Miércoles 4 Noviembre 2026
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Ecuador: Durán, la ciudad donde la guerra contra las pandillas se estanca entre balas y corrupción

Más de 9 200 personas fueron asesinadas el año pasado en Ecuador, según el Ministerio del Interior de Ecuador, mientras que alrededor del 70 % de la cocaína que llega a Europa y Estados Unidos sale del país, de acuerdo con el presidente Daniel Noboa. En Durán, en la provincia de Guayas, estos dos datos se traducen en patrullas armadas, cadáveres en la calle y barrios controlados por pandillas que se disputan cada esquina.

Policías fuertemente armados patrullan Durán, epicentro de la violencia narco en Ecuador
El capitán Jean Carlos Bustamante lidera a un pequeño equipo de élite en Durán, ciudad del litoral de Ecuador convertida en símbolo de la expansión del narcotráfico y de la ofensiva estatal contra las pandillas, en un escenario marcado por la corrupción y el miedo a represalias. (Foto: Lee Durant/BBC)
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Una ciudad atrapada entre la policía y las bandas

Durán, antes retratada como un destino relativamente tranquilo del litoral, se ha convertido en un enclave clave del narcotráfico y la violencia de pandillas. El capitán Jean Carlos Bustamante, de 34 años, encabeza un equipo selecto que irrumpe en casas abandonadas y callejones sin luz buscando armas y microtraficantes. En uno de esos operativos, hallaron dos pistolas y munición para rifle de asalto, una mínima porción del arsenal que, según el propio oficial, poseen las bandas, con “muchas armas y mucho más dinero que el Estado”. El mando policial admite que no solo enfrenta a sicarios que descuartizan rivales, sino también a lo que llama “enemigo interno”: “Tenemos muchísima gente mala dentro de nuestra unidad, dentro del Estado, dentro de la política”, denuncia, convencido de que “muchísimos tipos corruptos” trabajan a sueldo de las pandillas.

Microtráfico, miedo y un sistema judicial bajo sospecha

Los operativos de la Policía de Durán se concentran también en la base de la cadena, el microtráfico en barrios pobres. En una redada en una vivienda sin electricidad, agentes hallaron paquetes de “H”, una mezcla con pequeñas cantidades de heroína vendida a 1 dólar por dosis. Tres sospechosos fueron detenidos; solo uno quedó acusado y podría enfrentar hasta 5 años de cárcel, mientras que la Fiscalía dejó en libertad a los otros dos. Para mandos como el coronel Santiago Gavilánez, subcomandante de la Policía de Durán, esta escena se repite con demasiada frecuencia: “Los encarcelamos [a los pandilleros] y ellos los liberan. Algunos de los que liberan matan gente y dejan huérfanos”, afirma. Altos responsables atribuyen esta dinámica a la corrupción en la Fiscalía y en el sistema judicial, lo que, según ellos, erosiona cualquier avance en calle y fortalece la sensación de impunidad.

Corrupción dentro de los cuarteles y policías en nómina de las pandillas

La infiltración del crimen organizado alcanza de lleno a las propias fuerzas del orden. Un agente, cuyo nombre y destino se reservan por seguridad, relató haber recibido dos ofertas de un “soborno enorme, suficiente dinero para jubilarse”, vía mensajes de texto, después de que alguien informara a una banda sobre su puesto y funciones. Del otro lado del conflicto, Jonathan —nombre ficticio para un jefe de banda local— asegura que paga entre 1 500 y 2 000 dólares mensuales a cuatro agentes para que le avisen antes de cada operativo: “Siempre que van a realizar una operación, me llaman. Me dicen que esconda cosas y que me vaya de aquí. Cuando llegan, no encuentran nada”, relata. A sus 37 años, Jonathan admite dedicarse al tráfico de drogas y a ser autor de varios asesinatos —“hasta ahora unas ocho, creo”— y sostiene que su prioridad es “eliminar a la otra banda”, en una guerra de territorios que se libra a plena luz del día con rifles semiautomáticos y adolescentes armados.

Niños reclutados y una violencia que se normaliza

Organizaciones de derechos humanos citadas por los reporteros señalan que niños de apenas 12 años pueden ser reclutados por pandillas en Durán y que, hacia los 15, algunos ya actúan como sicarios. En las visitas al territorio, se observó a jóvenes de 17 años moviéndose con chaleco antibalas y armas en barrios sin asfalto, mientras vecinos miran en silencio. La violencia, cuentan, se ha vuelto rutina: testigos describen ejecuciones en moto, con víctimas rematadas en el suelo, y reconocen estar “acostumbrados” a escuchar disparos a diario. Aun así, autoridades locales sostienen que hay señales de avance: la Policía de Durán asegura que la tasa de homicidios en la ciudad se redujo a la mitad en los primeros seis meses de este año y que ya no se ven cuerpos decapitados o desmembrados con la misma frecuencia. Para el coronel Santiago Gavilánez, las bandas han sido “contenidas”, aunque admite que lograr “el control total” será solo posible en un “proceso a mediano plazo”.

Una “guerra” sin final claro para Ecuador

Pese a los operativos y al endurecimiento del discurso oficial, la sensación dominante en Durán es que el conflicto no tiene final cercano. Jonathan define el negocio del narcotráfico como “un problema que nunca terminará” y advierte: “Si nos cierran el negocio, vendrá otra [pandilla]”. Del lado estatal, el capitán Jean Carlos Bustamante sostiene que, aunque está “un poco cansado”, seguirá en la primera línea porque, a su juicio, “podemos ganar esta guerra, tenemos que hacerlo”. Entretanto, la combinación de flujos de droga desde Colombia y Perú, el papel de Ecuador como plataforma de salida hacia Europa y Estados Unidos y la debilidad estructural de los controles y de la institucionalidad mantiene a Durán como laboratorio del crimen organizado en la región. El desenlace de esta pugna será clave para saber si el país puede romper el ciclo que, según reconocen incluso los propios jefes de banda, promete reproducirse una y otra vez.