Con paso firme y mirada decidida, Justo inicia cada mañana cargando en sus brazos las dulces creaciones que él mismo elabora con esmero. Ni el sol abrasador ni la lluvia intensa lo detienen: su compromiso con sus hijos y su hogar lo impulsa a recorrer largas distancias, tocando puertas, visitando mercados y ofreciendo sus productos en calles y avenidas.
“Hay días buenos y otros no tanto, pero uno sigue adelante por la familia”, comenta con serenidad. En cada cajeta que entrega va una parte de su historia: un fragmento de sacrificio convertido en dulzura.
Más que un vendedor, Justo se ha convertido en un rostro familiar en el parque central de Jinotepe. Su presencia inspira respeto y admiración entre quienes lo conocen, y su labor cotidiana le ha ganado un espacio en el corazón de la comunidad.
A lo largo de estos 12 años, Justo no solo ha endulzado paladares; también ha demostrado que, con perseverancia, amor por la familia y un profundo sentido de responsabilidad, se puede construir un camino digno, paso a paso, bajo el sol o la lluvia, con el alma puesta en cada venta.




