Sábado 19 Septiembre 2026
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Internacional: Cómo las mayores erupciones volcánicas torcieron el clima y la historia humana

Más de 36 000 personas murieron tras la erupción del Krakatoa en 1883 y, según registros climáticos, las temperaturas estivales medias en el hemisferio norte cayeron unos 0,6 grados Celsius. Esa no fue una anomalía aislada: estudios recientes sobre testigos de hielo y anillos de árboles muestran que varias erupciones volcánicas gigantes han reescrito el clima y empujado a sociedades de Europa, Asia e Islandia hacia hambrunas, epidemias y conflictos.

Anak Krakatau, heredero del volcán Krakatoa cuya erupción de 1883 alteró el clima global
El Anak Krakatau, surgido en las décadas posteriores a la erupción del Krakatoa de 1883, se alza sobre el estrecho entre Java y Sumatra. Investigaciones recientes vinculan erupciones como esta con enfriamientos bruscos, crisis agrícolas y epidemias que transformaron sociedades en todo el planeta. (Foto: FERDI AWED/AFP via Getty Images)
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Del Krakatoa al año 536: el clima como eslabón invisible

Las crónicas enviadas por telegrama desde Batavia (hoy Yakarta) describieron en 1883 “terribles detonaciones procedentes del Krakatoa” y tsunamis que arrasaron pueblos como Anjer. Pero el aspecto más duradero de aquel desastre fue atmosférico: enormes cantidades de azufre llegaron a la estratosfera, formaron aerosoles y reflejaron parte de la radiación solar, enfriando de forma medible la Tierra. Para la historiadora medioambiental Katrin Kleemann, del Museo Marítimo Alemán de Bremerhaven, estos episodios muestran cómo “las sociedades se vieron afectadas de muchas formas diferentes… una mala cosecha, una inundación, un verano frío o un invierno realmente gélido”. Mucho antes de Krakatoa, las fuentes escritas señalan otro punto de inflexión: el año 536. Scribes de Europa, Oriente Medio y Asia relataron una neblina que oscureció el sol durante 18 meses, con desplomes de temperatura y cosechas fallidas, justo antes de la primera gran plaga documentada. Los testigos de hielo extraídos en Groenlandia y la Antártida registran para ese año fuertes picos de azufre, una huella inequívoca de una gran erupción, aunque el volcán responsable —posiblemente en regiones despobladas como Islandia— sigue sin identificarse.

Samalas, peste negra y el delicado equilibrio de los imperios

La erupción de Samalas en 1257, en la actual Indonesia, representa otro caso extremo. Según análisis de azufre atrapado en el hielo polar, fue la mayor emisión de este elemento de los últimos milenios. En 2013, un equipo interdisciplinar dató mediante radiocarbono cenizas y piedra pómez alrededor del volcán y las vinculó directamente con esa fecha, consolidando a Samalas como el responsable. Los anillos de crecimiento de árboles en América del Norte y Eurasia indican un enfriamiento generalizado entre 1257 y 1259, con veranos fríos que arruinaron cosechas en Inglaterra y redujeron la producción de arroz en Japón. Algunos estudios citados por investigadores de la Universidad de Cambridge apuntan a que este estrés climático pudo contribuir, de forma indirecta, al declive del Imperio mongol, cuyo último gobernante murió en una epidemia en China en 1259. Aunque la relación causal no puede probarse de forma concluyente, la coincidencia entre crisis sanitaria, frío persistente y desajustes agrícolas fortalece la hipótesis de que los grandes imperios también eran vulnerables a estos choques ambientales rápidos.

Nieblas, ratas y cereales: los volcanes detrás de la peste negra

Un siglo más tarde, otra serie de erupciones parece haber preparado el terreno para una de las mayores catástrofes sanitarias de Europa: la peste negra entre 1346 y 1352, que mató quizá a la mitad de la población del continente. Registros en testigos de hielo muestran un episodio volcánico intenso alrededor de 1345, posiblemente una o varias erupciones no identificadas. Un equipo dirigido por Ulf Büntgen, especialista en anillos de árboles de la Universidad de Cambridge, reconstruyó el clima de esos años y halló veranos inusualmente fríos y húmedos en el sur de Europa en 1345, 1346 y 1347. Esas condiciones dañaron las cosechas locales y, de acuerdo con el grupo, obligaron a importar cereales desde regiones más orientales. Los barcos que llegaban con grano también transportaban ratas infectadas con Yersinia pestis, la bacteria causante de la peste. La cadena propuesta por los científicos es clara: niebla volcánica, clima adverso, malas cosechas, comercio de emergencia y, finalmente, la propagación masiva de la enfermedad a través de las rutas marítimas.

Laki y Tambora: nieblas tóxicas, hambre y migraciones masivas

Incluso en tiempos relativamente recientes, la relación entre erupciones y sufrimiento humano se subestimó. La fisura volcánica de Laki en Islandia entró en erupción en 1783 durante ocho meses, liberando nubes tóxicas que mataron a al menos una quinta parte de la población islandesa y a buena parte de su ganado. En el resto de Europa, observadores como Benjamin Franklin describieron una extraña neblina sobre Francia e Inglaterra, sin acceso inmediato a la información sobre su origen remoto. Kleemann resume esa desconexión histórica al recordar que “no recibían alertas de noticias en su teléfono móvil, no veían retransmisiones en directo de esta erupción… no tenían ni idea”. Tan solo unas décadas después, en 1815, el volcán Tambora, también en Indonesia, expulsó enormes cantidades de azufre a la atmósfera superior. El resultado fue el célebre “año sin verano” de 1816, con hambrunas en Suiza e Irlanda, desnutrición generalizada y un aumento significativo de la migración hacia América del Norte. Mientras regiones como Europa del Este y el oeste de Rusia lograron buenas cosechas y exportaron cereales, ciudades portuarias como Londres y Hamburgo amortiguaron mejor el choque gracias al comercio marítimo, en contraste con las regiones interiores más aisladas.

Lecciones para un planeta que se calienta

La revisión histórica que realizan Clive Oppenheimer y Ulf Büntgen, publicada en 2026 en la revista Annual Review of Earth and Planetary Sciences, subraya un punto incómodo para el presente. “La sociedad humana presenta numerosas susceptibilidades y vulnerabilidades”, advierte Oppenheimer, al recordar que ciertas perturbaciones climáticas apenas dejan huella, mientras que otras golpean en momentos de máxima fragilidad social. Aunque las grandes erupciones volcánicas enfrían el planeta, funcionan como experimentos naturales de choques climáticos rápidos a escala global. Para las actuales políticas de adaptación al cambio climático, el mensaje es doble: por un lado, las redes de transporte y comercio pueden amortiguar la crisis; por otro, desigualdades previas convierten los mismos fenómenos físicos en desastres humanos radicalmente distintos. Con cientos de volcanes activos y más vigilancia satelital que nunca, la próxima gran erupción será conocida en tiempo real. La cuestión crítica, a la luz de estos episodios históricos, es si las instituciones modernas habrán aprendido lo suficiente como para evitar que un nuevo Krakatoa o Tambora se traduzca otra vez en muerte masiva, colapsos agrícolas y migraciones forzadas.