Una frontera desbordada y un socio imprescindible
El Gobierno de España sostiene que las mafias aprovecharon una reciente sentencia del Tribunal Supremo español que impide la devolución de quienes alcanzan sus costas por mar. Aunque el ejecutivo de Pedro Sánchez ha elogiado la colaboración de Marruecos para frenar nuevos cruces y facilitar retornos, la magnitud del flujo migratorio expone la dependencia estructural de Madrid: España puede reforzar su valla y su costa, pero el control efectivo de las salidas recae en Marruecos. Esta asimetría convierte cada crisis migratoria en un mensaje político que repercute tanto en Ceuta como en Bruselas, sin que haya mecanismos transparentes para fiscalizar qué responsabilidades asume realmente cada parte.
El giro sobre el Sáhara Occidental y sus efectos colaterales
El punto de fricción más profundo sigue siendo el futuro del Sáhara Occidental, territorio que fue colonia española hasta 1975 y que la Organización de Naciones Unidas mantiene desde 1963 en su lista de espacios pendientes de descolonización. Marruecos lo considera parte de su integridad territorial, mientras el Frente Polisario, apoyado por Argelia, reclama un referéndum de autodeterminación. En 2022, el gobierno de Pedro Sánchez abandonó la tradicional neutralidad española y calificó el plan marroquí de autonomía como la opción “más seria, realista y creíble”, rechazando de facto la vía de la independencia. Este cambio se produjo tras la crisis de 2021, cuando unas 8 000 personas accedieron a Ceuta en dos días después de que Rabat relajara los controles, en plena polémica por la hospitalización en España de un líder saharaui. Expertos como el catedrático Carlos Ruiz Miguel, de la Universidad de Santiago de Compostela, destacan que Rabat aspira no solo a apoyo político, sino al reconocimiento explícito de su soberanía, como ya hicieron en distinta medida Estados Unidos en 2020, Israel en 2023 y Francia en 2024.
Ceuta y Melilla, símbolos que se convierten en palanca
El segundo foco de choque son las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, bajo soberanía española desde 1497 (Melilla) y 1668 (Ceuta) y ausentes de la lista de territorios por descolonizar de la Organización de Naciones Unidas. Rabat las reivindica, mientras Madrid cierra la puerta a cualquier negociación. Las tensiones han tenido episodios de alto voltaje como la crisis del islote Perejil en 2002, ocupado brevemente por militares marroquíes y recuperado por España mediante una operación militar. Más recientemente, la frontera se ha convertido en termómetro de la presión política: en 2021, más de 8 000 personas entraron en Ceuta tras una nueva relajación de controles, y en 2022 unas 2 000 intentaron saltar la valla de Melilla. Cada avalancha demuestra que el flujo migratorio se utiliza como herramienta de presión, con un coste humano evidente para quienes arriesgan la vida y sin que ninguno de los dos gobiernos asuma públicamente haber instrumentalizado la frontera.
Argelia, el tercer vértice de un triángulo inestable
Históricamente, España ha intentado equilibrar sus vínculos con Marruecos y Argelia, rivales estratégicos en el Magreb. Rabat es socio clave en comercio y control migratorio, mientras Argel es proveedor fundamental de gas y principal respaldo internacional del Frente Polisario. El giro español sobre el Sáhara Occidental en 2022 deterioró gravemente la relación con Argelia, que llegó a congelar la cooperación económica. Sin embargo, el 20 de julio de 2026 Pedro Sánchez viajó a la capital argelina para anunciar una “nueva etapa” de colaboración. El dato no ha pasado inadvertido a analistas como Paul Melly, de Chatham House, que se preguntan si la oleada de cruces hacia Ceuta, apenas diez días después, puede interpretarse como una respuesta política de Rabat. Sin pruebas públicas que lo acrediten, la especulación revela hasta qué punto el equilibrio Madrid‑Rabat‑Argel se ha vuelto frágil y cómo cada movimiento diplomático repercute en las personas más vulnerables que intentan llegar a territorio español.
Una relación atrapada entre la cooperación y el chantaje implícito
El propio Pedro Sánchez y el primer ministro Aziz Akhannouch proclamaron en diciembre pasado que la relación bilateral atravesaba un momento “excelente” tras firmar varios acuerdos en Madrid. Pero la combinación de disputas territoriales, gestión opaca de las fronteras y rivalidad con Argelia muestra que aquella foto de armonía escondía fisuras estructurales. Mientras no exista un marco estable y verificable de colaboración migratoria, cada cambio de postura sobre el Sáhara Occidental o cada gesto hacia Argelia tendrá un reflejo inmediato en la valla de Ceuta y Melilla y en las rutas marítimas. El saldo de esta semana —50 000 cruces, más de 48 000 retornos y 57 muertos— ilustra el precio humano de una diplomacia que combina cooperación y presión silenciosa, y anticipa que el próximo giro geopolítico volverá a medirse en cifras de llegadas y de víctimas en el Estrecho.