Un colegio pequeño golpeado en medio de una ciudad devastada
El sismo sorprendió a la comunidad del colegio Nuevo Edén, un plantel pequeño en el sur de Cali con alrededor de 14 niños por aula y varios salones. Tras el movimiento, parte de la cúpula del edificio se desplomó y alcanzó a una docente y a una estudiante de 10 años, compañera de clase de la hija de la psicóloga Kelly Díaz. La madre había dejado minutos antes a su hija en la institución y regresó corriendo tras sentir el temblor. Al llegar se encontró con un escenario que describe como desolador: estudiantes evacuados a toda prisa, escombros en el patio y dos cuerpos en el suelo mientras nadie sabía aún que el terremoto había golpeado a gran parte de la ciudad.
Muertes, heridos graves y un caso que casi no aparece en el radar oficial
De acuerdo con el relato de Kelly Díaz, la niña y la docente todavía presentaban signos vitales, pero la ayuda formal tardó en llegar. Padres y voluntarios evaluaron a los menores, tomaron signos y organizaron el traslado de heridos sin ambulancias suficientes. Varias criaturas sufrieron lesiones serias, entre ellas un daño en un riñón y el colapso de una vértebra. La niña de 10 años no sobrevivió y murió en los brazos de la psicóloga, que posteriormente tuvo que recibir a la madre de la menor. Díaz señala que la comunidad no fue tratada como prioridad y que este tipo de colegios pequeños tienden a quedar fuera del foco informativo y logístico, pese a que concentran un dolor profundo y menos visible que el de las grandes estructuras colapsadas.
Cali: cifras oficiales y una ciudad que depende de sus voluntarios
Mientras la tragedia del colegio Nuevo Edén se desarrollaba casi en silencio, la magnitud del desastre se hacía evidente en el resto de la ciudad. Según el alcalde de Cali, Alejandro Éder, hasta el miércoles posterior al terremoto se contabilizaban 74 personas fallecidas y 150 desaparecidas solo en la capital del Valle del Cauca, una corrección a la baja frente a una estimación inicial de 95 muertes. Más de 50 estructuras colapsaron y muchas otras fueron evacuadas por riesgo de desplome. Las autoridades y los equipos de rescate trabajan día y noche para localizar sobrevivientes, pero buena parte de la primera respuesta recae en redes improvisadas de apoyo vecinal, que remueven escombros, organizan centros de acopio y distribuyen agua, alimentos y equipos de protección.
“Es el pueblo quien salva al pueblo”: la otra cara del rescate
En torno a uno de los edificios destruidos cerca de la plaza de toros de Cali, decenas de personas aguardan noticias del niño Martín, atrapado bajo los restos de la construcción junto a su madre y su abuela. Allí trabajan mano a mano voluntarios y rescatistas especializados, incluidos los Topos de México, conocidos por su experiencia en ingresar por estrechas rendijas y escuchar signos de vida entre los escombros. La psicóloga Kelly Díaz asegura que, en muchos puntos de la ciudad, “es el pueblo quien salva al pueblo”, al hacerse cargo de la atención médica básica, la clasificación de donaciones y la entrega de cascos y suministros mientras se refuerza la presencia institucional. Entre esos voluntarios está Juan A. Carabalí, llegado desde el municipio de Suárez, Cauca, quien relata que lleva más de un día sin dormir y que la labor se interrumpe constantemente por los riesgos de nuevos derrumbes, pero continúa impulsado por el sufrimiento de las familias que esperan noticias.
Una ciudad en shock que exige no olvidar a las víctimas invisibles
Las historias que surgen del terremoto en Cali muestran una doble realidad: por un lado, las grandes operaciones de rescate sobre edificios emblemáticos colapsados; por otro, tragedias como la del colegio Nuevo Edén, donde una comunidad pequeña se quedó sin prioridad ni cobertura mientras intentaba salvar a sus propios niños. Voluntarios como Kelly Díaz y Juan A. Carabalí piden que las autoridades integren mejor a estas redes ciudadanas en los protocolos de emergencia y que se documente lo ocurrido en los colegios y barrios menos visibles. Con al menos 265 muertos en todo el país y cientos de familias aún a la espera de noticias, el reto inmediato es rescatar a la mayor cantidad posible de sobrevivientes; el siguiente paso será garantizar que, en la reconstrucción y en la memoria colectiva, las víctimas anónimas de estos espacios pequeños no queden fuera del recuento oficial.