Un concepto que, según Zavala, legitima la militarización
Zavala, autor del libro Los carteles no existen, sostiene que la sociedad habla del tráfico de drogas “utilizando el lenguaje que ha sido determinado por las instituciones que han militarizado países como México”. A su juicio, la categoría de cartel, difundida por la DEA desde finales de los años setenta, funciona como una herramienta de propaganda que presenta a los traficantes como organizaciones todopoderosas y consolidadas, cuando en realidad se trata de fenómenos criminales más fragmentados y vinculados a dinámicas locales. Ese lenguaje, afirma, “lo único que realmente consigue es legitimar la misma militarización y la violencia militar que estamos sufriendo en Latinoamérica”, al inducir la percepción de que solo el despliegue permanente del ejército puede contener a un enemigo presentado como casi invencible.
Del “narco todopoderoso” al espectáculo de la violencia
El investigador vincula esa narrativa con la construcción mediática de figuras como Joaquín “El Chapo” Guzmán y Nemesio Oseguera “El Mencho”. Sostiene que capos como ellos han sido enaltecidos por una “narrativa generalizada sobre los carteles” que oscurece las responsabilidades estatales. Como ejemplo reciente, Zavala cita los aproximadamente 250 disturbios registrados tras la muerte de “El Mencho”, con vehículos y comercios incendiados en varios puntos del país. Esa secuencia de violencia espectacularizada, difundida ampliamente en redes sociales, termina generando entre la ciudadanía una demanda casi automática de más presencia militar, pese a que, según Zavala, “no sabemos” si todos esos hechos responden únicamente a traficantes y sí sabemos que el ejército es “uno de los principales problemas” en la escalada de violencia.
El mito del cartel y la juventud más vulnerable
Zavala argumenta que la palabra cartel no nació de los propios traficantes, sino de agencias estadounidenses que trasladaron al campo de las drogas la imagen de los países petroleros coordinando precios. En su lectura, ese término ayudó a construir “un enemigo perfecto en Latinoamérica”: grupos de personas racializadas que supuestamente conspiran para envenenar a la sociedad estadounidense. Con el tiempo, ese mito habría sido internalizado por amplios sectores de la población y por los propios delincuentes, incluidos jóvenes pobres que se imaginan parte de un gran cartel para sentirse empoderados. Para el académico, se trata de la dimensión “más dramática y más triste” de la narrativa dominante, porque en nombre de los carteles han sido asesinados desproporcionadamente jóvenes de la base de las organizaciones criminales, mientras se ocultan las estructuras de poder que toleran o administran la violencia.
Narcocultura, medios y eco del discurso hegemónico
En su análisis, la llamada narcocultura —desde antiguos narcocorridos hasta series de televisión y productos audiovisuales recientes— no crea por sí sola el fenómeno, sino que amplifica un discurso hegemónico. Zavala recuerda que en los años setenta y principios de los ochenta los traficantes eran retratados como contrabandistas precarios y mortales, y el narcotráfico no se presentaba ni en México ni en Estados Unidos como un asunto de seguridad nacional. Eso cambiaría a finales de los años ochenta, cuando gobiernos estadounidenses, desde Ronald Reagan y luego con la institucionalización de la guerra contra las drogas, empezaron a catalogar a los traficantes como amenazas estratégicas. Desde entonces, productos culturales, titulares de prensa y discursos oficiales han repetido la idea de un narco capaz de capturar al Estado, lo que, según Zavala, ha sido aceptado casi sin verificación tanto en México como en países lejanos que consumen estas narrativas.
Estados Unidos, “narcoterrorismo” y lucrar con la guerra contra las drogas
El profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York también cuestiona el uso de la política antidrogas como herramienta geopolítica. Recuerda que, bajo el gobierno de Donald Trump, Estados Unidos designó a varias organizaciones mexicanas como “narcoterroristas”, reforzando un marco que permite mayor injerencia y cooperación militar. Según Zavala, el gobierno estadounidense se vale del miedo al narco para presentar a los gobiernos aliados como justicieros y a los no alineados como supuestamente penetrados por el crimen organizado, facilitando así intervenciones y acuerdos que priorizan intereses estratégicos y contratos militares. En este esquema, la militarización implica transferencias de armas, entrenamiento y recursos públicos hacia actores privados y fuerzas armadas locales, mientras temas como las adicciones, el consumo problemático y el descontento social en México quedan relegados a un segundo plano.
Replantear la política de drogas y la seguridad
Frente a este panorama, Zavala propone “redimensionar” lo que se entiende por narcotráfico y dejar de tratarlo como un problema de seguridad nacional dictado por la agenda de agencias de Estados Unidos. Aboga por un debate interno que ponga el foco en las adicciones, el uso de drogas y las causas del descontento social, y por desmontar la dependencia de las fuerzas armadas en tareas de seguridad pública. A su juicio, mientras la discusión siga encadenada al miedo a los carteles y al narco todopoderoso, la sociedad mexicana permanecerá atrapada en una “cámara de ecos” que justifica más soldados en las calles y elude revisar de raíz la política de drogas y los intereses económicos que se benefician de la guerra declarada hace décadas.