Sábado 3 Octubre 2026
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Colombia: De la Espriella dinamita la relación con Cuba y desmantela una década de diplomacia de paz

Abelardo de la Espriella asumirá la Presidencia de Colombia con una decisión contundente: cerrar la embajada en Cuba y romper cualquier relación diplomática con La Habana, dentro de un paquete de clausura de sedes en 14 países. El giro se produce diez años después del acuerdo que permitió el desarme de unos 13.000 exguerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, negociado precisamente en la capital cubana.

Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia, durante un desfile militar en Medellín
Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia, participa en el desfile militar del Día de la Independencia celebrado el 20 de julio en Medellín, Antioquia. El abogado llega al poder con un discurso de ruptura total con Cuba y el cierre de la embajada en La Habana como eje de su nueva política exterior. (Foto: STR / EFE)
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Un quiebre con la tradición de la política exterior colombiana

El futuro Gobierno de Abelardo de la Espriella, en plena sintonía ideológica con Donald Trump, ha anunciado que Colombia cortará lazos con Cuba y Nicaragua, entre otros países, bajo el argumento de que “en mi Gobierno no habrá vínculo alguno con tiranías”. La medida supone ir más allá de la hostilidad ya exhibida durante el mandato de Iván Duque, que presionó a Washington para endurecer su postura contra La Habana, pero sin llegar entonces al cierre de la embajada colombiana. Desde el Gobierno de César Gaviria, Colombia había preservado relaciones formales con Cuba, incluso bajo presidencias conservadoras como las de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe. Esa continuidad diplomática permitió que La Habana se consolidara como escenario habitual de conversaciones de paz, primero con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y, más tarde, con el Ejército de Liberación Nacional. El anuncio de De la Espriella rompe de manera abrupta esa línea de Estado y alinea la política exterior colombiana con la estrategia de presión impulsada por el Gobierno de Estados Unidos.

Cuba, de garante de paz a enemigo diplomático

Durante el Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018), Cuba fue sede de los diálogos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, conocidos como los diálogos de La Habana, que concluyeron con el desarme de unos 13.000 combatientes. Más tarde, ya con Gustavo Petro en la Presidencia, la isla volvió a fungir como país garante y anfitriona del intento de negociación con el Ejército de Liberación Nacional en 2023, donde se anunció un cese al fuego de seis meses como parte de la política de “paz total”. Humberto de la Calle, jefe negociador de Santos, calificó como un “error” la ruptura que impulsa De la Espriella y defendió el “profesionalismo, la integridad y la seriedad diplomática del gobierno de Cuba” en las conversaciones con las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. A su juicio, la isla ya no busca exportar revolución y se ha convertido en una “voz política que contribuye a desarmar los espíritus de los más radicales”. La decisión del presidente electo prescinde de ese rol y reconfigura a Cuba como un adversario diplomático, pese a su papel sostenido en la arquitectura de paz colombiana.

Petro se despide en La Habana mientras Washington marca el compás

En sus últimos días en el cargo, Gustavo Petro eligió viajar a La Habana para escenificar el contraste con su sucesor. Tras reunirse con Miguel Díaz-Canel, pidió solidaridad con la isla “agredida” y advirtió contra una eventual invasión de Estados Unidos, incluso llamando a Donald Trump y al secretario de Estado Marco Rubio a un “diálogo entre civilizaciones”. Bajo Petro, Colombia ayudó a que Joe Biden retirara a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo en enero de 2025, un gesto revertido de inmediato por Trump al regresar a la Casa Blanca ese mismo mes, al reincorporar a la isla a dicha lista y endurecer las sanciones, incluida la presión sobre el Ministerio de Turismo. De la Espriella, con un discurso marcadamente militarista, se sitúa ahora en esa misma órbita: renuncia a nuevos intentos de negociación de paz con el Ejército de Liberación Nacional y adopta sin matices el marco de Estados Unidos, que desde enero de 2021 ya había señalado a Cuba como “Estado patrocinador del terrorismo”.

Advertencias sobre el efecto dominó en los procesos de paz

La ruptura con La Habana genera preocupación entre quienes negociaron el fin del conflicto con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo habían alertado desde 2019 de que castigar a los países garantes, como Cuba y Noruega, por cumplir protocolos de negociación, ponía en riesgo la disposición de otros Estados a facilitar procesos de paz. Cuando el Gobierno de Iván Duque reclamó la extradición de comandantes del Ejército de Liberación Nacional tras el atentado con carro bomba contra una escuela de cadetes en Bogotá, La Habana invocó precisamente esos protocolos firmados por el propio Estado colombiano. Hoy, exdiplomáticos y negociadores temen que la línea de Abelardo de la Espriella termine erosionando no solo el canal con Cuba, sino la credibilidad internacional de Colombia como país que respeta los compromisos adquiridos en la búsqueda de solución negociada a sus conflictos armados internos.

Un mensaje hacia adentro y hacia fuera

Un veterano diplomático colombiano se pregunta “cómo así que un presidente Caribe va a romper relaciones con Cuba”, aludiendo al origen costeño de De la Espriella, criado en Montería y decidido a gobernar desde Barranquilla, su ciudad adoptiva y proyecto de capital alterna. El gesto de clausurar la embajada en La Habana funciona también como señal interna de fuerza y distancia con el legado de Gustavo Petro, quien promovió la política de “paz total” y recomuso el vínculo con la isla. Hacia fuera, el mensaje es igualmente claro: Colombia se pliega de nuevo al dictado de Washington en la relación con Cuba y renuncia al papel de mediador con credenciales propias que había construido durante casi tres décadas. El próximo capítulo se jugará en los escenarios multilaterales y en la capacidad del nuevo Gobierno para sostener su apuesta de aislamiento sin hipotecar los canales que, hasta ahora, habían permitido avanzar —con tropiezos— hacia la superación armada del conflicto colombiano.