Abby contó su larga y dura metamorfosis a la BBC Mundo, medio al que dijo que cuando se declaró transgénero, causó conmoción en la comunidad jasídica ultraortodoxa. Descendientes directos de Baal Shem Tov, fundador del judaísmo jasídico, los padres de Abby lo consideraban su hijo primogénito y un futuro rabino, pero él insistía con firmeza que era una niña.
Aquí su historia contada de propia boca:
Mi papá es rabino y tener un hijo fue algo muy importante para él. Siempre me decía que después de haber tenido cinco hijas prácticamente había renunciado a tener un niño.
Cuando tenía 6 años, comencé a coleccionar recortes de prensa sobre trasplantes de órganos: de pulmón, riñón, corazón… En mi cabeza el plan era sencillo: un día iría a un médico, le mostraría mi impresionante colección de recortes de periódicos y me harían un trasplante completo de cuerpo para convertirme en una niña.
Al crecer me di cuenta de que eso no era realista, así que se me ocurrió una nueva idea: pedírselo a Dios. Crecí en una familia muy religiosa, y nos decían que Dios podía hacer cualquier cosa.
Así que cuando cumplí 9 años, escribí esta plegaria que repetía cada noche: “Divino creador, ahora me voy a dormir y me veo como un niño. Te lo ruego, cuando me despierte en la mañana quiero ser una niña. Sé que Tú puedes hacer cualquier cosa y que nada es demasiado difícil para ti…”.
Si haces eso, te prometo que seré una buena niña. Me vestiré con la ropa más modesta. Seguiré todos los mandatos que las chicas deben seguir. Cuando sea mayor, seré la mejor esposa. Ayudaré a mi marido a estudiar la Torá durante todo el día y toda la noche. Cocinaré los mejores platos para él y para mis niños. ¡Oh, Dios mío, ayúdame!.
La comunidad jasídica es la sociedad más segregada por género que jamás he conocido o de la que haya sabido, y llevo bastante tiempo investigando comunidades segregadas por género.
Desde el minuto en que empiezas el preescolar, los sexos están totalmente separados. Los niños y las niñas no pueden jugar juntos.
Para que se hagan una idea del nivel de aislamiento de la comunidad jasídica, hasta los 12 años yo pensaba que la mayoría de las personas del mundo eran judíos y que la mayoría de esos judíos eran ultraortodoxos (nada de lo cual es cierto).
En la comunidad jasídica, si lideras una sinagoga o enseñas en una escuela también eres considerado un rabino, independientemente de si fuiste ordenado o no. Pero, de hecho, yo quería ser ordenado rabino por muchos motivos.
Cuando tenía 16 años me involucré en el misticismo judío, la cábala (kabbalah). Esa fue la primera vez en la que me encontré un texto religioso que justificaba mi existencia.
En un estudio del siglo XVI de almas humanas llamado “La puerta de la reencarnación” leí: “A veces, un hombre se reencarna en el cuerpo de una mujer, y una mujer habitará en un cuerpo masculino”.
Aunque yo sabía que en verdad era una mujer, tenía un matrimonio pactado, como todo el mundo en la comunidad jasídica. Naces, comes, respiras, te casas a los 18.
Mis padres lo arreglaron. Mi mujer tenía que provenir de una dinastía rabínica y adherirse a los mismos códigos de vestimenta, que en mi familia son extremadamente inusuales. Tanto es así, que solo había de 20 a 50 chicas en todo el mundo que fueran parejas aceptables. Al principio, las cosas no salieron bien. Ella me gustaba, es una mujer increíble, muy inteligente y cariñosa. Teníamos conversaciones fantásticas, nunca discutíamos. Teniendo en cuenta cómo son los matrimonios arreglados, eso era perfecto.
Era la primera vez que vivía con una mujer y me sentía bien. Ella era muy estilosa y cuando se iba de compras era mi oportunidad de ponerme en su lugar y pensar: '¡Oh! ¿Qué me compraría?'”.
Pero cuando Fraidy se quedó embarazada, lo pasé muy mal. Era como si todo –el género, la religión, mi familia, mi hijo—estuviera colapsando sobre mí y golpeándome.
Sabía que había un lugar llamado internet. Le pedí prestada su tableta a un amigo y me escondí en el baño de un centro comercial en el que había wifi pública.
Mi primera búsqueda fue si un niño podía convertirse en una niña… en hebreo. Por aquel entonces no hablaba inglés y en la primera o segunda página de resultados apareció la página de Wikipedia sobre personas transgénero.
Descubrió un nuevo mundo
Era la primera vez que escuchaba ese término y me di cuenta de que había otras personas que se sentían como yo.
Otro descubrimiento increíble fue que había una comunidad de gente en línea que había dejado las comunidades ultraortodoxas y jasídicas y que no solo habían sobrevivido, sino que además habían prosperado.
Unas semanas más tarde, dejé de ser religiosa. No abandoné mi matrimonio. Durante un año tratamos de salvarlo, pero su familia la obligó a dejarme. Se la llevaron, literalmente. Viví en nuestro apartamento durante las semanas que siguieron, esperando que ella y mi hijo regresaran.
Después, durante un tiempo, volví a la casa de mis padres. Cuando le dije a mi padre que era ateo, él me respondió: “No importa lo que suceda, tú siempre serás mi hijo”.
Cuando me di cuenta de que no había forma de que pudiera vivir con mi hijo todo el tiempo, decidí que la comunidad no tenía nada más que ofrecerme. De repente, estaba en un mundo en que había opciones ilimitadas de comida y ropa. El idioma fue el primer gran obstáculo que superar porque cuando creces en Nueva York, la gente espera que hables inglés.
Durante tres años no le dije a nadie de mi familia nada sobre mi género. El 11 de noviembre de 2015 se lo conté a mi padre, pocos meses después de haber comenzado una terapia hormonal.
A mi padre le costó como una hora incluso entender lo que le estaba diciendo, y fue gracias a ciertos textos religiosos que yo le mostré. Uno de ellos era un pasaje sobre almas masculinas y femeninas que había descubierto cuando estudiaba la cábala.
Mi padre dijo que no volvería a hablarme
Mi padre admitió que las personas trans existen, lo cual era bastante impresionante porque muchas comunidades religiosas fundamentalistas no lo aceptan.
Entonces me dijo: “Necesitas a una persona con Espíritu Santo para que te diga si realmente eres transgénero”. Mi reacción fue: “Creo que dos terapeutas y un médico son suficientes”.
Pero obviamente él no estuvo de acuerdo, y minutos después me dijo que nunca más volvería a dirigirme la palabra.
Pero la verdad es que cuando me declaré trans, ya hacía tres años que había dejado la comunidad jasídica. Me había inscrito en la universidad y en algunas comunidades judías y queer muy progresistas y sorprendentes. Así que no perdí a ningún amigo y mi vida no se derrumbó por la ruptura con mi familia.
Todavía le escribo a mis padres cada semana (a mi padre, porque mi madre ni siquiera recibe mensajes de texto) y el día en el que estén listos, hablaré con ellos.
A mi exesposa no le permiten hablarme desde que nos divorciamos. Mi hijo es el amor de mi vida.
Me gusta pensar en el lado positivo: en lugar de estar pensando en las 10 hermanas que no me hablan, me centro en las dos que sí lo hacen. De todos modos, la mayoría de las personas que conozco fuera de la comunidad jasídica solo tienen dos hermanos, si acaso.
La vida es mejor de lo que habría podido imaginar. Antes siempre tenía depresión, pero desde que soy transgénero, no ha habido un día en que me haya despertado sintiendo que no tenía una razón para hacerlo.