Sábado 3 Octubre 2026
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Estados Unidos: Luis Manuel Otero Alcántara denuncia desde Miami que la cúpula del poder mantiene a Cuba “secuestrada”

Cinco años de condena, más de 90 detenciones previas y al menos seis o siete huelgas de hambre resumen el precio que el artista cubano Luis Manuel Otero Alcántara asegura haber pagado por sus performances críticos contra el régimen. Hoy camina en libertad por Miami, Florida, después de que su salida de la cárcel en Cuba fuera condicionada al exilio en Estados Unidos.

El artista cubano Luis Manuel Otero Alcántara inicia su vida en el exilio en Miami tras cinco años de cárcel.
Luis Manuel Otero Alcántara, artista visual cubano y cofundador del Movimiento San Isidro, posa en Miami tras ser excarcelado en Cuba luego de una condena de cinco años por ultraje a los símbolos patrios, desacato y desórdenes públicos, con su salida condicionada al exilio en Estados Unidos. (Foto: WALTER FOJO BBC)
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Del performance callejero a la celda de máxima seguridad

Visual y performático, cofundador del Movimiento San Isidro, Luis Manuel Otero Alcántara convirtió sus acciones artísticas en una forma de oposición frontal al gobierno de Miguel Díaz-Canel. Antes de entrar en prisión en 2021, relata que fue arrestado más de 90 veces en tres o cuatro años por piezas como convivir un mes entero con la bandera cubana a cuestas, bañarse con ella en la playa o llevarla a carnavales y baños públicos, intervención que derivó en los delitos de ultraje a los símbolos patrios, desacato y desórdenes públicos. Amnistía Internacional lo reconoció como preso de conciencia y la revista Time lo incluyó en su lista anual de las 100 personas más influyentes del mundo, mientras su proceso judicial se celebró a puerta cerrada. De acuerdo con su relato, el juicio fue un montaje en el que la condena a cinco años ya estaba decidida antes de entrar a sala, pese a que su defensa recordó que durante años se intentó armarle causas sin pruebas consistentes.

Un encierro entre huelgas de hambre, vigilancia y obras clandestinas

Tras su detención durante las protestas del 11 de julio de 2021, fue enviado al área de máxima seguridad de la prisión de Guanajay, a unos 30 kilómetros de La Habana, donde compartió una celda de aproximadamente cuatro por tres metros con otros tres reclusos y bajo cámaras constantes. Allí, según su testimonio, convivió con personas condenadas a cadena perpetua y con un preso asignado a vigilarlo las 24 horas, además de guardias y dispositivos de seguridad. Para protestar, llevó a cabo alrededor de seis o siete huelgas de hambre, una de ellas de unos 48 días, y fue trasladado en varias ocasiones a celdas de castigo, desde donde continuó pintando series de militares “frustrados y rotos” que, afirma, fueron decomisadas. En paralelo, desarrolló una obra conceptual en la que “vendía” cada día de sus cinco años de prisión como forma de recuperar el control de su tiempo frente al Estado. Sostiene que su notoriedad le dio ciertos márgenes —como algo más de comida en el pasillo de los reclusos más peligrosos—, pero también le cerró beneficios habituales, como rebajas de condena, y provocó que el penal se bloqueara cuando lo sacaban al patio.

Víctimas de una misma cúpula: presos, guardias y sociedad

Desde Guanajay, Otero Alcántara describe una realidad que trasciende la vida carcelaria y apunta a la estructura de poder en la isla. Afirma que muchos de los jóvenes guardias, de poco más de 20 años, proceden de zonas muy pobres y aceptan el uniforme por la promesa de una casa o una moto, pero terminan atrapados en albergues sin poder renunciar, bajo amenaza de ser ellos mismos encarcelados. A su juicio, esas trayectorias muestran que “presos y guardias éramos víctimas de una cúpula que mantiene a Cuba secuestrada”. Los reclusos recién llegados, añade, le permitieron reconstruir un cuadro de la Cuba que quedaba fuera: madres centradas en conseguir comida y sobrevivir a los apagones, una economía aún más deteriorada y la expansión de drogas sintéticas muy baratas entre adolescentes de 12 o 13 años. En ese contexto, asegura que la comida enviada por familiares desde municipios cercanos, incluso a costa de caminar hasta 50 kilómetros por falta de transporte, se convirtió en un símbolo de resistencia y afecto frente al colapso alimentario del país.

Un exilio impuesto como “otra forma de violencia política”

Desde el primer día de encierro, funcionarios de la Seguridad del Estado de Cuba le plantearon que la única vía para salir de la cárcel era aceptar abandonar el país y no volver a pisar las calles de Cuba, asegura el artista. Durante aproximadamente un año y medio rechazó esa opción, pero terminó concluyendo que su margen de acción dentro de la isla estaba agotado y que “gastaba el 70 u 80% del tiempo lidiando con la represión”: detenciones, vigilancia, cortes de internet y registros domiciliarios. Finalmente aceptó la propuesta, y la Embajada de Estados Unidos en La Habana tramitó un permiso humanitario para viajar a Miami, donde aterrizó el 18 de julio. Aunque valora la libertad recién recuperada y la posibilidad de exponer las cerca de 4 000 pinturas que logró sacar de Cuba, define el exilio como “otra forma de violencia política”: no puede ver a su hijo, ni acompañar el crecimiento de sobrinos y familiares. Su plan es organizar una gran muestra en la que desenrolle todas las obras creadas entre rejas para que el público “huela la prisión” y, desde el arte y el activismo en el exterior, buscar nuevas maneras de interpelar al poder que, afirma, mantiene secuestrada a la sociedad cubana.