Drogas de sótano que la naloxona ya no alcanza
En los callejones de Columbus, Ohio, Mike, un veterano del ejército de 48 años, fuma por tres o cuatro dólares una pequeña cantidad de fentanilo calentado sobre papel de aluminio. Asegura que “esta droga prácticamente te hará hacer cualquier cosa, por desgracia” y que “si inhalas demasiado, no hay vuelta atrás. Es como un disparo”. Pero lo que consume no es solo fentanilo: según explica, sus dosis están adulteradas con xilacina y medetomidina, dos tranquilizantes sintéticos para animales conocidos en la calle como tranq. Estos compuestos prolongan el efecto del opioide, ralentizan la respiración y, lo más preocupante para los equipos de rescate, no son revertidos por la naloxona, el aerosol nasal que ha salvado decenas de miles de vidas. Uno de los kits de análisis de drogas recabados en Columbus por Hope Dealer Community y enviados al laboratorio de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) dio positivo precisamente por medetomidina, confirmando que el suministro local ya incluye estos nuevos sedantes.
De la epidemia de opioides a la era de los cocteles sintéticos
En la iglesia de Glenwood, en Columbus, los miembros de Hope Dealer Community relatan cada semana, frente a un auditorio lleno, cómo han sobrevivido a sobredosis y pérdidas familiares. “No es suerte. Se supone que debo estar aquí”, afirma Tonya, quien recuerda que su sobrino murió por sobredosis mientras ella misma sufría otra casi simultánea de crack adulterado con fentanilo. El fundador del grupo, Scott Sanders, de 65 años y casi una década sobrio, advierte que “en los últimos 12 meses en el condado de Franklin (en Columbus), el 78% de las sobredosis mortales se deben a estimulantes”. A su juicio, “la crisis simplemente ha cambiado”: muchos usuarios creen comprar crack, pero reciben mezclas de crack, fentanilo, metanfetamina y otros químicos fabricados en sótanos. “El suministro de drogas en 2026 es el siguiente: creemos que compramos crack, pero no es así; compramos varias sustancias diferentes”, explica. Estos cocteles, preparados en domicilios y pequeñas cocinas clandestinas, están detrás del aumento de muertes por sobredosis en Ohio e Illinois y golpean con más fuerza, según Sanders, a los hombres negros del estado.
Cárceles desbordadas por papeles impregnados de drogas
La cárcel del condado de Cook, en Chicago, una de las más grandes de Estados Unidos, se ha convertido en un laboratorio involuntario de la nueva etapa de la crisis. Su responsable, el sheriff Tom Dart, describe cómo en 2023 pasaron de una o dos muertes por sobredosis al año a perder a ocho reclusos por convulsiones fatales. Paralelamente, los guardias empezaron a encontrar papeles quemados alrededor de los cuerpos: libros y cartas habían sido impregnados con cannabinoides sintéticos, conocidos como K2, y otras sustancias, que los internos encendían e inhalaban, incluso en microondas de las cocinas del pabellón. Los escáneres corporales, pensados para detectar drogas ocultas dentro del cuerpo, quedaron obsoletos frente a esta vía postal. Ahora, cada envío se escanea en busca de humedad y entre una cuarta y una quinta parte de los paquetes y cartas son rechazados. Para Dart, este cambio ilustra cómo las redes de distribución se adaptan más rápido que los protocolos penitenciarios, con un costo directo en vidas.
Calles heridas y respuestas de reducción de daños
Fuera de los muros de la cárcel, en los barrios del oeste de Chicago, hombres y mujeres se balancean y se encorvan durante horas bajo el efecto de fentanilo y otros compuestos sintéticos. En el acomodado barrio de Oak Park, una máquina expendedora ofrece naloxona gratuita junto a la estación de metro, mientras organizaciones como Liv4Lali distribuyen tiras reactivas para detectar fentanilo, medetomidina y xilacina en las drogas. Karen Bell, de 40 años, exconsumidora de heroína y asistente de rehabilitación, atiende a un hombre en silla de ruedas con profundas heridas en las piernas, compatibles con el uso de xilacina. “Se están mezclando muchas cosas ahora mismo y está afectando a nuestros cuerpos”, resume. Recuerda que hace 17 años, cuando dejó la heroína, “aquello seguía siendo heroína”; hoy, quien compra una bolsa no sabe qué contiene realmente. Mientras un traficante de Chicago que asegura trabajar para carteles mexicanos sostiene que las rutas siguen intactas y que “todavía no hemos visto de lo que son capaces las sintéticas. No es ni la punta del iceberg”, las experiencias de Mike, Tonya y los internos del condado de Cook muestran que la epidemia ha mutado hacia un escenario en el que cada dosis es una apuesta a ciegas y en el que las políticas deberán enfocarse más en la reducción de daños y el monitoreo químico que en repetir una guerra contra las drogas que ya no controla qué hay dentro de cada polvo o papel.