El proceso electoral actual ha generado un sentimiento de desconfianza entre la población, a menudo incentivado por la retórica agresiva de los candidatos. Este fenómeno, asegura Vásquez, tiene raíces en una tradición política que premia la confrontación sobre el consenso. Los ciudadanos, divididos entre diferentes bandos, se atrincheran en sus propias creencias, haciendo casi imposible un diálogo efectivo. La situación se agrava con el uso estratégico de redes sociales, donde se amplifican los discursos extremos y las noticias falsas, distorsionando así la percepción pública.
La columna de Vásquez recuerda cómo esta dinámica ha tenido consecuencias tangibles en la vida diaria de los colombianos, con familias y amistades fracturadas por disputas ideológicas. La política ya no es vista como un terreno de negociación, sino como un campo de batalla donde se lucha por la supremacía. Muchos observadores internacionales coinciden en que este patrón no es exclusivo de Colombia, pues se observa una tendencia similar en otros países de la región, donde las campañas políticas se polarizan cada vez más.
A pesar de este oscuro panorama, Vásquez concluye su análisis llamando a la reflexión sobre la necesidad de un cambio en el enfoque político del país. La provisión de soluciones reales a los problemas cotidianos podría tomar precedencia sobre las pugnas de poder, lo que representaría un nuevo comienzo en la dirección hacia una política más inclusiva y constructiva. Sin embargo, el camino hacia este objetivo requerirá un esfuerzo conjunto para desmantelar la mentalidad de guerra actual.