En un costado frente a la catedral de Granada vive doña Martha Pereira bajo una champa improvisada de plástico con pequeños trozos de madera, es el reducido espacio que convirtió en su hogar. Desde diciembre del año pasado mantiene una silla que ocupa para colocar un galón con agua y unas bolsas plásticas con algunas pastillas, para aliviar sus múltiples dolencias como artritis y diabetes.
La champa la tiene repleta de sacos llenos de botellas plásticas que recolecta de los cestos de basura que se ubican en el centro de la ciudad y algunas las logra recoger de las zonas aledañas al parque central, luego las vende a recicladores, para obtener un poco de dinero y comprar alimentos.
Esta mujer de 67 años tiene una dura cama de cartones que amortigua con un saco lleno de ropa que utiliza como almohada en momento de sueños, aparenta no estar lúcida, pero en momentos de tranquilidad cuenta que procreó tres hijos de los cuales asegura que el varón fue asesinado y una de sus hijas tiene problemas mentales y la menor, su esposo no permite que la visite en su hogar.
“Desde hace 30 años camino por el centro de la ciudad mendigando y agradezco a las personas que colaboran conmigo porque cuando uno está enfermo y sin dinero, hasta la familia lo abandona y llega al punto que ni al perro de la casa puede mantener”, relata la infortunada mujer.
Con respecto a su pareja sentimental cuenta que la abandonó, desde que sus hijos estaban pequeños y al final tuvo que luchar sola para mantener su hogar, donde con nostalgia relata que al final se vio obligada a vender su casa y cada quien tuvo que emprender un camino amargo.
Busca un asilo de ancianos donde refugiarse
En marzo del año 2020 recuerda que las autoridades religiosas de la catedral de Granada le ofrecieron trasladarla a un asilo de anciano para tener una vida más digna, pero en ese momento entró al país el pánico de la pandemia del Covid- 19 y las autoridades del hogar de adultos mayores decidieron no recibir por ese momento a ninguna persona por temor al contagio.
“Yo deseo trasladarme a un asilo de ancianos, porque tengo múltiples enfermedades y a veces presento dificultad para movilizarme al padecer de problemas de la columna, vivo de la caridad de las personas que se compadecen de uno, pero ya no quiero seguir viviendo de esta manera”, manifiesta doña Martha Pereira.

Joaquín Zavala es uno de las decenas de adultos mayores que llega todas las tardes a apostarse al parque central de Granada, para tomar aire fresco y salir de la rutina del hogar. Este granadino sostiene que es triste ver en el centro de la ciudad a una mujer de la tercera edad viviendo en una improvisada champa de cartón y plástico, porque refleja una imagen de abandono y pobreza a los turistas que llegan a visitar la ciudad.
“Yo espero que las autoridades edilicias ayuden a esta señora que lleva más de medio año viviendo a la intemperie y su situación será más difícil en este invierno”, comentó Zavala.
Una viuda que vive de la caridad
Yolanda García es otra de las mujeres de la tercera edad que permanece en los alrededores de la catedral de Granada pidiendo dinero a los turistas y fieles que visitan este majestuoso templo, a veces viaja a la ciudad de Masaya a pedir ayuda económica a los pobladores de esta ciudad a quienes considera caritativos.
Desconoce el número exacto de años que lleva viviendo de la caridad, pero recuerda con lágrimas que emprendió este duro calvario cuando falleció su marido en el municipio del Diría, donde procreó en su hogar tres hijos que luego se casaron y dejaron de velar por el cuido de su madre.
“Mi esposo murió cuando yo estaba grave en el hospital, él intentó llegar a visitarme y al momento que salió de la casa sufrió una caída y a los pocos días falleció, cuando me dieron de alta me enteré de su partida, yo sufrí mucho, porque era mi gran ayuda, ahora que soy viuda vivo de la caridad”, resalta doña Yolanda García.
Durante su estadía en Granada permanece en la casa de una amiga que también se mantiene durante el día en las afueras de la catedral apelando a la bondad de buenos cristianos, para poder sortear sus dificultades económicas que vive cada día.
“Mi situación es triste, porque estoy clara que llegará un momento que no tendré las fuerzas físicas, para salir a las calles, para solicitar ayuda, solo espero en Dios que en ese momento tenga una ayuda idónea”, relata esta mujer de aproximadamente unos 75 años, quien refleja en sus arrugas y canas un largo martirio.
Hasta la fecha no existe ningún proyecto social de las autoridades edilicias de la Gran Sultana, para apoyar a estos sectores vulnerables de la sociedad, que requieren de una asistencia especial.
Dice no es de su agrado la idea de ir a un asilo, porque le gusta andar libre por las calles de la ciudad colonial, donde con entusiasmo relata que en ocasiones hasta veinte dólares ha recibido de ayuda.
“Yo soy una persona honrada que prefiero pedir antes que salir a robar, espero que Dios me siga amparando en mis últimos días en este mundo y pido a los hijos que cuiden a sus padres”, manifestó doña Yolanda García.




