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Fallece Luvy Rappaccioli, madrina del Güegüense y guardadora de sus tesoros

Esta no es una nota periodística, sino las palabras de una periodista para una incansable luchadora por preservar la cultura en el pequeño pueblo que tanto amó, su Diriamba, y al que quiso regalarle el privilegio de ver cada enero al baile del Güegüense durante las fiestas de San Sebastián.

La última vez que vi a doña Luvy, como le decía, fue el 13 de mayo de este 2021. Su semblante no era el mejor posible, pero el optimismo que irradió siempre en realidad era contagiante. Sonreía como una niña al ver el monumento que su familia estaba develando en el atrio de la Basílica Menor de San Sebastián, en Diriamba. Un español y un macho ratón fueron fielmente moldeados y a sus pies, una placa en la que se agradecía a Luvy Margarita Rapaccioli Navas por haber contribuido a la preservación de este baile, cuya obra fue declarada Patrimonio Oral e Intangible de la humanidad.

La emoción estaba a flor de piel y así me lo hizo saber en unos audios que me envió por Whatsapp después de aquel acto. Sin embargo, el momento  majestuoso para ella fue cuando sus chavalos y chavalas del baile danzaron para ella. “Se ven hermosos”, me dijo cuando la saludé, sin poder evitar abrazarnos.   No imaginé que sería la última vez que tendríamos proximidad, pero la vida es así de impredecible.

Espontánea como ella sola, sé que su sonrisa siempre vivirá en quienes la conocimos de cerca. Cómo olvidar las tardes de ensayo cuando jugaba con mi hijo Matías, para quien era la tía Luvy. En la memoria, así como en videos y fotografías, ha quedado la imagen de aquella mujer devota que andaba siempre con su sombrero y la cinta que decía Viva San Sebastián, precediendo a su amado Gueguense. Todavía el 27 de mayo pude compartirle la  nueva canción del cantautor Gustavo Bucardo, titulada “Mi Güegüense”, de la cual me dijo que estaba lindísima.

Este 22 de junio, la madrina y guardadora de los tesoros del Güegüense entregó su alma al creador y la imagino dando su último suspiro con una sonrisa de tranquilidad, después de haber dado todo por sus hijos, por su patria y por su querida Diriamba. Descansa en paz estimada amiga.

A continuación comparto un artículo que publiqué en El Nuevo Diario hace 2 años.

Los guardadores de los tesoros del Güegüense (END, FEBRERO 2021)

José López acostumbra tomar una taza de café en su humilde vivienda muy temprano en la mañana. Sus 83 años ya le hacen mella y su salud no es la mejor, pero su amor por mantener viva la tradición del Güegüense, heredada de su bisabuelo, don Onofre Romero, lo hace mantenerse firme como guardador de los tesoros de este personaje, hijo de la tradición diriambina.

Esta vez El Güegüense no salió como obra de teatro, sino como danza, puesto que durante las festividades de San Sebastián acompañan las procesiones con un baile en el que van balanceándose dos veces con un pie adelante y el otro atrás, movimiento que llevan con ritmo sostenido alternando de pie durante todo el recorrido.

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La danza es acompañada por la música de un tambor, cuyo cuero atestigua el paso de los años, un violín y una guitarra, más un chischil o sonaja que cada bailante lleva en su mano derecha y un quejido o lamento que emiten los que llevan máscaras de macho.

Aunque el pulso de López ya no es tan firme como antaño, cuando se desempeñaba como carpintero y ebanista, tiene la suficiente destreza para restaurar año con año las máscaras de los personajes del Güegüense: las de los machos, los españoles y los mestizos.

Asimismo, cuenta con el apoyo de sus hijas, Cela y Marisol, en la confección de sombreros, penachos y trajes.

Las máscaras fueron elaboradas por él y cuenta que en cada una de ellas invirtió, al menos 16 horas, 12 para moldear la madera de cedro real y 4 para pintarlas con detalle.

En nuestra visita constatamos que todas las máscaras restauradas conviven en un baúl plástico que al destaparlo da la sensación de que los azules ojos del gobernador Tastuanes parecen fijarse en los de quien se atreve a abrir el recinto, en el que permanecen mientras llega la hora de cubrir el rostro de los bailantes que le darán vida a cada personaje.

Mientras los chischiles permanecen colgados uno tras otro en un cordel, secándose con el viento diriambino, don José llama a los bailantes que ya se han reunido en el patio frontal de su casa para empezar a darle forma al ensayo.

Mientras el cuadro se completa, le preguntamos al hombre de los impecables bigotes desde hace cuántos años El Güegüense forma parte de su familia y su respuesta, con pausada voz producto de la fatiga que lo afecta, fue que empezó a bailar cuando tenía 7 años, sin embargo, la tradición llegó a su casa de la mano de su bisabuelo, don Onofre Romero, a quien se le atribuye el rescate de los parlamentos en náhuatl, español y chorotega.

Don Onofre Romero fue bailante y mayordomo durante 50 años y don José, por aquellos tiempos joven y saludable, salía a bailar por la elegancia de su abuelo y por la fe. En 1968, cuando don Onofre murió, tomó las riendas como mayordomo, en la esquina de Buenaventura Rappaccioli, cuando el cargo se heredaba por tradición.

Desde entonces es guardador de los parlamentos, artífice de los trajes y de todos los implementos necesarios para representar el baile.

Madrina

La obra tradicional no estaría en las calles sin el apoyo de Luvy Rappaccioli, una mujer que esa tarde llegó pegando carreras, pues se retrasó unos minutos en una consulta médica con el oncólogo.

Ella sufre cáncer y desde el año 2005, cuando la obra fue declarada Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, es mayordoma y madrina de la obra tradicionalista a petición del cura párroco de la Basílica Menor de San Sebastián en ese entonces, padre Gustavo Zúñiga.

Desde entonces, ella junto a don José se han dedicado a trabajar en pro de la conservación de esta representación folclórica durante las fiestas en honor a San Sebastián, en la ciudad de Diriamba.

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