Un presunto capo universitario y un rito de iniciación convertido en delito
En el centro del expediente figura Agostino Abbatiello, de 24 años, señalado por la Fiscalía de Pensilvania como presunto líder de la organización. De acuerdo con el fiscal estatal Dave Sunday, Abbatiello habría conseguido proveedores en Filadelfia y Nueva York que le vendían “grandes cantidades” de cocaína, mientras varios estudiantes actuaban como distribuidores dentro y fuera del campus. Las autoridades sostienen que cortar y embolsar el polvo blanco se habría convertido en una especie de novatada para aspirar a las fraternidades Delta Upsilon y Sigma Chi, transformando un rito de integración estudiantil en un posible acto de colaboración con una organización corrupta. Los 14 imputados enfrentan cargos por participación en una organización corrupta, conspiración y manejo de ganancias ilícitas, entre otros, aunque por ahora todos se presumen inocentes hasta que un tribunal decida lo contrario.
Snapchat, Venmo y la caída de los presuntos narcos de Penn State
La estructura comenzó a resquebrajarse en septiembre de 2024, cuando un informante se presentó ante la Policía de State College y mencionó a un estudiante apodado “T-Rob” que, según su testimonio, vendía grandes cantidades de cocaína desde la casa de Delta Upsilon. Se trataba de Thomas Robinson, de 22 años, identificado por la Fiscalía de Pensilvania como el presunto número dos de la red. Durante tres meses, el informante participó en una operación encubierta: contactó a Robinson por Snapchat y pagó compras de droga a través de Venmo, lo que permitió documentar varias transacciones. En diciembre, la Policía irrumpió en la vivienda de la fraternidad y detuvo al estudiante, a quien se le incautaron narcóticos y una pistola. Más tarde sería arrestado su padre, Paul Robinson, abogado en Pittsburgh, acusado de ocultar presuntamente drogas y dinero en una caja fuerte y de obstruir la investigación. Tras su captura, Thomas Robinson decidió cooperar con las autoridades y declaró ante un tribunal que habría comprado alrededor de tres kilos de cocaína a Abbatiello por 120 000 dólares, según la versión recogida por los fiscales durante una pesquisa que ya suma 20 meses y sigue abierta.
De Carolina del Norte a Texas: un patrón en fraternidades de élite
El caso de Penn State no es aislado. La DEA, al investigar a un traficante de California, rastreó a uno de sus clientes en la Costa Este y terminó en los dormitorios de fraternidades en la Universidad de Carolina del Norte, la Universidad de Duke y la Universidad de Appalachian. Esa línea de investigación derivó en noviembre de 2018 en un expediente separado que concluyó con 21 personas acusadas, en su mayoría estudiantes, y con el desmantelamiento de una operación que, según la acusación, generó más de 1,5 millones de dólares entre 2017 y 2020. Las autoridades describieron un sistema “muy sofisticado” para distribuir cocaína, marihuana, pastillas de Xanax, esteroides y hongos alucinógenos desde las casas de las fraternidades Phi Gamma Delta, Kappa Sigma y Beta Theta Pi. Salvo la marihuana, que viajaba por carretera desde la costa oeste, el resto de las sustancias habría sido enviado por correo desde California por el proveedor identificado como Francisco Javier Ochoa, mientras el dinero en efectivo regresaba en sentido contrario, también por paquetería. Informantes de la DEA llegaron a realizar compras de hasta 15 000 dólares en instalaciones de Beta Theta Pi, según la acusación presentada entonces por el fiscal federal Matthew G.T. Martin.
Operativo Telaraña: fentanilo y estudiantes de la Universidad de Texas en Austin
Un patrón similar se detectó en Texas. Bajo el nombre de operativo Telaraña (Spiderweb), las autoridades federales y locales tejieron durante 20 meses una investigación que, a finales de 2020, derivó en cargos contra 13 presuntos traficantes, la mayoría estudiantes de la Universidad de Texas en Austin (UT-Austin), acusados de distribuir fentanilo, LSD y metanfetamina en la zona de West Campus. Según la Fiscalía federal, la red habría obtenido más de un millón de dólares vendiendo estas sustancias, además de Adderall y Xanax, medicamentos de prescripción que, de acuerdo con las autoridades, estaban adulterados con otros compuestos. Durante los arrestos se incautaron drogas, alrededor de 100 000 dólares en efectivo, armas de fuego y chalecos antibalas, lo que, para el agente especial de la DEA Steven Whipple, evidenciaba un grado de sofisticación poco habitual en estudiantes de entre 21 y 23 años. Ocho de los detenidos cursaban carreras tan dispares como negocios, química, matemáticas y psicología en UT-Austin, y otra implicada, Rose Rodríguez-Rabin, había sido profesora de la Universidad de Texas en San Antonio, señalada por vender supuestas pastillas de Adderall mezcladas con metanfetamina.
Universidades bajo presión y el reto de controlar las fraternidades
Estos casos, que abarcan Pensilvania, Carolina del Norte y Texas, exponen la vulnerabilidad de las fraternidades universitarias como espacios donde las relaciones de confianza, el aislamiento residencial y la cultura del exceso pueden ser aprovechados para montar redes de distribución de drogas sin necesidad de grandes estructuras externas. En todos los expedientes las autoridades insisten en que los responsables directos son los presuntos traficantes y no las universidades como instituciones, y en el caso de Penn State la Fiscalía de Pensilvania subraya que ningún empleado ha sido implicado. Sin embargo, el uso de canales digitales como Snapchat y servicios de pago como Venmo, unido a envíos por correo postal y al movimiento de grandes sumas en efectivo, plantea un desafío para los sistemas internos de prevención. A medida que avanzan los procesos judiciales y se definen responsabilidades penales, las universidades afectadas se verán forzadas a revisar sus protocolos de supervisión de fraternidades, consumo de sustancias y reportes anónimos si quieren evitar que la próxima gran red de narcotráfico se organice, de nuevo, a pocos metros de sus aulas.