Un giro drástico en la política exterior de Bogotá
La decisión del Gobierno de Colombia, encabezado por Abelardo De la Espriella, se apoya en la tesis de que los Altos del Golán tienen “la importancia estratégica de los Altos del Golán para la seguridad de Israel”, según explicó la Cancillería colombiana. Con este movimiento, Bogotá rompe con la línea fijada por la administración de Gustavo Petro, que había roto relaciones diplomáticas con Israel en mayo de 2024, y asume una posición minoritaria frente al consenso del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, que en su resolución 497 calificó la anexión de 1981 como “nula e inválida, y sin efecto legal internacional”. El nuevo gobierno no solo restableció plenamente las relaciones y acordó nombrar embajadores, sino que también anunció el traslado de la embajada a Jerusalén, la eliminación de visados bilaterales y la reanudación de las exportaciones colombianas de carbón hacia Israel, además de la salida del Grupo de La Haya y la retirada de su intervención en el proceso de Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia.
Rechazo frontal de Siria y del mundo árabe
Para Siria, la medida de Abelardo De la Espriella es una línea roja. Damasco condenó oficialmente el reconocimiento colombiano y el 12 de agosto elevó una protesta formal ante el secretario general de Naciones Unidas y la presidencia del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, denunciando una “violación de la Carta de Naciones Unidas, en específico del principio que prohíbe adquirir territorio por la fuerza” y de la resolución 497. La Liga Árabe, Arabia Saudita y Egipto se sumaron al reproche y reclamaron al Gobierno de Colombia que rectifique. El enviado especial adjunto de Naciones Unidas para Siria, Claudio Cordone, reiteró que el Golán sigue siendo, a ojos de la organización, territorio sirio ocupado y que el gesto de Bogotá va directamente contra el derecho internacional. Para la Unión Europea, la posición no cambia: la anexión israelí carece de reconocimiento jurídico y se sostiene la vigencia de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, por lo que el paso colombiano supone una fractura en un frente diplomático que hasta ahora había sido casi unánime.
Una meseta pequeña, un peso estratégico enorme
El debate no puede entenderse sin el peso militar y económico de los Altos del Golán. Se trata de una meseta rocosa de unos 1 800 km² situada en el sudoeste de Siria, de los que Israel ocupa y administra alrededor de 1 200 km² desde la Guerra de los Seis Días de 1967. Tras ese conflicto y la guerra de Yom Kipur de 1973, un Acuerdo de Separación de Fuerzas de 1974 creó una franja de unos 235 km² de separación, supervisada por la Fuerza de las Naciones Unidas de Observación de la Separación, que debía permanecer desmilitarizada. Hoy, el Golán ocupado alberga unos 60 000 habitantes, divididos casi a partes iguales entre población siria, principalmente drusa, y colonos israelíes; de estos, unos 31 000 viven en alrededor de 35 asentamientos, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas de 2026. La meseta domina el sur de Siria y se sitúa a unos 60 kilómetros de Damasco, lo que ofrece a Israel una ventaja de vigilancia crucial y una barrera natural. Además, su cuenca alimenta el alto Jordán y el mar de Galilea, que durante años aportaron cerca de un tercio del suministro de agua de Israel, y su suelo volcánico sostiene viñedos, huertos, ganadería y la única estación de esquí del país.
La nueva realidad tras la caída de Bashar al Assad
El trasfondo militar reciente añade tensión al reconocimiento colombiano. Tras la caída de Bashar al Assad el 8 de diciembre de 2024, fuerzas de Israel cruzaron la línea de alto el fuego de 1974 y ocuparon la zona de separación y posiciones en territorio sirio, incluida la vertiente del monte Hermón. Lo que fue presentado como un despliegue temporal se convirtió, según datos de Naciones Unidas, en al menos 11 puestos militares mantenidos hasta mayo de 2026. Para la Organización de las Naciones Unidas, esa presencia viola el Acuerdo de Separación de Fuerzas, mientras que Israel la justifica como una medida para proteger su seguridad y a la minoría drusa. En 2025 se celebraron reuniones para contener incursiones y en enero de 2026 se reanudaron conversaciones, con mediación de Estados Unidos, para restaurar el marco de 1974. El nuevo presidente sirio, Ahmed al Shara, se ha mostrado dispuesto a un acuerdo de seguridad que abra la puerta a una paz más amplia, pero insiste en la devolución total del Golán y en el fin de los ataques israelíes, posiciones que colisionan con el objetivo israelí de preservar amplias garantías de desmilitarización.
Colombia entre Washington, la ONU y el mundo árabe
El reconocimiento del Gobierno de Colombia se inscribe en una minoría diplomática en la que hasta ahora solo figuraba Estados Unidos, que en 2019, bajo la presidencia de Donald Trump, reconoció unilateralmente la anexión israelí de los Altos del Golán. Para Israel, el respaldo de Bogotá tiene un valor simbólico significativo: proviene de un país latinoamericano que había endurecido su postura bajo Gustavo Petro y que ahora recompone la relación bilateral con un paquete de decisiones favorables a Tel Aviv. Para Siria, la Liga Árabe, Arabia Saudita y Egipto, en cambio, el paso de Colombia podría ser leído como un precedente peligroso frente al principio de integridad territorial defendido por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. En los próximos meses, el alcance real de esta decisión se medirá en dos planos: en la capacidad de Colombia para sostener su apuesta pese a la presión de socios que siguen alineados con Naciones Unidas y en su impacto sobre las frágiles conversaciones de seguridad entre Siria e Israel, que ya deben lidiar con décadas de desconfianza acumulada y una meseta cuyo control se ha convertido en símbolo de poder regional.