Con más de 40 años dedicados a la venta de delicias típicas, doña Migdalia se ha convertido en sinónimo de lucha y trabajo honesto. “Aquí ofrezco jocotes, mangos, groseas, coyolito, todos esos antojitos”, comenta con orgullo mientras acomoda con esmero sus coloridas bolsitas repletas de sabor y frescura.
Sus productos, además de ser frescos y sabrosos, tienen precios accesibles: cada bolsita cuesta 10 córdobas. Y si algún cliente no puede pagar el total, ella siempre encuentra la manera de ajustarse a sus posibilidades. Esa solidaridad, combinada con la calidad de lo que ofrece, le ha ganado el aprecio de locales y visitantes por igual.
“Desde muy chiquita empecé a vender, y hasta el día de hoy sigo trabajando para salir adelante con mis hijos. Voy a seguir trabajando mientras Dios me dé fuerzas”, afirma con determinación, reflejando el espíritu luchador que caracteriza a tantas mujeres nicaragüenses.
Doña Migdalia Cruz no es solo una vendedora: es una tradición viviente de Diriamba, un ejemplo de perseverancia y un verdadero tesoro cultural que endulza las calles con sus sabores y su historia de vida.




