El desabastecimiento ha ocasionado filas de varios días, ha activado protestas y ha complicado el reabastecimiento de las fábricas. El Gobierno Venezolano usó la crisis para desmontar poco a poco los enormes subsidios que tiene el combustible desde hace décadas. Sin embargo, el derrumbe de la industria petrolera apenas había alcanzado al diésel, un derivado del petróleo que el país produce en una escala superior a la gasolina, en parte porque es más fácil de refinar. Pero su producción, ahora, también es escasa.
En una de las estaciones de servicio más importantes de Maracay, una ciudad industrial del centro del país, a 120 kilómetros de Caracas, no hay gasoil desde hace 15 días. El transporte está prácticamente paralizado en 10 estados del país.
Venezuela llegó a tener 13.000 empresas hace 20 años, y hasta antes de la pandemia quedaban menos de 2.600. Esto explica, en parte, la reducción en apenas siete años del PIB del país a un tercio y la pobreza generalizada de los venezolanos. Aun así, el combustible no alcanza para el reducido parque industrial venezolano.
Hasta finales del año pasado, Caracas había paliado el déficit de diésel triangulando importaciones de crudo por combustible refinado, con empresas como Eni, Repsol y Reliance. La Administración de Donald Trump había advertido a estas compañías sobre posibles sanciones por comerciar combustible con Nicolás Maduro y esto paralizó las operaciones con Venezuela, dejando vulnerable a un país que fue durante décadas uno de los grandes productores petroleros del mundo.
La escasez de un combustible neurálgico ha levantado también las alarmas de grupos de derechos humanos y ONG de Venezuela, temerosas de que el transporte de alimentos y medicamentos colapse y se profundice la grave crisis humanitaria, a la que se ha sumado la pandemia.
