano a esa meta, con 2,8 % de su población en hambre, seguido de México con 3,1 %. En el extremo opuesto se ubica Bolivia, donde el 19,5 % de la población está subalimentada, mientras que Honduras (14,3 %) y Guatemala (12,7 %) también exhiben tasas críticas. Incluso República Dominicana, pese a salir del mapa del hambre, arrastra un dato inquietante: el 41,3 % de su población padece inseguridad alimentaria moderada o severa, lo que implica que millones de personas no tienen garantizado el acceso regular a alimentos nutritivos, aunque su ingesta calórica mínima esté cubierta. La propia FAO reconoce que la batalla contra la inseguridad alimentaria de mayor calidad nutricional es una etapa más compleja y lenta que la reducción de la subalimentación crónica, un desafío que obligará a los gobiernos de la región a sostener y revisar sus políticas más allá de los indicadores estadísticos, si aspiran a que el hambre deje de ser, de verdad, una realidad cotidiana.