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Fátima del Rosario Chavarría Peña, de 35 años, ha sido una mujer que se ha esforzado toda su vida por salir adelante y llevar el sustento a su familia.

Esta humilde mujer inició a trabajar desde su niñez. Su marido se suicidio, para no seguir batallando con un cáncer de hígado. Hoy, a través de la venta de leña, lucha para mantener a sus tres hijos. 

A la edad de diez años Fátima Chavarría Peña, caminaba por algunos barrios de Managua cargando una pana plástica en su cabeza  vendiendo  los peces  que su padre Felipe Chavarría pescaba en el lago de Managua, recuerda que muchas veces lo acompañaba por las tardes en su pequeño bote de madera a ir a tender las redes en las aguas.

En esa aventura aprendió a nadar y perder el temor a las profundidades de las aguas, porque tenía que ayudar a su padre a sacar por las mañanas los peces que habían quedado atrapados en las redes.   

Su  hogar, erigido en el barrio costero de la Bocana en Tipitapa, experimentó la pobreza, porque el dinero del trabajo de su padre no alcanzaba para cubrir las necesidades del hogar. Su madre, María Luisa Peña, procreó cuatro hijos, siendo ella la única mujer. 

“Mis padres eran trabajadores, construyeron un horno en la casa, para elaborar pan, que luego vendíamos en las calles del barrio, gracias a Dios en medio de la pobreza siempre teníamos un plato de comida en nuestra mesa”, narra Fátima Chavarría. 

Junto  a sus hermanos salía a las calles a vender pozol, tiste y semilla de Jícaro, llegó un momento que su madre decidió ir a trabajar, como operaria a las empresas textiles del parque industrial de zona franca Las Mercedes en carretera norte en Managua, para que sus hijos pudieran seguir estudiando. 

A la edad de 17 años, Fátima cursaba el cuarto año de secundaria en el instituto José de la Cruz Mena, pero el amor de la juventud tocó su corazón y decidió unir su vida con Delbin Antonio Hurtado Barrera, quien caminaba en ese momento con un grupo de jóvenes en riesgo.

Al inicio sus padres no le dieron el beneplácito a la relación, pero al final terminaron procreando tres hijos y ella se  vio obligada a abandonar las aulas de clase, porque su prioridad era trabajar, para llevar  el sustento de sus tres hijos. 

Emigró con su familia  al barrio el “Quilombo” de Granada 

Hace más de quince años, la  madre de Fátima se divorció de su padre y decidió ir  a vivir a Granada, ella tomó la decisión de seguirla junto a su marido y sus hijos, al llegar a esta ciudad inició una vida de pesadilla al no tener una casa propia.  

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A los pocos días se enteró que en el precario barrio costero llamado el “Quilombo” había espacio para construir una sencilla vivienda y con la ayuda de varias personas logró levantar un ‘ranchito’ de plástico y zinc que al paso del tiempo, fue mejorando. 

“El destino me llevó nuevamente a las aguas y supe emprender lo que había aprendido en mi niñez, como era pescar. Los padres de mi marido me ayudaron a comprar un bote con motor  y nos adentramos a las aguas del lago Xolotlán a buscar peces, que luego salía a vender a las calles de Granada”, detalla Fátima.

Anteriormente había trabajado como operaria en una empresa textil de zona franca, pero asegura que renunció, porque no le gusta que un jefe le controle su tiempo y el vender en la calle su propia venta, dice sentir aire de libertad. 

En la humilde vivienda del “Quilombo” nacieron sus dos hijos varones que hoy tienen 9 y 10 años, mientras que su hija ya cumplió sus 15 años, su marido, además de ayudarla en la pesca se dedicó a sacrificar cerdo y res.

Hace más de año y medio fueron removidos del asentamiento y trasladados, junto a varias familias, al barrio Lomas de Granada donde la municipalidad gracias a un proyecto del Banco Mundial que les donó una casa al ser perjudicados con la construcción de la carretera a la comunidad de Malacatoya. 

Alejados del lago vio la oportunidad de dedicarse a la venta de leña con  un carretón halado por su caballo “Chucky” que compró en cuatrocientos dólares que prestó a un amigo.

“Gracias a Dios estoy iniciando una nueva vida, para sacar adelante a mis hijos, en esta casa tengo mejores condiciones, aunque un poco alejada de la ciudad, por lo cual tuve que enviar a mis hijos, donde sus abuelos por la cercanía del colegio, pero vienen los fines de semana”, agregó Fátima Chavarría. 

Una vida de violencia intrafamiliar que concluyó con el suicidio de su esposo

En su juventud su esposo, Delbin Hurtado, creció rodeado en un mundo de violencia al pertenecer al  grupo juvenil conocido como “Los Diablitos”, quienes  sembraron por muchos años el terror en el barrio la “Bocana” en Tipitapa. 

Su esposa lo recuerda como un hombre trabajador y bondadoso, pero con facilidad se tornaba violento. Una vez cegado por los celos la lanzó contra la pared de su cuarto e intentó herirla con los filosos cuchillos que manejaba en su casa, para destazar los animales. 

“Esa vez junto a mis hijos salí corriendo al patio de la casa, para evitar que nos alcanzara y nos hiriera con sus filosos cuchillos. Él desataba aún más su ira, cuando andaba tomado” rememora con tristeza esta mujer luchadora a sus 35 años. 

A mitad de mayo del 2021 su esposo decidió quitarse la vida al colgarse en una de las  soleras de su casa y fue encontrado muerto por uno de sus hijos, en ese momento, ella fue detenida por varias horas en la estación policial de Granada, por las investigaciones que se abrieron en este caso.

“Mi esposo se quejaba de un fuerte dolor en el estómago, decidimos ir al hospital para realizarle un ultrasonido y le programaron cita para tres meses, entonces con la ayuda de una amiga le practicamos ese examen en una clínica privada. Aquí el médico le dijo que tenía un cáncer avanzado en el hígado, en ese momento se puso a sonreír y le dio la mano al médico. Se vino a la casa y a los días los dolores eran tan fuerte que se retorcía en el suelo y a los pocos días decidió terminar con su vida”, relata con lágrimas Fátima.

Con la venta de leña en su carretón espera seguir manteniendo a sus tres hijos  a pesar de ser un duro trabajo, donde tiene que ir de mañana a cortar al campo los árboles que compra, para luego rajarlos, amarrarlos en moño y ofrecerlos a los hogares granadinos.

“Yo pido a Dios que mis hijos tengan una mejor vida y no sufran tanto en esta vida y al final  logren salir adelante”, aduce esta mujer mientras amarra los manojos de leña que prepara, para su venta. 

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