Del culto a un solo ídolo a una galaxia de estrellas prohibidas
Corea del Norte ha construido durante décadas un sistema en el que, como resume la desertora de 25 años Hannah Oh, "todo el sistema está diseñado para que solo pueda haber una celebridad, un ídolo: Kim Jong-un". Nacida en el país que el régimen promociona como modelo autosuficiente, Lee Yeon-su —nombre que no es el real— creció en una familia militar, asistiendo solo a actos cuidadosamente seleccionados, con las cortinas cerradas en casa cuando no era convocada. Salió de su país en 2011, antes de que BTS debutara y del estallido mundial del K-pop, pero aún en prisión, tras un fallido intento de fuga y deportación forzada desde China, se aferró en susurros a una canción surcoreana que repetía "Levántate. No dejes que te dobleguen", como una forma de resistencia íntima frente al aparato represivo. Hoy, sentada en un concierto multitudinario en Busan, sosteniendo un "Army Bomb" oficial, contrasta esa libertad con el control absoluto de su infancia, convencida de que apoyar por decisión propia a un grupo como BTS hubiera sido inimaginable bajo el culto a la familia Kim.
BTS, Blackpink y Teen Top: la jerga pop que erosiona el miedo
Mientras el régimen intenta blindar sus fronteras culturales, los ídolos del Sur atraviesan antenas, tarjetas SD y reproductores MP3. La desertora que se identifica como Gyu-ri, de 26 años, huyó en 2023 desde el condado costero de Kyongsong, en el norte del país. Desde allí, muchas familias lograban captar señales de televisión extranjeras con improvisadas antenas y ver programas de fin de semana donde competían ídolos del K-pop. Así llegó hasta ella "Dynamite", el sencillo en inglés con el que BTS batió récords de streaming en 2020. "No entendía la letra, pero la melodía era tan buena que te hacía sentir emoción. Todo el mundo la seguía", recuerda. Los peinados teñidos y el rap, que al principio ni siquiera identificaba como canción, cambiaron la forma en que los jóvenes se movían y se imitaban entre sí. Antes de BTS, Teen Top se había convertido en referencia con temas como "No More Perfume on You", cuyo gesto de rociarse fragancia era repetido hasta el cansancio por adolescentes norcoreanos. Hannah Oh relata que, a falta de carátulas y metadatos fiables, los nombres de archivo llegaban dañados y rara vez sabía quién cantaba. Lo que sí tenía claro era el impacto de baladas como "It's Not Too Late" de Green Zone (Noksaek Jidae), en coreano y centrada en el amor, frente a una producción oficial donde "la mayoría de las canciones trataban sobre la revolución o la política" y las emisoras estatales debían permanecer encendidas incluso dentro del hogar.
Represión ejemplarizante: ejecuciones, cárcel y humillaciones públicas
El auge global del K-pop ha sido leído por el aparato norcoreano como una amenaza directa a su monopolio ideológico, y la respuesta ha sido una escalada represiva. En 2022, tres adolescentes habrían sido ejecutados públicamente por distribuir contenidos surcoreanos, según los testimonios citados. A nivel cotidiano, Hannah Oh describe un mecanismo de control basado en "sesiones públicas de crítica" en las escuelas: cuando las autoridades sorprendían a estudiantes con videos del Sur, reunían a todos los centros de la ciudad, detallaban qué clips habían visto y anunciaban que los responsables serían enviados a un centro de detención para menores. El objetivo, admite, era convertir a cada castigado en advertencia viviente. Ella misma cargaba dos tarjetas SD: una con música surcoreana y otra vacía, lista para ser entregada como señuelo si la sorprendían. Gyu-ri recuerda haber escuchado que dos chicos de su entorno fueron ejecutados, uno de su edad y otro de unos 19 años, mientras corrían rumores calculadamente amplificados para sembrar miedo. Pese a ello, insiste en que la población seguía consumiendo esa cultura prohibida porque era su "balón de oxígeno" y su "ventana al mundo exterior", una manera de reunir fuerza para aguantar "un día más" bajo un sistema atravesado por la vigilancia y las delaciones.
De tarjetas SD clandestinas a ARMY organizada en Seúl y Busan
La misma música que se escucha a escondidas al norte del paralelo 38 se celebra a gritos en estadios de Corea del Sur. Lee Yeon-su, que solo conoció el K-pop tras asentarse en el Sur, necesitó años para dejar de evitar la cultura surcoreana por miedo interiorizado. El punto de giro fue un video de BTS interpretando "Idol", el enérgico éxito de 2018. A partir de ahí se sumergió en la comunidad global ARMY: reuniones presenciales, cuentas de admiradora, votaciones en concursos, creación constante de contenido. Para Hannah y otras desertoras, apoyar a BTS se convirtió en un espejo de sus propios procesos de sanación. La trilogía "Love Yourself" y la idea de RM de "utilizarnos, utilizar a BTS para amarte a ti mismo" encontraron eco en quienes arrastraban estigmas por su origen norcoreano y por años de ocultamiento. Yeon-su se reconoció en versos de "Answer: Love Myself" sobre dejar de esconderse detrás de una máscara y aceptar las cicatrices como parte de una "constelación" personal. Hana Kang, que llegó a Corea del Sur hace 20 años, se sintió particularmente interpelada por "Spring Day", de 2017, una canción melancólica sobre separación y añoranza que le recordaba al pueblo y a la familia que dejó atrás, cada vez más lejanos "como si pertenecieran a otro mundo".
El desafío silencioso al monopolio cultural de Kim Jong-un
Más allá de las historias individuales, el peso político de estas prácticas clandestinas se mide en porcentajes y hábitos. Que un 98% de desertores reconozca haber consumido dramas o películas surcoreanas, y que alrededor del 80% admita cambios en su forma de hablar y vestir, indica una erosión profunda del proyecto de homogeneidad que sostiene a la familia Kim. Las autoridades han reaccionado endureciendo la vigilancia en las calles, persiguiendo faldas más cortas, cabellos teñidos y cualquier gesto que recuerde a los videoclips de Seúl. Sin embargo, los testimonios muestran que incluso el lenguaje cotidiano se ha visto infiltrado: el nombre coreano de BTS, Bangtan Sonyeondan, se usa para referirse en clave a chalecos o mochilas "Bangtan" dentro del país. Para Gyu-ri, el contraste entre lo que veía en la televisión surcoreana y la realidad gris de las calles vigiladas terminó siendo insoportable y la empujó a huir en 2023. Para Yeon-su y Hana, ya instaladas en el Sur, la misma música que un día pudieron escuchar solo en secreto ahora les permite reclamar un lugar propio en conciertos de Busan o cafés temáticos de Seúl. En los dos lados de la frontera, el K-pop opera como algo más que entretenimiento: es un lenguaje compartido que cuestiona, nota a nota, la idea de que en Corea del Norte solo puede existir un ídolo.