Un triunfo que reordena la derecha y acorrala a la izquierda
La victoria de Flávio Bolsonaro es mucho más que un resultado coyuntural: consolida al bolsonarismo como eje de la derecha brasileña y deja a la izquierda institucional contra las cuerdas. El candidato del Partido Liberal agradeció el apoyo de 56 millones de votos y proclamó que “Brasil quiere cambio” y que “queda decretado el fin de la era del PT”. Aunque se quedó a dos puntos de cerrar la elección sin segunda vuelta, el bolsonarismo sale fortalecido: los aspirantes de derechas descalificados suman alrededor del 7% de los votos, un caudal que previsiblemente se alineará con el senador ultraconservador en la próxima cita con las urnas. Lula, a sus 80 años, compareció en São Paulo para admitir que “el resultado muchas veces es inesperado” y advirtió que “Flávio Bolsonaro representa la incertidumbre”, apuntando a lo que describió como “biografías truculentas de los Bolsonaro” y sus lazos con milicias y el caso Master.
El peso del clan Bolsonaro y la fragilidad institucional
El ascenso de Flávio Bolsonaro se produce mientras su padre, Jair Bolsonaro, cumple en prisión domiciliaria una condena de 27 años por liderar una trama golpista para seguir en el poder tras perder las elecciones de 2022 frente a Lula. El primogénito ha prometido indultarlo si llega al Palacio del Planalto, lo que tensiona aún más la relación con el Tribunal Supremo. Paralelamente, el propio candidato está bajo investigación por corrupción, una causa en manos de la Justicia que se mantiene abierta y que exige preservar la presunción de inocencia. En el terreno legislativo, el Partido Liberal ha ganado peso en el Congreso, reforzando su capacidad para impulsar iniciativas como la destitución de jueces del Tribunal Supremo o una eventual amnistía para los condenados por el asalto golpista de Brasilia. El poder del clan se extiende también al Legislativo: Michelle Bolsonaro, de 44 años, y los hijos Carlos y Jair Renan han sido electos parlamentarios, mientras que solo la primera esposa del expresidente se quedó sin escaño.
São Paulo, el termómetro conservador y el cerco a Lula
Las megaelecciones han confirmado el desplazamiento del eje político hacia la derecha en la mayor economía latinoamericana. En el Estado de São Paulo, el gobernador Tarcísio de Freitas fue reelecto con una ventaja de 26 puntos sobre Fernando Haddad, candidato a suceder a Lula, consolidando un bastión clave para el proyecto bolsonarista. Los brasileños eligieron simultáneamente a los 27 gobernadores, los 513 escaños de la Cámara de Diputados, 54 de los 81 escaños del Senado y todos los Parlamentos estatales, en unos comicios que movilizaron a casi 159 millones de electores. Para el Partido de los Trabajadores, el golpe es severo: Lula ya se presentaba como candidato único del campo progresista y dispone de un margen muy limitado para sumar nuevos apoyos. Su única posibilidad real pasa por activar a abstencionistas y convencer a sectores moderados de que, como advirtió el propio presidente, “el pueblo va a tener que elegir entre fortalecer el régimen democrático o la barbarie, entre desarrollo o atraso”.
Urnas electrónicas bajo lupa y sospechas externas
La jornada electoral transcurrió sin grandes incidentes, pese a las tormentas que dejaron temporalmente sin luz a algunos colegios en regiones como Amazonas, sin afectar al funcionamiento de las urnas, que cuentan con varias horas de autonomía. Brasil utiliza el voto electrónico desde 1996, un sistema que el Tribunal Superior Electoral defiende como seguro y que permitió un recuento relativamente rápido en unas elecciones de enorme complejidad. Sin embargo, la Policía Federal investiga una denuncia de supuesta injerencia de Estados Unidos por financiar, según el diario The Guardian, organizaciones dedicadas a agitar la política brasileña. En paralelo, la polarización se vivió en las calles de ciudades como São Paulo, Rio de Janeiro, Manaus o Brasília, donde se cruzaron votantes que, como resumió Flávio Bolsonaro al depositar su voto, creen que “Brasil necesita un cambio, Brasil no aguanta más”, con otros que, siguiendo el llamado de Lula en São Bernardo do Campo, ven la elección como un plebiscito entre democracia y el retorno de un proyecto autoritario. La segunda vuelta del 25 de octubre pondrá a prueba la solidez de las instituciones y definirá si el país consolida el experimento progresista actual o abre una nueva etapa marcada por la restauración del bolsonarismo.