De Sugaropolis industrial a ciudad fantasma
Greenock fue durante el siglo XIX un símbolo de pujanza industrial gracias a la refinación de azúcar y la construcción naval, hasta el punto de ser conocida como Sugaropolis. Décadas después, la desindustrialización ha vaciado fábricas y calles. El cierre definitivo en 2016 de la planta de IBM, que llegó a emplear a más de 5 000 personas, y la marcha posterior de empresas como IBM, Amazon y EE se han traducido, según el propio Ayuntamiento de Inverclyde, en la pérdida de otros 1 500 puestos de trabajo en los últimos cuatro años. A este golpe se suma el anuncio, esta misma semana, de que el astillero local recortará aproximadamente una cuarta parte de su plantilla, mientras el club de fútbol Greenock Morton depende de un fondo de ayuda para evitar la quiebra. Vecinas como Tiffany, de 29 años, describen el resultado de este proceso como un "pueblo fantasma" sin empleo ni oferta comercial, donde muchos jóvenes emigran y quienes regresan para criar a sus hijos vuelven a plantearse la salida.
La nueva Greenock: supermercados africanos y refugiados sin trabajo
En medio de esta decadencia, las recientes llegadas están cambiando el rostro de la ciudad. En mayo abrió Anik African Store, de Christianah Omilana, una de al menos dos tiendas de productos africanos en la calle principal. La comerciante, que llegó al Reino Unido en 2021, afirma que los escoceses "son encantadores y hospitalarios" y sostiene que "los inmigrantes vendrán cuando haya trabajo". Cientos de migrantes africanos se han asentado en la zona, muchos con visados de trabajo cualificado en el sector sanitario y de cuidados, mientras que el número de personas que llegan a Inverclyde desde el extranjero se ha triplicado hasta unas 750 al año desde 2023, de acuerdo con las cifras locales. El Ayuntamiento de Inverclyde intenta que estas personas se queden de forma estable ofreciendo clases de inglés, apoyo para acceder a empleos cualificados y respaldo a centros educativos para impartir una educación inclusiva y antirracista. Historias como la de Mo Almalarashid, refugiado sirio llegado en 2018 que aprendió inglés y hoy trabaja como instructor de gimnasio, muestran el lado exitoso de la integración, aunque otros refugiados, como los iraníes acompañados por el pastor de la Iglesia de Escocia Jonathan Fleming, relatan que siguen sin lograr empleo remunerado y se sienten atrapados en la dependencia de ayudas.
Un plan de repoblación entre la urgencia económica y las tensiones sociales
El líder del consejo municipal del Ayuntamiento de Inverclyde, Stephen McCabe, al frente casi ininterrumpidamente desde 2007, sostiene que el plan de repoblación empieza a funcionar y que la población se ha estabilizado en los dos últimos años gracias principalmente a la inmigración. Su estrategia se apoya en tres ejes: mantener y atraer residentes, impulsar proyectos de vivienda y renovación escolar, y promover nuevos empleos en sectores como el marítimo, las energías renovables y la defensa, aprovechando el río Clyde para el siglo XXI. Para lograrlo, McCabe reclama un apoyo sustancial de los gobiernos escocés y británico. El municipio ha participado "voluntariamente" en un programa de reubicación del Ministerio del Interior y ha acogido a más de 200 personas solicitantes de asilo, aunque el dirigente considera que se ha asignado a Inverclyde una cuota desproporcionada y cuestiona que la mayoría de estos solicitantes no pueda trabajar mientras espera decisiones oficiales. Pese al relato institucional de bienvenida, en la ciudad se han registrado episodios de hostilidad: un adolescente fue condenado a 10 años de prisión por planear un asesinato en masa en la mezquita local y, en junio, una protesta frente a un hotel con solicitantes de asilo se saldó con una acusación por delito de odio y tres agentes de policía heridos. Sin embargo, en las elecciones al Parlamento escocés de mayo, Reform UK, partido que hace campaña para reducir la inmigración, quedó en un distante tercer lugar en Inverclyde, a unos 8 500 votos del candidato ganador del Partido Nacional Escocés, lo que sugiere que la agenda antiinmigración no domina las preferencias electorales locales.
Envejecimiento, presión fiscal y el debate sobre qué ciudad quiere ser Greenock
Más allá del número de habitantes, la estructura de edad agrava los problemas. La población de Greenock envejece, hay menos niños, se ha cerrado una guardería y crecen las necesidades de salud de las personas mayores. Todo ello ocurre en un área con altos niveles de pobreza y una base impositiva menguante, lo que se traduce en más presión sobre los contribuyentes que se quedan: el impuesto municipal aumentó casi un 8 % este año. Residentes de edad avanzada como Muriel y Pamela recuerdan una ciudad vibrante y expresan dudas sobre la viabilidad de una estrategia que requiere "cientos de inmigrantes más cada año" cuando, según dicen, ni la propia población local encuentra trabajo. Frente a este pesimismo, jóvenes como Matthew Quinn proponen aceptar a Greenock como ciudad dormitorio de Glasgow, a unos 40 minutos, y centrar la política municipal en mejorar servicios públicos, entorno urbano y conectividad para quienes trabajan a distancia. Otros, como Derek Mitchell, apuestan por rehacer el tejido productivo desde abajo: junto a un grupo de vecinos compró una antigua refinería de azúcar que planean reconvertir en un centro educativo orientado a ciencia, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas, con una inversión estimada de 5 millones de libras. Su idea es crear sentido de pertenencia y oportunidades para que los jóvenes no tengan incentivos para marcharse.
Un laboratorio para la Europa que envejece
La crisis de Inverclyde anticipa un fenómeno más amplio: se prevé que Escocia, Gales e Irlanda del Norte empiecen a perder población en la próxima década. En este marco, la apuesta del Ayuntamiento de Inverclyde por la inmigración como herramienta central de repoblación convierte a Greenock en un caso de estudio para otros territorios que combinan envejecimiento, desindustrialización y fuga de jóvenes. La experiencia de la ciudad muestra que recibir migrantes y refugiados puede estabilizar la población y sostener servicios esenciales —especialmente en salud y cuidados—, pero también que esas políticas solo serán duraderas si van acompañadas de empleo digno, inversión en infraestructuras y participación activa de la comunidad local. Lo que hoy ocurra en esta antigua Sugaropolis escocesa ofrecerá pistas concretas sobre si la inmigración puede realmente revertir la espiral de declive demográfico que acecha a muchas regiones de Europa.