De una toma espectacular a un impacto contra la roca
El vuelo tenía un objetivo estrictamente cinematográfico: registrar desde el aire la escena final de la película "Sliver: una invasión a la intimidad" sobre el volcán Kīlauea, en el estado de Estados Unidos. Según el relato posterior de Chris Duddy al Servicio Mundial de la BBC, el equipo había conseguido ya una primera toma de la lava fluyendo desde el cráter hasta el océano cuando decidieron repetir la maniobra. Al acercarse de nuevo al cono, el helicóptero se internó en una masa de niebla y vapor tan densa que el piloto dejó de ver las referencias visuales. La parte trasera de la aeronave se sacudió y el rotor chocó contra el acantilado. El impacto arrancó la sección de cola, provocó una falla total del motor y dejó a los tres ocupantes en caída libre hacia el interior de la caldera. El propio Duddy recuerda haber oído a Craig Hosking gritar "¡Vamos a caer!" antes de que el aparato se estrellara y el piloto sufriera una profunda herida en el ojo, con sangrado abundante.
Un cráter del tamaño de un estadio y vapores casi irrespirables
Tras el impacto, los tres lograron salir del helicóptero destrozado y constataron la magnitud del lugar donde habían caído: Duddy lo describió como del tamaño de un estadio de fútbol, con paredes escarpadas que los separaban unos 100 metros de la cima. El paisaje era de lava solidificada extremadamente afilada, que se desmoronaba al mínimo contacto. Cada intento de avanzar equivalía a arrastrarse sobre cristales rotos. A esa dificultad física se sumaba un riesgo invisible: los vapores volcánicos eran tan intensos que respirar se volvió un esfuerzo extremo. Los tres tosiendo, con los ojos ardidos por el azufre, comprobaron que el aire estaba cargado de dióxido de azufre y que permanecer en la caldera equivalía a una carrera contra el tiempo. Craig Hosking regresó al fuselaje dañado con la esperanza de reparar la radio y pudo emitir un "¡Mayday! ¡Mayday! ¡Mayday!" antes de quedar casi incapacitado por la inhalación de gases, entre vómitos y ataques de tos.
Rescate a la vista, rescate cancelado: una noche en un volcán activo
El llamado de auxilio funcionó y, poco después, helicópteros comenzaron a sobrevolar el Kīlauea. Sin embargo, la combinación de niebla, humo y lluvia dificultó que los equipos localizaran con precisión a los sobrevivientes en el fondo de la caldera. Un equipo de tierra finalmente apareció en el borde superior, gritándoles que intentarían rescatarlos con una cuerda. El primer lanzamiento quedó demasiado lejos, y aunque ajustaron varias veces la posición —con Duddy indicando "¡6 metros a la derecha!"—, la línea seguía fuera de su alcance directo, colgando sobre un vacío de unos 100 metros. La operación se vio interrumpida por un empeoramiento del clima: las nubes entraron en el cono, la lluvia se intensificó y la visibilidad se desplomó. Los rescatistas comunicaron a los dos hombres que seguían abajo que cancelarían el rescate hasta la mañana siguiente. Eso implicaba pasar al menos 12 horas dentro de un volcán en erupción, aferrados a salientes de apenas un metro de ancho, mojados, helados y respirando gases tóxicos, mientras arriba los equipos se comprometían a comprobar cada hora su estado con un silbato.
La escalada desesperada de Chris Duddy al amanecer
Con la noche sobre ellos, Duddy y Benson apenas pudieron hablar y vigilarse mutuamente para no quedarse dormidos y caer al vacío. El especialista en efectos visuales describe haber pasado horas temblando, empapado y con miedo constante a que el saliente se desmoronara, mientras escuchaba desprendimientos de roca y veía el resplandor rojo, naranja y amarillo de la lava entre el humo. Al amanecer, pese a que la lluvia había empeorado y la visibilidad seguía siendo reducida, Duddy decidió que no podía soportar otra noche en esas condiciones. Mientras los equipos de rescate dudaban en acercarse al borde por una grieta que podía desencadenar un derrumbe, un rayo de sol iluminó un tramo del acantilado interior y le reveló una posible ruta de ascenso. Ignorando la advertencia de Mike Benson —"No lo hagas. No subas. Nos van a rescatar"— comenzó a escalar. El tramo final fue el más crítico: alrededor de un metro y medio de grava suelta sin puntos de agarre sólidos. Su única opción fue clavar los brazos en la roca como si fueran anclas, "como cristales rotos", hasta el codo, hacer palanca y darse la vuelta para quedar boca arriba sobre el borde.
Tres supervivientes y un mensaje grabado en piedra
Tras esa maniobra, Chris Duddy aún luchaba por respirar y veía borroso, pero estaba fuera del cráter. Corrió por la parte posterior del cono, localizó la cuerda que los rescatistas habían dejado preparada y la usó como marcador de la posición donde continuaba atrapado Mike Benson. Al llegar al campamento de los equipos de emergencia —con tiendas de campaña, agua y balones de oxígeno— no encontró a nadie, así que siguió caminando hasta que un helicóptero lo avistó. En el momento en que un rescatista le tocó el brazo, su cuerpo se desplomó y fue trasladado en aeronave hasta el campamento base, donde se reencontró con Craig Hosking, que había logrado salir antes guiando a un helicóptero hasta su posición para saltar a bordo. Mike Benson fue el último en abandonar la caldera: fue rescatado un día después, justo cuando grababa en la roca un mensaje para su esposa, dos palabras que condensaban la dimensión humana de la tragedia evitada: "Te amo". El Servicio Mundial de la BBC reconstruyó esta historia a través del programa Outlook, dejando constancia de uno de los rescates más extremos asociados al volcán Kīlauea y al rodaje de una superproducción de Hollywood.