Un experimento natural que inspira un plan para domar a El Niño
El Niño que se desarrolla en 2026 se describe como uno de los más intensos registrados y se suma al calentamiento global impulsado por la quema de combustibles fósiles. Este fenómeno, originado por el debilitamiento de los vientos alisios en el Pacífico tropical, redistribuye el calor hacia la costa de Sudamérica y dispara una cascada de impactos: temperaturas globales por encima de la media, sequías en unas regiones, lluvias torrenciales e inundaciones en otras y más ciclones en el Pacífico. Frente a esta dinámica, el nuevo estudio publicado en Science Advances y cofirmado por la climatóloga Katherine Ricke, de la UC San Diego y del Instituto Scripps de Oceanografía, plantea si es posible intervenir de forma deliberada en la radiación solar que recibe el océano para frenar a tiempo los episodios de El Niño.
Cómo funciona el blanqueamiento de nubes marinas y qué se aprendió de Australia
La propuesta se centra en el blanqueamiento de nubes marinas, conocido como BCM. La técnica consiste en rociar agua de mar sobre nubes bajas situadas sobre el océano para aumentar su reflectividad y devolver más luz solar al espacio. A diferencia de otras formas de geoingeniería solar, como la inyección de aerosoles en la estratosfera mediante aviones o ideas aún más especulativas como los espejos espaciales, el BCM se concibe como una herramienta regional: se aplicaría sobre áreas específicas del Pacífico tropical, no sobre todo el planeta. Hasta ahora, los ensayos reales de BCM han sido experimentos piloto de muy pequeña escala, insuficientes para entender sus consecuencias climáticas globales. Ante esa carencia de datos, el equipo de Ricke recurrió a un fenómeno extremo reciente que imitó algunos efectos de la geoingeniería solar: la temporada de incendios forestales de 2019-2020 en Australia, que generó una de las mayores emisiones de humo a la estratosfera observadas por satélite. Investigaciones previas vinculan ese humo, cargado de partículas reflectantes, con un inusual episodio de La Niña de triple inmersión, la fase fría opuesta a El Niño.
El modelo: menos luz solar, menos intensidad de El Niño
Partiendo de ese "experimento natural", Ricke y sus coautores construyeron un modelo climático para evaluar qué habría ocurrido si el Pacífico tropical hubiera recibido menos radiación solar durante dos eventos históricos de El Niño. Según el artículo, la reducción de luz incidente sobre la superficie del océano habría disminuido de forma significativa la magnitud de esos episodios y, con ello, sus repercusiones globales. El trabajo sugiere que, al atenuar el calentamiento superficial del Pacífico antes de que El Niño alcance su máxima fuerza, se podría evitar parte de la reorganización energética de la atmósfera que describe la propia Ricke como un "punto de inflexión crucial en el sistema climático". La tesis central es que una geoingeniería solar dirigida a una región concreta —el Pacífico tropical— podría aliviar, al menos parcialmente, la presión adicional que el calentamiento de origen humano ejerce sobre el sistema cuando coincide con un El Niño intenso.
Viable en la física, casi imposible en la política
La vertiente técnica del trabajo recibe cierto respaldo entre especialistas. Andrew Dessler, profesor de ciencias atmosféricas en la Universidad Texas A&M, considera que "la tesis parece bastante razonable" desde el punto de vista científico. No obstante, subraya que llevar esa idea al mundo real sería "una pesadilla política". Cualquier intento de modificar de manera deliberada la cantidad de luz solar que incide sobre el Pacífico tendría ganadores y perdedores climáticos: regiones que se enfrían y otras que podrían ver alterados sus patrones de lluvia o tormentas de forma imprevista. El riesgo de que un país acuse a otro de causar sequías, inundaciones o pérdidas económicas mediante intervenciones climáticas abre la puerta, según Dessler, a conflictos diplomáticos e incluso a escenarios de guerra si algo sale mal. Además, recuerda que los modelos empleados son imperfectos y admite la posibilidad de que un problema nuevo, tal vez peor que el original, emerja tras desplegar una tecnología como el BCM.
Entre la urgencia climática y el riesgo de la solución tecnológica
Más allá de la disputa científica, el estudio se inserta en un debate político de fondo sobre la geoingeniería solar. Tradicionalmente, estas técnicas se han concebido como un "parche" global para contrarrestar el aumento de temperatura provocado por los combustibles fósiles, lo que ha alimentado el temor a que sirvan de excusa para retrasar la descarbonización. Ricke reconoce que "la idea de tener que mantener la geoingeniería indefinidamente" genera dudas profundas, en un mundo donde la cooperación internacional ya se muestra frágil. Por eso defiende que su trabajo explora una forma distinta de concebir estas intervenciones: acciones regionales, puntuales y ligadas a fenómenos concretos como El Niño, no un termostato planetario permanente. Aun así, la propia investigadora advierte que "hay muchas cosas que debemos comprender a partir de los modelos antes de probarlos en el mundo real" y justifica la investigación en que podríamos llegar a necesitar la geoingeniería solar si fracasamos en reducir rápidamente la contaminación por combustibles fósiles. El mensaje implícito es incómodo: la humanidad se acerca a un punto en el que tendrá que elegir entre convivir con impactos climáticos que ya cuestan cientos de miles de millones de dólares, o asumir riesgos inéditos al manipular deliberadamente las nubes sobre el océano.