Una campaña dominada por el “mal menor”
En la ciudad de São Paulo, la mayor del país, el clima de campaña es casi invisible: apenas algunos banderines recuerdan que se acerca una cita electoral decisiva. La conversación política, sin embargo, es áspera. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que a sus 80 años busca un cuarto mandato por el Partido de los Trabajadores, y su principal rival, Flávio Bolsonaro, registran más imagen negativa que positiva en los sondeos, en un Brasil partido en dos. La suma de intención de voto de todos los demás aspirantes ronda apenas el 10 %, un dato que ilustra hasta qué punto la contienda ha quedado reducida a un duelo personalista que muchos afrontan con resignación: lo que importa es impedir la victoria del adversario.
Fatiga con Lula, temor a Bolsonaro hijo
El desgaste de Lula se percibe en parte del electorado que lo respaldó en el pasado y ahora habla de hartazgo. Votantes como João Costa, conductor de 28 años, resumen esa sensación en un “Lula no puede seguir más, ya es suficiente”, pero admiten que sólo consideran a Flávio Bolsonaro porque “es el mal menor” para derrotar al actual presidente. Al otro lado, jóvenes como María y Marcia, de poco más de 20 años, confiesan que la ilusión de hace cuatro años se ha evaporado y critican que “hay mucho para mejorar en Brasil” sin propuestas que entusiasmen. Aun así, su prioridad es frenar al hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, al que definen como “un peligro para la democracia, para la Amazonia y para las minorías”.
Economía en recuperación y guerra por el gasto público
Brasil llega a la votación con una combinación inusual: indicadores macroeconómicos relativamente sólidos y una ciudadanía que no siempre percibe esas mejoras en su vida diaria. La caída del desempleo al 5,3 % y la inflación controlada en torno al 4,22 % conviven con familias asfixiadas por las deudas, según apuntan especialistas consultados por medios locales. En plena recta final, Lula aprobó por decreto un aumento del 15 % del programa Bolsa Familia, que alcanza a casi 20 millones de familias, y decretó la prohibición de las apuestas online, medidas presentadas como un alivio para los más pobres. Críticos como el empresario Antonio de Assis acusan al mandatario de “subvencionar más y más a los pobres” sin reparar en el déficit, y advierten de que, a su juicio, ese modelo “terminará por explotar”. El campo bolsonarista, en contraste, defiende recortes drásticos del gasto público inspirados en experiencias como la del presidente argentino Javier Milei.
El peso del voto obligatorio y la amenaza de la abstención
Aunque el voto es obligatorio en Brasil, la abstención alcanzó el 21 % en 2022 y analistas prevén que este año la cifra sea igual o incluso mayor. Es posible justificar la ausencia si el elector se encuentra fuera de su lugar de empadronamiento, una opción a la que recurren trabajadores como João Costa, registrado en Minas Gerais pero activo en São Paulo. Los politólogos advierten de que el voto de rechazo puede imponerse sobre consideraciones económicas o de seguridad. Esther Solano, especialista en opinión pública y profesora de la Universidad Federal de São Paulo, sostiene que “el fenómeno de la polarización ha provocado que haya un voto de rechazo que puede imponerse por encima de lo demás” y destaca que, entre la derecha y la ultraderecha, muchos votantes ven a Flávio Bolsonaro como “un niño mimado” sin experiencia, pero están dispuestos a apoyarlo por ser la vía más eficaz para votar contra Lula.
Desconfianza institucional y ecos de la guerra judicial
La tensión electoral se alimenta también de la desconfianza hacia las instituciones. La condena por corrupción contra Luiz Inácio Lula da Silva fue anulada, pero sigue siendo utilizada por adversarios que lo describen como “ladrón” o “corrupto”, pese a que ya no pesa una sentencia firme en su contra. Al mismo tiempo, sectores bolsonaristas señalan al juez del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes, bajo sospecha de proteger a un banquero acusado de fraude en el caso conocido como caso Master, y difunden vídeos en redes que lo demonizan. Este clima se combina con la presión sobre un reducido 3 % de indecisos que, según los especialistas, pueden definir el resultado. Para Lula, el reto es movilizar a los electores de bajos ingresos, tradicionalmente más fieles al Partido de los Trabajadores pero con mayores tasas de abstención, mientras el bolsonarismo busca consolidar un voto anti-PT que se mantenga cohesionado hasta el escrutinio.
Un país partido que seguirá polarizado tras las urnas
Entre electores agradecidos, como Imani, de 49 años, que afirma que sus hijos “pudieron estudiar gracias” a Lula, y empresarios que declaran que votarían por un líder de ultraliberalismo radical como Javier Milei, el mapa político brasileño se presenta fragmentado y emocional. Con los márgenes de victoria previsiblemente estrechos y la abstención al alza, la elección de 2026 perfila no sólo quién ocupará la presidencia, sino el tipo de mandato condicionado por el odio cruzado que surgirá de las urnas. Pase lo que pase el domingo, los expertos dan por hecho que el próximo Gobierno deberá gobernar sobre una brecha social y política que va mucho más allá de Lula y Flávio Bolsonaro y que exigirá reformas profundas si Brasil quiere salir del ciclo de polarización permanente.