Del terremoto a la ofensiva militar: gobernar desde la imagen
El debut de Abelardo de la Espriella estuvo marcado por las consecuencias de un terremoto que dejó más de 300 fallecidos en cuatro regiones de Colombia, una emergencia que lo obligó a viajar de inmediato a las zonas afectadas, reunirse con alcaldes y gobernadores y centralizar la respuesta desde la Presidencia de Colombia. Su estrategia incluyó decisiones polémicas, como aceptar solo la ayuda internacional de aliados ideológicos y canalizar donaciones privadas a la fundación de su esposa, encargada de la ayuda humanitaria. Una vez superada la fase inicial de la tragedia, el presidente orientó su prioridad a la inseguridad, la preocupación que lo llevó a la Casa de Nariño. La suspensión de las mesas de diálogo con grupos criminales heredadas de Gustavo Petro, el traslado de presos y su presencia en operativos donde se exhibieron cuerpos de supuestos delincuentes abatidos, con uniforme verde oliva y saludo militar permanente, han convertido la seguridad en un escenario de performance política y demostración de fuerza.
Contrapesos judiciales, religión en el poder y cálculo de popularidad
La línea dura tuvo un primer freno judicial tras un bombardeo de las Fuerzas Militares de Colombia en el Guaviare, en el que murieron tres menores de edad. Una jueza de Bogotá ordenó a los militares abstenerse de realizar operaciones aéreas sobre objetivos donde exista información verificable de presencia de niños, recordando que el presidente no puede desbordar los límites del Estado de derecho. A la vez, el uso intensivo de símbolos religiosos se ha vuelto marca de la casa: en su toma de posesión, Abelardo de la Espriella llevó al escenario a cuatro líderes espirituales y una imagen de la Virgen de Fátima, lo que derivó en una orden judicial de rectificación el 28 de agosto. Aunque acató, cerró luego una alocución con el eslogan “¡Viva Cristo Rey!”, que ahora repite en sus intervenciones. Este giro busca capitalizar que la Iglesia católica en Colombia mantiene una imagen favorable de entre 65 % y 70 %, muy por encima del 49 % de votos con los que ganó la presidencia, según datos citados por el gerente de Invamer, Martín Orozco, quien ve en este acercamiento religioso y en el respaldo a las Fuerzas Militares de Colombia un campo fértil para ampliar su base de apoyo.
Economía al límite: más gasto, gran déficit y pocos avisos de ajuste
En el frente económico, el mensaje ha sido menos estridente pero no menos inquietante. El presupuesto presentado por el Gobierno de Abelardo de la Espriella para 2027 contempla un aumento de gasto del 10 % respecto a las cuentas radicadas por Gustavo Petro, con mayores recursos proyectados en pensiones, salud y salarios, pero sin financiamiento claro para todas esas partidas y con el mantenimiento del subsidio al combustible diésel. De acuerdo con JP Morgan, el déficit fiscal previsto de 9,4 % del PIB sería el segundo más alto de la historia reciente del país. El exministro de Hacienda Juan Camilo Restrepo ha advertido que el Ejecutivo dispone de apenas seis meses de “estado de gracia” para adoptar los ajustes más dolorosos antes de que el clima político los haga inviables. Pese a las advertencias, el presidente ha optado por decisiones de corto plazo destinadas a evitar costos de imagen: congeló el precio de la gasolina en septiembre, aplazó el incremento del bono a los adultos mayores por falta de recursos y anunció respaldo económico a las nuevas líneas del metro de Bogotá, presentándose como garante de grandes proyectos urbanos mientras difiere el debate sobre el ajuste.
Comunicación bajo llave y prensa en desventaja
La forma de comunicar completa el cuadro de este arranque de gobierno. Desde la Presidencia de Colombia se han impuesto nuevas normas que centralizan al máximo los mensajes oficiales: los ministros deben pedir autorización antes de hablar con periodistas, un vocero concentra hasta tres alocuciones diarias sin preguntas y los altos cargos solo pueden hacer breves declaraciones espontáneas, pero tienen prohibido responder cuando se les acercan micrófonos. A esto se suman los pleitos abiertos de Abelardo de la Espriella contra distintos periodistas y la directriz interna de priorizar a “medios amigos” para difundir contenido calificado como esperanzador. Analistas como Héctor Riveros señalan que, a diferencia de Gustavo Petro, a quien se le negó prácticamente cualquier margen de error, buena parte del poder económico, los gremios y los grandes medios —casi todos controlados por empresarios que evitan confrontar con el nuevo presidente— parecen dispuestos a concederle un periodo de tolerancia más amplio. La incógnita, coinciden fuentes políticas y empresariales, es si durante los próximos años el mandatario será capaz de compatibilizar este modelo de campaña permanente con el respeto efectivo al Estado de derecho, la sostenibilidad fiscal y la independencia de la prensa, o si la política de símbolos terminará chocando con los límites institucionales y económicos del país.