Un Nobel marcado por Núremberg y por Gaza
La distinción llega tras una trayectoria de seis décadas en la defensa de los derechos humanos, que la llevó desde los tribunales del apartheid hasta los juicios internacionales por genocidio. Durante el anuncio, el presidente del Comité Noruego del Nobel, Jørgen Watne Frydnes, subrayó que existe “un hilo conductor común” entre el trabajo inicial de Pillay en defensa de Nelson Mandela y otros opositores al régimen racista de Sudáfrica y su labor como jueza en algunos de los casos internacionales clave de nuestro tiempo. Frydnes advirtió además que el derecho internacional enfrenta una “enorme presión” por el avance de la “política de poder” y remarcó que “cuando la fuerza se impone a la razón, socava la estabilidad”. En la histórica Sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg, escenario de los Juicios de Núremberg de 1945-1946, Pillay ironizó al decir “esto debe ser una broma” cuando le comunicaron el premio y afirmó que, como abogada y jueza, aún quería verificar la noticia, antes de dedicar expresamente el Nobel “a los sobrevivientes del crimen internacional”.
La comisión de la ONU que acusó a Israel de genocidio
El galardón está inseparablemente ligado a uno de los capítulos más polémicos de su carrera reciente. Entre 2021 y 2025, Pillay presidió una comisión de investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado, que concluyó que Israel había cometido actos de genocidio en Gaza y que el primer ministro Benjamin Netanyahu y el entonces ministro de Defensa Yoav Gallant habían incitado al genocidio, según el informe de dicho órgano. La comisión, que no tiene autoridad judicial, se limitó a investigar y documentar hechos, pero sus conclusiones desencadenaron un choque político de gran alcance. En su discurso tras conocer el Nobel, Pillay recordó que “lo último” que hizo fue entregar ese informe y describir lo que ocurre en Gaza como genocidio, reafirmando su apuesta por nombrar crímenes internacionales incluso cuando afectan a Estados poderosos.
Reacción furiosa de Israel: del Nobel a Goebbels
La respuesta oficial israelí al nombramiento fue inmediata y virulenta. El Ministerio de Asuntos Exteriores israelí acusó a Pillay de ser la favorita para un hipotético premio “a las mentiras, el odio y las calumnias de sangre”, y sostuvo que su labor en la “incesante demonización de Israel —motivada por intereses políticos— y en la difusión de la mentira del genocidio es más que elocuente”. El propio primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó que “el comité del Premio Nobel ha perdido su brújula moral” al otorgar su máximo galardón a una “intolerante” que, a su juicio, habría construido su carrera propagando libelos de sangre contra “el único Estado judío”. El comunicado del Ministerio fue más lejos al asegurar que “ahora que la comisión del Nobel ha premiado la mayor mentira del siglo XXI, Joseph Goebbels seguramente está aplaudiendo desde el infierno”, una comparación que eleva la tensión diplomática y sitúa el Nobel de Pillay en el centro de la guerra narrativa sobre Gaza y el derecho internacional.
EE.UU. responde con sanciones a la Corte Penal Internacional
El impacto del premio se sintió también en Washington. El presidente de EE.UU., Donald Trump, compartió en sus redes un mensaje en el que se describe a la nueva laureada como “una odiadora descarada de EE.UU. e Israel”, alineándose con las críticas israelíes. Horas después, la administración Trump anunció sanciones de gran alcance contra la Corte Penal Internacional (CPI), tribunal del que Pillay fue jueza entre 2003 y 2008. El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, explicó que las medidas —que incluyen la prohibición de que entidades estadounidenses realicen transacciones con la CPI— buscan “defender la soberanía” estadounidense, acusando al tribunal de pretender juzgar a ciudadanos del país. Aunque las sanciones no se dirigen formalmente contra Navi Pillay de manera individual, su trayectoria en la Corte Penal Internacional y su papel en la investigación sobre Gaza convierten el Nobel en un símbolo incómodo para la actual relación de Washington con las instituciones de justicia internacional.
De Durban al Tribunal Penal Internacional para Ruanda
Nacida en 1941 en Durban, en la provincia de KwaZulu-Natal, en el seno de una familia tamil bajo el régimen del apartheid, Navanethem “Navi” Pillay vivió la discriminación racial desde la infancia. En 1967 se convirtió en la primera mujer no blanca en abrir su propio bufete de abogados en Natal y más tarde fue la primera mujer no blanca nombrada jueza del Tribunal Superior de Sudáfrica, tras haber defendido a numerosos opositores al apartheid. Su salto a la justicia internacional llegó cuando la Asamblea General de Naciones Unidas la eligió jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, donde trabajó durante ocho años —cuatro de ellos como presidenta— en casos relacionados con el genocidio en ese país africano. Después, entre 2003 y 2008, fue jueza de la Corte Penal Internacional y, de 2008 a 2014, ejerció como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, consolidando su imagen como una de las figuras más influyentes en la aplicación del derecho internacional penal y de los estándares globales de derechos humanos.
Un legado que incomoda a gobiernos y redibuja el sentido del Nobel
La carrera de Pillay también incluye su participación como integrante del equipo de jueces de la Corte Internacional de Justicia en el caso en el que Myanmar está acusado de genocidio, lo que refuerza su especialización en los crímenes más graves contemplados por el derecho internacional. Al mismo tiempo, la convierte en un blanco recurrente para gobiernos que rechazan la jurisdicción de estos tribunales o cuestionan su imparcialidad. La ceremonia oficial del Premio Nobel de la Paz está prevista para el 10 diciembre en Oslo, fecha que coincide con el aniversario de la muerte de Alfred Nobel. Allí, la jurista se convertirá en la quinta sudafricana en recibir este reconocimiento, en una lista que incluye a figuras como Nelson Mandela y FW de Klerk, premiados en 1993 por sus esfuerzos para poner fin al apartheid. Más allá del homenaje, el Nobel de la Paz 2026 funcionará como un termómetro de hasta qué punto la comunidad internacional está dispuesta a respaldar a quienes exigen responsabilidades por crímenes como el genocidio, incluso cuando esos reclamos chocan frontalmente con los intereses de Estados aliados e influyentes.