Todo el chavalero, aguardaba impacientes el repicar de campanas, era el rezo del Ángelus y tras el primer grito de Quién Causa Tanta Alegría… La Concepción de María, bajo una lluvia de cohetes, morteros, triquitraques y carga-cerradas, con sacos harineros bien ceñidos, salíamos a la primera visita de altares.
Atrás, quedaba la humazón y el ronco sonido de las máquinas de los beneficios cafetaleros, La Castellana, Santa Rosa, El Santiago y Santa Margarita, que junto al montón de cipotes y señoras, parecían hacer coro en aquella deslumbrante noche en el saludo filial de los católicos a la Purísima, la doncella que Dios escogió para llevar en su vientre al Salvador del Mundo, madre de Jesucristo, de la Iglesia y Madre nuestra.
Comenzábamos en lo que siempre ha sido la avenida central, a lo lejos el olor a los nancites encurtidos hacía acelerar el paso a las pandillas para disfrutar de los brindis tradicionales.
La sabrosas y hermosas espumillas, las cajetas de las Navarrete, de doña Teresa, eran al escoger, de coco, de leche, coyolitos, colaciones, que era una cajeta dura, los bananos, la caña de azúcar, limones dulces adornados con banderitas, los alfajores y la sopa borracha.
El único que repartía nacatamales pindongos, que les decían así por su tamaño era don Juan Ramón Hernández, “Mongo”, en la casa esquinera, cerca de donde las Villavicencio.
La primera Purísima, que visitábamos, era donde el poeta Leonel Calderón, después la de las otras Calderón, cerca del otrora Cine González, y toda esa avenida daba gusto contemplarla, allí estaban los billares de la Cabra, hubo en ese mismo sitio un Gimnasio de Boxeo, donde ahora es el Centro Comercial.
Dábamos la vuelta y llegábamos al barrio San Juan, donde doña Chavela Aburto, La Purísima del doctor Fabio Sánchez, hasta salir por donde fue la famosa cantina del Gato Visco, contiguo a la Policía y cuyo estanco por celebrar a la virgen la noche del siete de diciembre ponía ley seca y castigaba a decenas de parroquianos.
Continuamos hasta el cuartel de bomberos, siempre decíamos que ahí daban buen brindis, luego al “Tu Solo Tu” donde el papá de Pedrito Aburto y hacíamos un alto donde doña Leonor Arguello y las García, cerca de donde ahora es el INSS de Jinotepe.
El periplo estaba entero y faltaba una de las mejores, la de don Mariano García y su hermana, doña María García, “Los Talladores” en la esquina sur de donde fue la famosa cantina de Caitillo.
Lo más atractivo en la casa del “Tallador”, que era como una pequeña finca con árboles hasta de café era el altar de cada año.
Usando de fondo una cortina natural de hiedra, don Mariano, ponía a la Virgen en helicópteros forrados con papel brillante de cigarros, en aviones, y globos encendidos que eran un deleite.
Los brindis eran un verdadero ingenio: Máscaras de papel cartulina, gorros de policías, enfermeros y bomberos, los jocotes remaduras que todo el año daban cosecha, sabrosos maduros pasados en azúcar que eran serenados por semanas hasta quedar encogidos y una que otra cajeta y caramelos.
Y las bolas de calcetines que el mismo Tallador fabricaba meses antes de la Purísima, aunque la Maríita, su hermana, era la que todo el año preparaba los brindis en papel cartulina y collares con pajillas, hilo de costales harineros con maíz pintado y lágrimas de San Pedro, que crecían en los patios solariegos del viejo Jinotepe y que ya no existen
Después de Tallador, un poco rendidos terminábamos en el centro de Jinotepe donde la señora Carmen Ramírez, esposa del doctor Armando Ramírez, y otras familias pudientes que daban a los chavalos más pobres como yo y mis amigos, juguetes que nos salvarían la próxima navidad.
Y terminábamos donde Mamanacha, las Purísimas de La Pila Grande y la Colonia Santiago.
Ya cansados y trasnochados, pero complacidos de haber estado en otra gritería, de ver aquellos altares adornados con pascua, pastores, sardinillo, madroño y luces de colores,
Satisfechos de haberle rezado y cantado a pulmón partido a la “Conchita” y saborear los brindis con los que el ocho de diciembre amanecíamos todavía alborotados todos los chavalos del barrio.



